Todos esconden algo Capítulo 29 Seguir adelante
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Capítulo 29 Seguir adelante

Steve ha muerto. El pez, me refiero. El pobre solo duró unas semanas antes de quedarse panza arriba, y la verdad es que me quedé destrozada. Si ni siquiera soy capaz de mantener vivo a un pez, ¿qué esperanza tengo con un bebé?

Ahora estoy de seis meses, constantemente hinchada y con una acidez que es una auténtica pesadilla.

En serio, comer cualquier cosa es como tragar fuego.

Intento con todas mis fuerzas no ser una vaca amargada, pero cuando literalmente te sientes como una vaca con las entrañas ardiendo, es difícil mantener el buen humor.

Debería estar emocionada por el dúplex: estará listo en unas semanas, lo que nos dará justo el tiempo suficiente para instalarnos antes de que llegue el bebé.

A pesar de mi humor de mierda generalizado, Steve (el humano) ha estado genial.

Me estoy volviendo tremendamente acomplejada a medida que me inflo como un globo, pero a Steve no parece importarle.

Curiosamente, el embarazo parece haberle despertado más atracción por mí.

Me llueven abrazos, besos y ofertas interminables de masajes, que inevitablemente acaban en sexo. Se ha convertido en broma recurrente:

— Solo un masaje —promete muy serio—. Nada más.

Cinco minutos después, está dale que te pego, y yo simplemente le dejo hacer. Mi libido ha tocado fondo y me estoy quedando sin ganas, pero Steve está muy puesto, literalmente encima. Supongo que debería sentirme afortunada de que todavía le atraiga en este estado.

He pasado la mayor parte del verano trabajando todos los turnos que he podido. Como he decidido dejar Safeway, necesito ganar todo lo que pueda, mientras pueda. Cuanto más dinero ahorremos, más cosas para el bebé podremos permitirnos, y Dios sabe que vamos a necesitarlas.

No he visto a Brad en absoluto. Ha elegido «sufrir» en silencio, manteniéndose muy deliberadamente en un segundo plano, y prometiendo volver a instalarse con nosotros en condiciones una vez que estemos asentados en el dúplex. Es como si estuviera intentando hacerme sentir culpable.

Por lo visto, ha estado quedándose en algún lugar del centro de Londres, más cerca de las audiciones. Intento no distraerme preguntándome dónde está, con quién está. Ni siquiera sé por qué me intriga tanto.

Parte de mí envidia su libertad, su espontaneidad. Siento que todo eso se me escapa ahora, con el bebé, con Steve. Quizás nunca tuve realmente esa vida, de todos modos.

He pasado los últimos días metiendo mis cosas en cajas.

Mamá cree que es increíble lo tranquila que he estado, teniendo en cuenta que estoy gorda, frustrada y que normalmente me pongo histérica solo con organizar una salida al centro.

Supongo que he estado tan centrada en el embarazo que la mudanza ha quedado en segundo plano.

Aunque eso no ha impedido que mamá esté completamente paranoica con que Steve y el ayuntamiento descubran que seguimos siendo pareja.

—Él no puede mudarte, cariño. Tiene que estar en otro sitio completamente distinto. Al menor indicio de sospecha, todo se vendrá abajo.

No paro de decirle que es boba, pero en secreto estoy disfrutando de su comportamiento de película de espías. De verdad que cree que está metida en algún tipo de thriller.

Las cosas se complicaron más cuando Steve soltó la bomba de que Brad insiste en ayudarnos el día de la mudanza.

—¿Por qué? ¡No lo necesitamos, nos apañamos solos! —dije. Pero Steve ya había cedido.

—Nos ha conseguido una furgoneta. Está intentando ser útil... para variar —murmuró Steve, como si todavía estuviera intentando convencerse a sí mismo.

Sé de qué va esto en realidad: Steve no quiere que mueva ni un dedo.

Incluso sugirió que mamá y yo fuéramos a merendar a algún hotel elegante o algo así.

