Capítulo 26 Lakeside
Después de unas horas en casa de mamá y papá, aguantando esa cena tan rara, cojo el autobús de vuelta al piso.
Entro y el hedor a vómito y mierda me golpea en la cara.
Me dan arcadas. Hipersensibilidad a los olores: al parecer, es cosa del embarazo.
Ahora todo lo que hago o siento lo achaco a estar embarazada.
¿Que casi me quedo dormida en el autobús?
El embarazo. ¿Que necesito hacer pis cada cinco minutos?
El embarazo. ¿Las ganas irrefrenables de echarme a llorar sin motivo?
Eso soy yo en general, pero ahora, definitivamente, el embarazo.
Es una tontería, lo sé, solo llevo embarazada cinco minutos, pero creo que es mi forma de procesarlo todo: dejar que mi cuerpo haga lo suyo mientras me transforma poco a poco en la madre de alguien.
La idea es aterradora e increíblemente emocionante a la vez.
Mientras tanto, voy al médico, sobre todo para confirmar que no estoy perdiendo la cabeza. Me dicen que estoy de unas seis semanas, lo cual —para mi desgracia— encaja de lleno con las fechas de Brad.
Decido contárselo a Steve el fin de semana.
El sábado tenemos planeado ir al nuevo centro comercial Lakeside; solo lleva abierto unos meses y Sharon no para de hablar de él.
Al parecer, es el sitio al que hay que ir.
Está bastante lejos, tendremos que cruzar el puente hacia Essex, pero merecerá la pena.
Cuando llegamos, me siento abrumada al instante por el tamaño del lugar.
Es enorme. La gente pulula como hormigas, yendo y viniendo en todas direcciones, con los brazos cargados de bolsas.
Ascensores de cristal gigantes se elevan hacia el cielo, y todas las tiendas que puedas necesitar están aquí, relucientes y listas para quedarse con tu dinero.
Nunca he sido muy de ir de compras, no comparada con la mayoría de las chicas, pero ¿esto? Esto parece un pequeño paraíso.
—El capitalismo drogado —murmura Steve mientras mira un plano gigante de las tiendas y sacude la cabeza con desaprobación teatral. Y sin embargo, ya lo veo buscando con la mirada adónde quiere ir primero.
Apenas lo oigo. Estoy demasiado distraída por las familias dispersas por el centro: padres haciendo malabares con niños, carritos empujados en todas direcciones. Cada vez que veo un cochecito, me fijo en él y evalúo si me gusta, si puedo imaginarme con uno.
Tengo tantas ganas de empezar a comprar cosas de bebé: pijamitas diminutos, calcetines suaves y pequeños, algo real a lo que aferrarme.
Pero sé que aún es pronto. Mi primera ecografía es dentro de semanas.
Y, por supuesto, no puedo ponerme a mirar ropa de recién nacido sin que Steve se pregunte qué demonios pasa.
Había planeado contárselo más tarde, cuando estuviéramos en casa, en algún sitio privado, en algún sitio sensato. Pero aquí, en medio de todo esto, de repente me siento como una niña en una tienda de golosinas: me muero por lanzarme, por empezar a planificar, por hacer el nido.
Así que, a pesar de lo inusual del lugar, decido que voy a contárselo. Aquí mismo, en medio de Lakeside. Y tengo una forma divertida de hacerlo.
Nos dirigimos hacia la zona de comida, donde hay una cantidad ridícula de opciones, pero le insisto a Steve en ir a un McDonald's. Me cuesta convencerlo, dado lo delicado que tiene el estómago estos días.
—No creo que la grasa sea la cura, Marie —refunfuña, pero al final cede.
Insisto en pedir yo la comida mientras él busca una mesa en la abarrotada zona de asientos comunes. Cuando vuelvo, haciendo equilibrios con una bandeja con dos Big Macs y un Happy Meal, Steve parece confundido al instante.
—¿Por qué has pedido eso? —pregunta, desconcertado.
—Solo me estoy preparando —digo con naturalidad, y le lanzo una mirada cómplice.
