Todos esconden algo Capítulo 19 El cubo de basura
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Capítulo 19 El cubo de basura

El intervalo entre Navidad y Año Nuevo es una tierra de nadie deprimente.

Pierdes la noción del tiempo: ¿qué día es?

¿Acaso importa? Estás harta de comer, pero sigues comiendo de todos modos porque no vaya a ser que las sobras se echen a perder.

Te dices que el año que viene será diferente, que reservarás un viaje o harás algo con sentido, pero en el fondo sabes que te estás mintiendo.

Este es el limbo donde nacen los propósitos de Año Nuevo y se abandonan de inmediato.

Este año, estos días de transición han sido especialmente sombríos.

Steve y yo somos como barcos que se cruzan en la noche, haciendo escala de vez en cuando para intercambiar unas pocas frases antes de volver a alejarnos.

Cuando hablamos, es sobre cosas intrascendentes: «¿Pagaste la factura de la luz?

», «¿A qué hora vuelves del trabajo?». Es como si nos hubiéramos convertido en compañeros de piso a regañadientes, tolerándonos por necesidad, pero sin la alegría compartida que lo hace soportable.

Hay una mezcla de emociones suspendida en el aire, densa y tácita.

La vergüenza por el incidente del Rabbit persiste en cada mirada incómoda.

También hay rabia, hirviendo a fuego lento justo bajo la superficie: la mía hacia él por desconectarse y negarse a pasar página con mi acusación, la suya hacia mí por haberla hecho en primer lugar.

La frustración lo une todo, como una pesada cadena que ambos arrastramos.

Steve siempre ha sido bueno guardando cosas: rencores, decepciones, agravios mezquinos.

Les da vueltas en su mente como un coleccionista que admira monedas raras, pero en lugar de exhibirlas, las guarda bajo llave, castigándonos en silencio a los dos.

Y sin embargo, a pesar de la atmósfera insoportable, los dos seguimos aquí. Ninguno ha hecho la maleta ni ha dado un portazo. Quizá eso cuente para algo. Elegir seguir juntos, aunque sea de esta forma tan tibia y tensa, sigue siendo una elección. Quizá baste por ahora.

He empezado a darme cuenta de que Steve y Brad viven en mi mente como dos pesos en un balancín, subiendo y bajando según mi estado de ánimo, mis recuerdos y cómo se hayan portado últimamente.

Cuando Steve se vuelve distante, irritable e imposible de alcanzar, su peso me arrastra hacia abajo, y el encanto y la confianza rebelde de Brad lo elevan en mi mente.

Pero entonces recuerdo la arrogancia de Brad, sus sonrisas de suficiencia, su tendencia a traspasar límites simplemente porque puede, y la balanza vuelve a inclinarse a favor de Steve.

Es un tira y afloja mental agotador, y cuando quedan igualados, es lo peor de todo.

No sé a quién quiero ni qué quiero, y la indecisión me vuelve loca.

Este balancín imaginario me tiene atrapada, sopesando sin parar sus defectos y virtudes, cuestionándome a mí misma una y otra vez.

¿Es esto normal? ¿Todo el mundo se siente así en algún momento, o es señal de que algo está fundamentalmente roto en mí, o en nosotros?

No lo sé. Pero lo que sí sé es que este limbo, este estado intermedio, no puede durar eternamente. Algo tiene que ceder.

Lo que más me carcome es el extraño silencio, la verdad tácita que pende entre nosotros.

No hemos hablado de la foto, de su madre ni de ese tal Dom Field.

Nada. Es como si Steve se negara a aceptar que es real, aunque él es quien sabía que ella tenía pareja.

Quizá eso es lo que le está comiendo por dentro: que fui yo quien lo descubrió en lugar de él.

Tal vez quería descubrir la verdad a su manera, y ahora está frustrado porque me adelanté.

En cualquier caso, la foto en cuestión ha desaparecido.

Steve se quedó con ella cuando salió furioso de casa de mamá, y no la he vuelto a ver, aunque tampoco es que la haya estado buscando.

Quizá la devolvió cuando fue a casa de su madre el día de San Esteban.

Intento quitármelo todo de la cabeza, convenciéndome de que no es asunto mío.

Pero el comportamiento de Steve solo aumenta mi curiosidad.

¿Se enfadó porque di en el clavo? ¿Porque en el fondo sabe que tengo razón, que su madre tiene algo que ver con la desaparición de su padre?

Antes de darme cuenta, ya es Nochevieja. Steve prepara una pequeña maleta para irse a Bristol, a su tradición habitual de dos noches con amigos que apenas conozco. Son gente sin cara que menciona de vez en cuando, pero nunca con verdadero detalle, salvo Rory.

Me besa antes de irse, demorándose un poco más de lo normal.

—Me hace ilusión el 91 —dice con tono ligero, como si se quitara de encima el peso de los últimos días. Da gusto oírle decir eso, pero ojalá pudiera sentir el mismo optimismo.

—Te quiero, Marie —añade con voz suave, casi a modo de disculpa—. Sé que no siempre se me da bien demostrarlo.

Y así, sin más, se ha ido. Y aquí estoy yo, de vuelta en el balancín, con Steve subiendo como la espuma mientras Brad cae a un lejano segundo puesto. Es patético, la verdad, pero así soy yo.