Me eché a reír. Como si fuera a desaparecer mientras ellos están ocupados montando el siguiente capítulo de mi vida.

Además, conociéndolos, pondrán la cama en la cocina y mi ropa en la bañera.

Que hagan ellos el trabajo pesado; yo me encargo del resto.

El día de la mudanza, Brad aparece temprano.

Ridículamente temprano. El sol apenas ha salido y yo voy dando tumbos, medio zombi.

Nos despertó sobresaltados la furgoneta traqueteando por la calle como un ariete.

En serio, es la furgoneta más asquerosa, más sucia y más ridícula que hayas visto en tu vida.

—¿De dónde has sacado eso, de Del Boy? —pregunta Steve, atónito.

—Gratis, ¿no? —se encoge de hombros Brad. Luego me mira, pero no le devuelvo la mirada. En parte a propósito. En parte porque físicamente no puedo, no a estas horas.

—Has... crecido —dice, mirándome la barriga, que rápidamente me tapo con la bata. Me sonríe, con cara de frescura, como si hubiera aprendido a aceptar la realidad de todo, quizás mejor que yo.

—Solo quedan unas ocho semanas, ¿verdad, cariño? —pregunta Steve.

—Diez —le corta Brad, seco—. Creo que son diez.

—¿Sí? Bueno, de todas formas, pronto estará aquí —añade Steve, con voz alegre.

Brad mira las cajas ya apiladas en la escalera.

—¿Tienes ganas de seguir adelante? —dice, mirándome, buscando en mis ojos cómo me siento de verdad.

—Sí —le digo, sosteniéndole la mirada un momento.

Luego me doy la vuelta y entro en el piso.

Me pongo a organizar frenéticamente: arreglando, moviendo, cambiando cosas de sitio, aunque Steve protesta diciendo que estoy haciendo demasiado. Pero necesito la distracción. Lo ignoro. Y lo que es más importante, ignoro las miradas ocasionales de Brad.

Es como si no pudiera dejarme marchar; solo el hecho de estar aquí lo dice todo. Pero tengo que mantenerme firme en lo que he dicho. Es la única manera.

Mientras empezamos a cargar la furgoneta, Brad coge una caja de lo que parecen documentos sueltos.

Naturalmente, se pone a husmear. Mira dentro y encuentra esa vieja foto de su madre y Dom Field, junto con un montón de recortes de periódico que Steve ha ido recopilando vete tú a saber cómo.

Mezclados hay certificados de matrimonio y otros formularios con pinta de oficiales, todo parte de la investigación que Steve lleva sobre lo que pudo pasarle a su padre, algo que parece haber quedado aparcado desde el embarazo.

—¿Qué es esto? —pregunta Brad, curioso.

Steve se acerca rápidamente y le arrebata la caja de las manos, dejando muy claro que no quiere que Brad vea nada de eso, aunque para empezar Brad no debería haber estado husmeando.

—No es asunto tuyo —espeta Steve.

—Tiene algo que ver con mamá, ¿verdad? —contraataca Brad.

Steve no dice nada. Precinta la caja y sale con ella.

—No sé por qué él y mamá tienen una relación tan rara —murmura Brad, realmente desconcertado—. Ella lo idolatra.

Intento contener la risa.

La mudanza en sí es sorprendentemente sencilla, sobre todo porque cada vez que intento hacer algo, Steve me lanza una mirada de desaprobación.

Así que me rindo y me escondo en el dormitorio, que ahora tiene una bañera nueva pero poco más.

Me entretengo montando una cómoda nueva que Steve había mangado del trabajo, básicamente.

Mamá se pasa por aquí. Promete no estorbar y acto seguido le pisa el pie a Steve.

Está furiosa al verlo.

—Se supone que te has largado y la has dejado en la estacada con un hijo. Esto es arriesgado. Muy arriesgado.

Todos la ignoramos y sonreímos educadamente. Reparte un montón de pasteles que ha traído de la tienda, metidos en una lata para que parezcan caseros. Si hubieran sido caseros, habrían sido incomibles.

