Todos esconden algo Capítulo 25 El largo paseo
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Capítulo 25 El largo paseo

Ha pasado más o menos una semana desde mi sesión con la Vidente Sue, y vivo en un estado de preocupación constante, sobre todo porque la regla sigue sin bajarme.

Cada día que pasa, las probabilidades de lo impensable van en aumento.

No es la idea de estar embarazada lo que me aterroriza, sino el momento.

El desastre. La logística. El hecho de que lo que pasó con Brad podría complicarlo todo más de lo que jamás habría imaginado.

Naturalmente, me lo he guardado todo para mí.

Le dije a Steve que Sue era inútil, y él asintió con suficiencia, como si lo hubiera sabido desde el principio.

Pero el tiempo apremia, y a estas alturas necesito respuestas.

Decido armarme de valor y comprar una prueba de embarazo, con discreción.

Ni de broma la compro en el barrio, a menos que quiera que todo el mundo se entere antes de salir de la tienda.

Así que cojo un tren a Bromley, compro una en una farmacia y vuelvo a casa con un plan.

Domingo por la mañana. Steve en el trabajo. Yo sola. Mear en el palito. Conseguir mi respuesta.

Sin embargo, ese plan se va al traste en cuanto Steve se despierta con un virus estomacal horrible. La verdad, es patético cuando está enfermo; como le dé un simple resfriado, ya está redactando el testamento. Pero hoy, el pobre desgraciado no puede ni retener el agua.

A pesar de lo incómodo de la situación, necesito hacerme esta prueba.

Estoy demasiado nerviosa, demasiado inquieta, como si tuviera todo el cuerpo en tensión.

Cuando el baño por fin queda libre, me cuelo dentro con la vejiga a punto de reventar...

y entonces, nada. Mi cuerpo se niega a cooperar.

Como si supiera lo que se avecina e intentara evitar la verdad.

Al final, después de lo que parece una batalla de voluntades, empiezo a mear...

y justo entonces empiezan a aporrear la puerta.

—¡Necesito ir! —grita Steve desesperado.

—¡Usa el cubo! —le grito.

—¡No, es por el otro lado!

Joder. Justo lo que me faltaba.

Presa del pánico, me meto la prueba de embarazo en la manga, abro la puerta de un tirón y lo dejo pasar. Prácticamente se desploma sobre el váter, y yo huyo a la cocina agarrando la prueba como si fuera una granada a punto de estallar.

Camino de un lado a otro. Espero. Cada segundo se estira insoportablemente.

La prueba está en la encimera, burlándose de mí.

Dos líneas decidirán mi destino. Dos líneas reescribirán mi futuro.

Se me revuelve el estómago mientras observo, casi sin respirar.

Y entonces, ahí están. Dos líneas rotundas, que me cambian la vida.

Me quedo mirando, paralizada. Incapaz de pensar, incapaz de procesar. Solo aceptar.

Y entonces, pasos. Steve se acerca. Presa de un pánico ciego, lanzo la prueba al escondite más cercano: una caja de cereales.

—Me estoy muriendo —gime Steve, con el sudor cayéndole por la cara. Se apoya débilmente en el marco de la puerta, apenas capaz de sostenerse—. Te lo juro por Dios, esto es horroroso.

—Pobre desgraciado —murmuro, aunque el comentario vale tanto para su virus estomacal como para el infierno en el que me encuentro yo.

Mi mente da vueltas. ¿Qué voy a hacer? La guerra que se libra en mi interior se convierte en un combate a gran escala. Podría ser de Brad. Parece poco probable, pero podría serlo. Y eso basta para que entre en pánico total.

Steve se arrastra hacia el dormitorio, dejándome a solas con mis pensamientos. Mi vida es ahora un caos de preguntas sin respuesta, decisiones imposibles y una prueba de embarazo muy, muy real escondida dentro de una...

Y entonces lo veo.

La caja de cereales.

Special K.

Special. Jodida. K.

Lo ridículo de la situación me arranca una sonrisa, y la palabra sigue repitiéndose en mi cabeza en bucle: embarazada, embarazada .

Así que me quedo en la cocina intentando asimilar la realidad.

No parece que esté pasando de verdad. Voy a tener un hijo.

Mi hijo. Este debería ser el momento más increíble, uno de esos que te cambian la vida, de los que hacen llorar de felicidad.

Y sin embargo, solo me siento mal. Por suerte, no he vomitado como Steve, aunque temo que eso pase, ya sea porque he pillado lo que él tiene o porque empiecen las náuseas matutinas.

El problema, el enorme y desgarrador problema, es que existe la posibilidad, por pequeña que sea, de que este bebé no sea de Steve.

Las fechas me preocupan, pero sigo aferrándome al hecho de que mi único encuentro con Brad fue un desastre caótico que, por lo que recuerdo vagamente, no acabó precisamente de forma propicia para la concepción.