—¿Preparando para qué?
—Para cuando tengamos un niño pequeño.
Su expresión cambia: la confusión da paso a algo más cercano al pánico.
—Vale... ¿qué está pasando? —dice, con la voz ahora cargada de auténtica preocupación.
Sonrío, dejando que el momento se alargue solo un segundo más.
—Verás, Steve... puede que tengamos uno de esos antes de lo que piensas.
Se detiene a mitad de bocado, con una patata suspendida a medio camino de su boca.
—¿Qué dices?
Hago otra pausa, dejándole que lo vaya asimilando. Ya puedo ver cómo le va cayendo la ficha.
—Vamos a tener un bebé, Steve. Estoy embarazada.
No se mueve. No parpadea. Se ha quedado completamente inmóvil, como si se hubiera convertido en piedra. Patata aún en la mano.
—¿Esto es una broma?
Por fin se come la patata, como si lo que digo fuera una tontería.
—¿Por qué iba a inventarme eso?
—¡Porque estamos sentados en un maldito McDonald's en el centro comercial Lakeside, Marie!
—Lo sé... iba a contártelo más tarde, pero tenía que hacerlo. Y pensé que si te lo decía en el coche, podrías estrellarte en el puente, y te necesito, Steve. Este bebé necesita a su papá.
No habla. Solo se queda ahí sentado, como una estatua. Se me empiezan a humedecer los ojos, y el peso de todo lo hace aún más real.
—¿Estás embarazada?
—Sí, Steve.
—Joder.
—¿Es un «joder» bueno? —pregunto con cuidado.
Sacude la cabeza con incredulidad.
—Es... es solo... joder, Jesús... qué... o sea... joder, en serio... quiero decir... estás contenta, ¿no?
Asiento, sonriendo entre lágrimas.
—Estoy loca de contenta, Steve.
—Yo también... Es que... no me lo esperaba.
Steve tiene ahora los ojos muy abiertos, la mirada yendo de mí a la realidad que empieza a calar. De repente se gira hacia el desconocido sentado en la mesa de al lado, un tío que está a lo suyo, comiendo una pizza.
—Voy a ser padre —anuncia.
El hombre apenas reacciona, solo le dedica un asentimiento y una sonrisa educada antes de volver a su porción.
Steve se vuelve hacia mí, me agarra de repente por encima de la mesa y nuestros Big Macs salen disparados.
Me abraza fuerte, tan fuerte como puede, y me planta un beso firme, casi autoritario, en la mejilla.
Y en ese pequeño, ridículo, absolutamente imperfecto momento, todo parece... perfecto.
Me aferro a él, como si aferrándome pudiera hacer que este sentimiento durara para siempre: esta fugaz, vertiginosa, caótica felicidad.
Porque sé cómo funciona esto. Conozco la vida, y el amor, y la forma en que las cosas se desmoronan cuando menos te lo esperas.
Y sin embargo, ahora mismo, en medio de Lakeside, rodeada de desconocidos, con un Happy Meal innecesario entre nosotros y el resplandor de las luces fluorescentes del centro comercial cayendo sobre nosotros, es, extrañamente, perfecto.
No se me habría ocurrido una forma mejor de darle la noticia.
De camino a casa desde Lakeside, le cuento que mi madre ya lo sabe y Steve parece un poco dolido por no haber sido el primero en enterarse, pero enseguida lo deja pasar.
—Tenemos que decírselo a mi madre —dice.
Por supuesto, tiene razón. Pero ojalá no la hubiera mencionado tan pronto.
Suena casi desesperado, como si quisiera este momento bajo los focos, apartar la atención de Brad por una vez.
Pero no creo que Jill funcione así. Steve podría ser Primer Ministro y aun así ella encontraría motivos para decepcionarse.
—Vamos ahora —dice, lleno de entusiasmo.
—¿Qué, ahora? —ni me molesto en disimular mis pocas ganas.
—Total, ¿para qué esperar?