No para de decirle a Brad lo guapo que es, lo cual no ayuda. Ojalá se callara. No se queda mucho tiempo; creo que notó que sobraba.

Y tenía razón.

Más tarde, por la noche, parece que las cosas se han calmado.

El lugar sigue completamente desorganizado, las cajas llenan las habitaciones, y hay un vacío impactante donde con el tiempo irán los muebles que aún necesitamos comprar, y sin embargo, de alguna manera, ya se siente como mi lugar. Mi hogar.

El olor a pintura fresca de la reforma del ayuntamiento flota en el aire. Digo reforma —a pesar de meses de espera, el lugar sigue pareciendo descuidado—. Está claro que han recortado gastos, aunque Steve dice que no hay nada que no pueda arreglar. Por un momento, me siento bastante satisfecha.

Brad todavía anda por aquí. Debería frustrarme, pero no.

Los chicos se llevan mejor que nunca. Se ríen, bromean, se toman el pelo como dos chavales sin una preocupación en el mundo.

Recuerdan viejos tiempos, hablan de música, de la vez que vieron a Queen en Wembley hace un par de años.

Incluso hablan brevemente de su padre —con tanto cariño— y la desesperación de no saber qué le pasó realmente es evidente en sus voces.

Me siento a duras penas en una silla plegable de pesca, mi cuerpo hinchado apenas cabe. Miro, observo, y cada vez que Brad se ríe, mi corazón da un vuelco. Su sonrisa me atrae —su humor, su confianza—, tan jodidamente seductores.

Al final, Steve menciona lo de la cena, y Brad se ofrece a bajar al chino a por comida.

—¿La pedimos a domicilio? ¿Es eso de vagos? —bromea Steve.

—Está abajo. Y ni siquiera tenemos teléfono instalado todavía —respondo.

Brad, sonriendo, saca de su bolsa un teléfono ridículo, un ladrillo enorme y negro, como algo salido de una película de ciencia ficción.

—¿Tienes uno de esos? —me río.

—Lo pillé la semana pasada. Estaba esperando el momento adecuado para enseñároslo —dice, pasándoselo a Steve.

Steve le da vueltas en las manos, impresionado.

—¿Cityman 100? —dice, como quien no quiere la cosa—. Te habrá costado un pastón.

—Merece la pena. Puedo llamar a cualquiera, a cualquier parte del mundo. Vosotros también podéis llamarme —añade Brad, dándole a Steve un papelito con su número.

Los observo mientras conectan gracias a este cacharro absurdamente caro.

—Pijo —le tomo el pelo a Brad. Me sonríe, agradecido de que le siga el juego, agradecido por el tiempo que le estoy dedicando.

Decidimos que sería absurdo pedir a domicilio la comida de abajo. Brad baja a recogerla, dándonos a Steve y a mí un momento a solas poco frecuente, el primero en el piso. Perdón, dúplex.

Nos quedamos en el balcón, viendo a Brad desaparecer en el chino de abajo.

—¡Eh, eh! —grita Steve hacia abajo.

Brad le responde levantando el dedo corazón.

Es increíble lo relajado y seguro que parece Steve, como si parte del encanto natural de Brad se le hubiera contagiado.

Nos quedamos allí unos minutos, viendo pasar el mundo: el ruido de los autobuses, la gente que se apresura a casa, borrachos que merodean en las esquinas, madres que todavía les gritan a sus hijos a pesar de que ya son más de las nueve.

—Este es nuestro hogar —dice Steve, rodeándome la barriga con los brazos: reconfortante, sólido, seguro. Él es todo eso. Es en momentos como este cuando lo encuentro más atractivo.

Nos besamos. Se siente... especial.

Pero antes de darme cuenta, Brad está de vuelta con una bolsa de comida china caliente.

Los chicos devoran la comida como si no hubieran comido en días, mientras yo me quedo sentada observando, sin apenas tocar una galleta de gambas.