No es que pueda asegurarlo, la mayor parte fue un torbellino salvaje y confuso, pero si no me falla la memoria, las probabilidades deberían ser bajas.

Aun así, bajas no es lo mismo que imposible ... aunque luego me acosté con Steve unas horas después. Dios, qué horror.

Me digo a mí misma que aparte ese pensamiento, que me centre en Steve y en mí y en el hecho muy real de que vamos a ser padres.

El problema es que, en algún momento, Brad se va a enterar.

Y a menos que quiera soltarlo presa del pánico, lo más probable es que seamos Steve y yo quienes demos la noticia, como una pareja compenetrada que planeó este momento juntos.

Su reacción me aterroriza.

Lo que necesito hacer, de alguna manera, es convencer a Brad de lo que estoy tratando desesperadamente de convencerme a mí misma: que este bebé no es suyo, que está completamente descartado, que ni siquiera tiene que pasarle por la cabeza. Pero eso se antoja complicado.

Por ahora, sin embargo, la única persona que lo sabe soy yo, y estoy librando una batalla interna sobre cómo decírselo a Steve.

Una parte de mí piensa que se sorprenderá, quizá incluso se quedará un poco en shock, pero luego se emocionará.

Sea cual sea su reacción, no me cabe la menor duda de que voy a tener este bebé.

Vale, sus orígenes puede que sean complicados, pero eso no importa.

Este bebé es mío. Es lo que he querido durante tanto tiempo.

Mientras tanto, Steve sigue pegado al váter. Su malestar es implacable, y aunque podría quedarme a hacer de enfermera, decido aprovechar la situación como excusa para escapar.

—Me voy a casa de mamá y papá —le digo—. No quiero pillar lo que sea que tengas.

Argumento científico flojo, teniendo en cuenta que ya he estado en contacto cercano con él, pero es una excusa lo bastante sólida como para dejarlo regodeándose en su propia miseria.

Al salir del piso, simplemente echo a andar. Sin ningún plan, sin mirar rutas de autobús, sin pelearme con los trenes de domingo — simplemente camino. Mis pies avanzan por instinto, en dirección a casa de mamá, a once kilómetros. Mi mente, sin embargo, va mucho más deprisa que mis pasos.

Estamos a principios de abril y el sol brilla más de lo habitual. Hace un calorcillo agradable, no agobiante, solo suave, reconfortante, presente. Sigo caminando. Me concentro en el ritmo de mis pasos, en la cadencia de mi respiración — cualquier cosa con tal de acallar la tormenta en mi cabeza.

Veo a una mujer empujando un cochecito, pasando junto a mí con esa naturalidad pasmosa. Y sonrío, Dios, sonrío, como si acabara de descubrir una magia secreta, un superpoder oculto. Es imposible de explicar, pero en ese momento me siento la persona más afortunada del mundo.

Y entonces — de golpe — mis pensamientos se cuelan, arrastrando todo su peso. Mi sonrisa flaquea. Y antes de poder evitarlo, estoy llorando.

Grandes sollozos entrecortados que me sacuden entera, lágrimas que se derraman sin permiso. ¿Son lágrimas de felicidad? ¿De miedo? ¿De confusión? ¿De pánico? De todo. Todas las emociones colisionando a la vez.

Sigo caminando. Sollozando. Caminando. Debo de tener una pinta horrible. Algunas personas me miran, con un destello de preocupación en sus rostros, pero nadie se detiene. Simplemente me dejan ir a la deriva, perdida en la batalla que claramente estoy librando.

Para cuando llego a Foots Cray, me duelen las piernas, pero algo en mí se niega a parar. Total, ya puestos, sigo.

Y eso hago.

Camino como una niña en busca de su hogar, de consuelo, de algo de cordura en medio de todo este caos.

El largo camino a casa. Paso tras paso, pensamiento tras pensamiento. Hasta que de pronto... estoy aquí.

He tardado más de tres horas, pero lo he conseguido.

Y Dios, lo necesitaba.

Llamo al timbre y mamá abre, con un paño de cocina al hombro, acalorada y agobiada de preparar el asado dominical — un ritual de todos los domingos sin falta.

—Oh, cariño, no sabía que venías —dice, algo confundida mientras entro. Le explico que Steve está malo mientras nos dirigimos a la cocina, donde papá está sentado en su sillón, quieto como una estatua, esperando a que le sirvan.

—Solo tenemos un trocito de cerdo —me informa.

—No he venido a comer —le suelto.

—No digas tonterías —interviene mamá—. Hay de sobra para todos. Parece que hace siglos que no comes un asado aquí.

Desaparece en la cocina envuelta en vapor, tan agobiada ella como la olla de brócoli que hierve y se desborda.

—Odio cocinar —dice mientras batalla con las ollas burbujeantes.