Durante un segundo, me devano los sesos buscando formas de disuadirlo, pero en realidad, ¿qué sentido tiene? Tenemos que decírselo tarde o temprano, ¿por qué alargarlo? Así que asiento y me hundo en el asiento, preparándome para lo que viene.
No tengo ni idea de cómo va a reaccionar.
Por fin llegamos al intimidante bloque de pisos, que desentona con todo lo demás, y nos dirigimos a la puerta de Jill, abriéndonos paso entre el hedor a cerveza derramada, meados y tabaco que impregna el pasillo húmedo.
Steve aporra la puerta y esperamos, durante lo que parece una eternidad, hasta que por fin se abre con un chirrido.
—¿Qué hacéis aquí? —dice confundida, asomándose por la rendija de la cadena—. ¿Qué pasa?
—Pasábamos por aquí —dice Steve con naturalidad—. ¿Podemos entrar?
Ella duda, entornando los ojos, antes de desenganchar la cadena a regañadientes y dejarnos pasar.
—No tengo nada en casa —anuncia, dejándose caer de nuevo en su silla—. No cobro hasta la semana que viene. —Cuando dice «cobro», se refiere al paro, porque lleva esquivando cualquier trabajo de verdad desde que Roger desapareció.
—Escucha, mamá, voy a ir directo al grano: tenemos noticias —dice Steve, ansioso ahora.
Jill se incorpora de golpe, con la mirada alerta.
—¿No le habrás pedido que se case contigo? —dice, cargada de sospecha, con un tono que destila desprecio e incredulidad a partes iguales.
Es tan incómodo, tan grosero, tan Jill.
—No... no es eso. No es que no quiera... es solo que... —Steve balbucea.
—Estoy embarazada —anuncio.
Directa al grano, clara, precisa, casi arrogante.
Jill se queda callada. Mira a Steve, como intentando calibrar sus verdaderos sentimientos. Luego me mira a mí.
—Vaya —dice por fin—. Mira tú por dónde.
Sigue mirando, con una expresión indescifrable: ¿felicidad, decepción, orgullo? Quién demonios sabe con Jill.
—¿Estás contento con eso, chico?
—Encantado de la vida —dice Steve, con la voz quebrada por la emoción.
—Bueno, pues qué maravilla —dice, levantándose de la silla—. La abuela Jill. Me gusta cómo suena. Mira tú.
Hay algo raro en su forma de decirlo. Como si todavía estuviera asimilándolo.
Como si estuviera ocultando lo que siente de verdad, al menos por ahora.
Se acerca primero a Steve, le da un abrazo rápido y tibio, luego se gira hacia mí.
Se detiene a medio camino, dudando, como si lo reconsiderara. Baja la mirada hacia mi vientre.
—Un bebé. Qué emocionante.
Y entonces, por fin, me abraza. Su aliento a tabaco me golpea la nariz.
—Tu hermano estará contento. Será un tío estupendo, ¿sabes? Maravilloso.
Las palabras me golpean. No solo porque tiene que mencionarlo ya —y el corazón me da un vuelco—, sino porque se apresura a elogiar qué tío tan maravilloso será antes siquiera de sugerir qué padre tan brillante será Steve. Es tan típico de ella. Es tan evidente. Y no puedo dejarlo pasar.
—Steve va a ser el mejor padre —digo con firmeza.
—Claro, claro —dice, agitando la mano—. Si es que es el padre.
Suelta una carcajada con su propio comentario.
—¡MAMÁ! —ladra Steve.
—Es broma, es broma. Relajaos.
Sus palabras duelen. Debería estar furiosa. Estoy furiosa. Y sin embargo, ¿quién soy yo para enfadarme con ella?
Jill se pone entonces a rebuscar en los armarios buscando sus copas de cristal fino para brindar por la noticia.
Por fin las encuentra, cubiertas de polvo, y entonces se da cuenta de que no tiene nada con qué llenarlas.
Lo mejor que puede ofrecer es concentrado de naranja.
Y así, levantamos nuestras copas elegantes y pringosas, y brindamos por el bebé con Robinsons de Naranja añejado cinco años.