Quedo con Sharon en casa de mamá antes de ir al Velvets.

Mamá ha decidido tirar la casa por la ventana: lleva un vestido morado brillante que le cubre los brazos pero deja poco a la imaginación en cuanto a las piernas.

El pelo lo lleva impecable, como era de esperar, aunque parece sacada del reparto de esa película, Hairspray.

—¿No me he pasado, verdad? —pregunta, dando una vuelta sobre sí misma. Se ha pasado, por supuesto, pero bien por ella. Si alguien merece disfrutar esta noche, es mamá. También se ha pasado con el perfume, y toda la casa apesta, una nube embriagadora de la que es imposible escapar.

—Es Eternity de Calvin Klein —dice con orgullo.

—El olor también estará aquí por toda la eternidad —bromeo, tapándome la nariz con la mano.

Yo he optado por una blusa azul holgada y una falda negra corta, buscando un aire de indiferencia.

Recibir el Año Nuevo me parece menos una celebración que algo que hay que pasar.

Sharon, por su parte, lleva un vestido de estilo tejano, discreto pero perfecto para ella.

No tiene que esforzarse: es de esas personas que llaman la atención sin pretenderlo.

Aun así, se mantiene fiel a su promesa: nada de hombres por ahora.

—O ningún hombre o uno solo —declara en el taxi, con tono resuelto.

—¿Qué quieres decir? —pregunto.

—Voy a sentar cabeza en 1991. Ese es mi plan: una relación de verdad.

Mamá y yo nos echamos a reír, con cierto desdén pero sin maldad.

—Ay, cariño, eso no lo querrás hacer —dice mamá, negando con la cabeza—. Disfruta mientras puedas.

Un consejo que a mí nunca me ha dado, curiosamente.

—Deberías ver a algunas de las parejas a las que ayudo en el trabajo —replica Sharon—. Parejas mayores, que llevan juntas décadas. Están tan enamoradas... Simplemente... viven juntas. Es maravilloso, precioso de verdad. Así sois Dave y tú, ¿verdad, Patti?

La pregunta pesa más de lo que Sharon probablemente pretendía. Mamá se detiene, y su expresión se transforma. Por un momento, es como si se aferrara a algo, algo que desea desesperadamente soltar pero no consigue.

—Algo así, cariño —responde finalmente, con la voz más apagada.

El taxi se detiene frente a Velvets, y mamá endereza los hombros; el momento queda olvidado, o al menos enterrado por ahora. Esboza una sonrisa y se prepara para su primera noche de marcha en los noventa.

—Venga, señoritas. Vamos a enseñarles cómo se hace —dice, saliendo con una confianza que me llena de orgullo y, a la vez, de un poco de tristeza.

Velvets está más lleno de lo que lo he visto nunca.

El lugar está abarrotado de gente feliz y animada, la música retumba tan fuerte que la sientes en el pecho.

Las luces de la discoteca son más vibrantes que de costumbre y proyectan patrones de neón sobre las paredes y el reluciente suelo de parqué.

En cuanto llegamos, mamá se dirige directa a la barra y parece decidida a quedarse allí. Ya he intentado arrastrarla a la pista de baile, pero no quiere ni oír hablar del tema.

—Aquí estoy de maravilla, cariño —grita por encima de la canción de Pet Shop Boys que suena a todo volumen.

Tiene un cóctel en una mano y los ojos clavados en el camarero—.

He encontrado un buen sitio con vistas al camarero sexy.

Se llama George, tiene tableta y un schnauzer miniatura —añade con una sonrisa.

La dejo quedarse, con la esperanza de que se controle, pero cuando vuelvo a verla más tarde, está completamente ida.

Dios sabe cuántos cócteles lleva, pero aún falta mucho para medianoche y ya está desplomada sobre la barra como una náufraga recién llegada a la orilla.

—Me encuentro mal, Marie —gime, sin apenas levantar la cabeza—. Muy mal. Necesito irme a casa.

—Son las diez y media, mamá —señalo, intentando mantener un tono sereno.

—Me encuentro muy mal —repite, balanceándose en el taburete.

Antes de que pueda decir nada más, Sharon reaparece, con aspecto agitado y algo despeinada.

—El Gilipollas Larguirucho está aquí, con la de gente que hay tenía que venir ese imbécil —luego mira a mamá, que intenta sin éxito mantenerse erguida en el taburete—. ¿Está bien?

—Me encuentro muy mal —gime mamá de nuevo, dejando caer la cabeza dramáticamente.

—Solo son las diez y media —observa Sharon, enarcando una ceja.

—Eso ya lo he dicho —respondo, exasperada. Los instintos de paramédico de Sharon se activan de inmediato.

—¿La llevamos a casa? —pregunta, señalando a mamá con la cabeza.

—No, le daremos agua. No pienso irme a ningún lado —insisto.

Mamá se remueve un poco y levanta la cabeza lo justo para murmurar:

—¿Necesita ayuda el Gilipollas Larguirucho?

—No, no la necesita —espeto, muerta de vergüenza.

Mamá intenta levantarse y se tambalea peligrosamente mientras se agarra al borde de la barra para no caerse.

—Dejadme ayudar al chico alto —declara, con un brillo travieso en la mirada.