—Y nosotros odiamos lo que cocinas —murmuro.

—¿Qué dices, cariño?

—Nada, mamá. Nada.

Más tarde, nos sentamos a la mesa, y después de mucho insistir, he cedido y aceptado un plato. Papá está ahí sentado, mirando sus escasas lonchas de cerdo. Mientras se echa un buen chorro de salsa por encima, decide que es el momento perfecto para sacar el tema de la enfermedad de Steve.

—Mucha gente anda con diarrea. Hay una epidemia —dice tan campante.

Mamá hace una mueca.

—No hablemos de eso mientras comemos, David —dice con calma.

Papá se pone a comer, pero yo solo remuevo la comida en el plato, pinchando algún trozo de vez en cuando. Se hace un silencio incómodo. He caminado mucho para llegar hasta aquí, y sin embargo no sé muy bien por qué. Tampoco es que el ambiente sea muy acogedor.

—¿Qué te pasa, entonces? —suelta papá de repente. Lo miro—. No me mires así. Sé cuándo algo va mal. ¿Os habéis peleado?

No digo nada.

—Está bien, David. Puede venir a vernos sin que pase nada malo —dice mamá a la defensiva, lanzándome una mirada tranquilizadora—. Estás bien, ¿verdad, cariño?

Y su amabilidad, su preocupación sincera, basta para hacerme perder el control. Se me cierra la garganta y, de repente, no puedo contenerme. Los ojos se me llenan de lágrimas, se desbordan. Antes de darme cuenta, estoy llorando a lágrima viva en la mesa.

—Te lo dije —murmura papá con suficiencia.

—Oh, cariño, ¿qué pasa? —Mamá se levanta de un salto y me envuelve en un abrazo fuerte—. David, tráele un pañuelo.

—Acabo de empezar a comer —protesta.

—¡Tráele un maldito pañuelo! —espeta mamá.

Papá, sobresaltado, se levanta y hace lo que le dicen.

Mientras me lo da, empieza a divagar — sobre Steve, sobre cómo me está haciendo sufrir, sobre cómo sabía que no era trigo limpio desde el principio. Sigue y sigue, dando por hecho que todo esto es culpa de Steve, y yo solo quiero que se calle.

—¡Estoy embarazada! —suelto.

—Oh, Dios mío. —Mamá se tapa la boca, en shock.

—¿Y eso a qué viene? —dice papá, mirándome perplejo.

—No estaba planeado. Steve no lo sabe. Yo misma me acabo de enterar hace unas horas... es mucho... es demasiado —digo entre lágrimas.

Mamá suelta una risita llorosa y me frota la pierna para consolarme.

—Bueno... esto es maravilloso, cariño. Qué ilusión. —Se le empiezan a humedecer los ojos.

—Lo sé, mamá. Sabes que quiero tener un hijo, una familia... es solo que... es mucho.

Me estrecha en otro abrazo y, de repente, ella también está llorando, sollozando contra mi hombro.

—Oh, por el amor de Dios —gruñe papá—. ¿Por qué se han puesto todos a llorar ahora? Por Dios, solo quiero un buen asado de domingo y aquí hay más lágrimas que cerdo.

Mamá se vuelve hacia él, con el rostro descompuesto por la emoción.

—¿No te acuerdas, David? Cuando nos dimos cuenta de que no podíamos tener más... Te dije —se le quiebra la voz, apenas puede hablar entre lágrimas—, te dije: «Tendremos que esperar... hasta que seamos abuelos».

Le tiembla la mano mientras la acerca y me toca suavemente el vientre. Hay algo tan poderoso, tan significativo en ese gesto. Por una fracción de segundo, juro que veo algo cruzar fugaz por el rostro de papá: emoción, quizás.

Pero entonces carraspea y dice...

—No estáis casados —anuncia con tono seco—. Vas a traer un bastardo a la familia.

Silencio.

Entonces, de un salto, mamá se levanta, agarra el plato de papá y le vuelca todo el contenido en la cabeza.

—¡Patricia! ¿Qué haces?! —farfulla papá mientras la salsa espesa le chorrea por la cara, le gotea de la nariz y le baja por la camisa. El plato cae al suelo con estrépito—. ¡Estás loca! —grita, parpadeando entre trozos de brócoli, con su preciado cerdo aferrado obstinadamente al hombro.

Mamá le apunta con el dedo, furiosa.

—¡Solo hay un bastardo en esta familia, y eres tú!

Papá se queda ahí sentado, completamente inmóvil, con la cara hecha un desastre cómico de comida. Le han dado su merecido... y nunca mejor dicho, tratándose de un asado.

—Dios mío —susurra mamá, con las manos temblorosas—. No sé qué me ha pasado.

Y yo me quedo ahí sentada, asimilándolo todo. La locura. El caos absoluto de este momento ridículo, empapado de salsa.