¿Por qué me gustan tanto los dos? ¿Qué tienen estos chicos Sullivan?

Me desplomo, medio dormida en mi silla; el mareo del agotamiento hace que todo parezca distante.

—¿Quieres mis bolas? —dice Brad de repente.

Me incorporo de golpe, parpadeando para salir de mi aturdimiento.

—Perdona, ¿¡qué!? —balbuceo, presa del pánico.

Hasta que veo las bolas de pollo fritas que me pone bajo la nariz.

—¿Quieres probar mis bolas? —dice, sonriendo.

Steve se ríe, un sonido extraño e inseguro, como si no supiera si es gracioso o no.

—Muy gracioso, Brad. Hilarante —digo, mirándolo fijamente, con esa sonrisa todavía plantada en la cara. Su comportamiento infantil me preocupa. Necesito confiar en él —hasta la tumba, eso acordamos—, pero ahora mismo siento que podría soltar algo peligroso en cualquier momento.

Me levanto y subo las escaleras, desesperada por escapar. La bañera nueva parece tentadora, pero estoy demasiado cansada para siquiera pensar en meterme. Abajo, oigo a Steve trajinando con los platos. Me giro y Brad está en la puerta.

La sonrisa burlona ha desaparecido. Su rostro está serio.

—¿Estás bien? —dice en voz baja, con cautela.

—Estoy bien. Gracias por ayudar hoy —respondo, con voz neutra, intentando no revelarle demasiado.

—Te he echado de menos —dice, con voz más suave que nunca, casi ahogada por el ruido de Steve trasteando abajo.

—No empieces, Bradley. Ahora no —le susurro, firme pero queda.

—No puedo evitarlo. Hago todo lo posible por mantenerme alejado, pero tú vuelves a atraerme.

—Ya hemos hablado de esto —lo interrumpo. Se me escapa un tono más alto antes de volver a controlarme.

—Nunca me he sentido así por nadie, Marie. No puedo dejar de pensar. Me duele de verdad. Un dolor físico. Es... horrible. No paro de escribir canciones, de beber, de escribir... pensando solo en ti.

Echa un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que no hay moros en la costa, y se acerca más. Baja aún más la voz.

—Y sé que tú también piensas en mí. Por eso no puedo rendirme. Porque sé que me deseas. No podemos pasarnos la vida fingiendo que esto no es real. Es lo que los dos queremos.

Extiende la mano y me toca el vientre con suavidad, ligero como una pluma.

—No es cuestión de lo que yo quiera, Brad. Es cuestión de lo que está bien —digo, y me doy cuenta de que no estoy negando nada, solo diciéndole cómo tienen que ser las cosas.

—No puedes vivir así. La vida es demasiado corta, Marie.

Se oyen pasos en las escaleras. Brad retrocede de golpe. Me siento en la cama, con el corazón desbocado y la mente a mil. La voz de Steve llega desde abajo, despreocupada.

—Ya he fregado los platos... ¿Estás bien?

No me salen las palabras. Brad interviene con soltura.

—Me estaba diciendo lo que quiere —dice.

Levanto la cabeza de golpe y le lanzo una mirada furiosa.

—...para el piso —termina Brad, tan tranquilo.

—Es un dúplex —digo rápidamente para corregirlo.

—Cierto... ¿y qué es lo que quieres? —pregunta Steve con curiosidad.

—Lo que tú quieras, Steve —le digo.

—¿En serio? ¿Hasta una mesa de billar? —dice Steve con una risita.

—Siempre ha querido una mesa de billar —añade Brad, y se coloca junto a Steve, pasándole un brazo por el hombro.

—Y hay algo que debes saber de los Sullivan: si queremos algo, lo conseguimos. Tarde o temprano —declara Brad, y me lanza una mirada cómplice y arrogante.

Esto no es sufrimiento. Esto es determinación. Y lo que me preocupa es que no tengo la fuerza, la voluntad, ni siquiera las ganas de resistirme del todo.