Todos esconden algo Capítulo 11 El congelador #2
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Capítulo 11 El congelador #2

Menudo capullo. Gracioso, eso sí, pero capullo. Aun así, por mucho que quiera seguir cabreada, no puedo evitar darme cuenta de lo mucho que estoy disfrutando de este lado más aventurero y travieso suyo.

La noche siguiente, Sharon y yo vamos a Velvets.

Es nuestra primera salida de verdad en meses porque Sharon ha estado hasta arriba de trabajo.

Lo bueno es que ahora trabaja en el turno de noche: su cama queda libre de siete de la tarde a siete de la mañana, así que hemos montado un arreglillo muy majo: yo duermo en su cama mientras ella curra, y por la mañana hacemos el cambio rápido cuando me voy.

La verdad, es perfecto. Y como ella no paga alquiler gracias a su queridísimo papá, yo puedo ahorrar lo que gano, o gastármelo en ropa.

Eso sí, los horarios intempestivos le han destrozado la vida sexual a Sharon.

Como sustituto, ha decidido montar una colección bastante impresionante de juguetes sexuales; hay consoladores para dar y regalar en su casa, de hecho está usando uno gigantesco como tope de puerta. Muy prácticos, oye.

El caso es que me he estado guardando algunas cosas últimamente, como el beso con Brad y el incidente del congelador con Steve.

Pero, como era de esperar, bastan un par de chupitos en Velvets para que se me suelte la lengua.

Primero sale la historia del congelador, y Sharon se parte de risa, con lágrimas cayéndole por la cara.

En un momento dado, se está riendo tan fuerte que le sale el alcohol por la nariz.

—Nunca volveré a ver los palitos de pescado de la misma manera —suelta.

—Borde —murmuro mientras niego con la cabeza, pero no puedo evitar reírme también.

—Te estás volviendo muy traviesa, Marie Parker —bromea, señalándome con el dedo—. ¡Creo que alguien es una mala influencia para ti!

Asiento y luego, casi sin dudarlo, le cuento lo del beso con Brad. Se le cae la mandíbula. Literalmente. Se queda así unos buenos diez segundos. Luego, a pleno pulmón, se pone de pie y grita:

—¿Alguien ha visto a mi amiga Marie Parker? ¡Porque esta tía es una impostora!

Todo el mundo se gira a mirar, y yo me quiero morir de vergüenza. Sharon se dobla de la risa, tanto que tropieza y tiene que agarrarse al borde de la barra para no caerse. Está de broma, claro, pero no puedo evitar preguntarme en qué me he convertido últimamente.

—Espera, ¿ni siquiera te acostaste con él? Pues vaya, estoy muy decepcionada contigo, Marie Parker —dice, negando con la cabeza en fingida desaprobación.

Es una influencia terrible, de verdad. Pero, Dios, la quiero.

Aun así, a veces me sorprende que sea paramédica. O sea, ¿cómo pasa de esto a salvar vidas? Es como si tuviera doble personalidad. A lo mejor necesito un poco de eso en el trabajo. Una versión menos «yo» de mí misma. Podría mantenerme alejada de los problemas... y de los congeladores.

De madrugada, salimos tambaleándonos de Velvets, con Sharon proclamando a los cuatro vientos que no necesita un tío esta noche.

Tiene su colección esperándola en casa. Mientras nos agarramos la una a la otra para no caernos, veo algo completamente fuera de lugar: un Volkswagen rojo brillante aparcado junto a la acera, con los faros encendidos, y la silueta de un hombre delante.

Tardo un segundo en darme cuenta de quién es.

—Joder, ese es mi Steve —digo, dándole un codazo a Sharon.

—Ese es el novio, no el hermano, ¿verdad? —dice con una sonrisa pícara. Le doy con el codo para que se calle, aunque es evidente que bromea... bueno, eso creo.

¿Qué demonios hacía aquí? ¿Y el coche? Sabía que había dicho que me recogería el domingo, ¿es este su buga?

Nos tambaleamos hacia él.

—Steve, ¿qué haces aquí? —logro preguntar, arrastrando un poco las palabras.

—Pareces un taxista sospechoso asesino en serie —dice Sharon, sin ayudar en absoluto.

—Pensé que podríais necesitar que os llevara —dice Steve, mirándonos como si fuéramos de otra especie—. No me hacía gracia que volvierais a casa a estas horas. Nunca se sabe quién anda por ahí.

—Sí, bichos raros al acecho en sus coches —suelta Sharon.

—¡Sharon! —siseo, lanzándole una mirada. Luego me vuelvo hacia Steve, intentando parecer sobria—. Es... muy amable de tu parte.

Nos dirigimos al coche, Sharon murmurando algo incoherente sobre los autobuses nocturnos. Antes de subir, la aparto a un lado.

—Shaz, sé que estás pedo, pero no puedes soltar ni una palabra de lo que te conté antes.

—¿Shaz? Hace siglos que no me llamas así.

—¡Sharon, lo digo en serio!

—Que me muera si miento, que me claven una polla circuncidada en el ojo. —Dios, está tan pedo y yo entrando en pánico. ¿Por qué demonios confié en ella? ¿Por qué narices está Steve aquí?

—Te está espiando, como los rusos —murmura mientras subimos al coche—. Para asegurarse de que seas una buena Maricita. —Se desploma en el asiento trasero, riéndose de sus propias teorías de borracha.

Ni siquiera se me había ocurrido, ¿será por eso que está aquí? Me deslizo en el asiento delantero y fuerzo una sonrisa tensa.

—Le contaste lo de anoche, ¿verdad? —dice Steve en cuanto cierro la puerta.

—¿Qué? ¡No! —balbuceo, presa del pánico.

—Entonces, ¿por qué acaba de llamarme «Señor Frío»?

Sharon suelta una carcajada desde atrás. Está tan satisfecha consigo misma que me dan ganas de estrangularla.

—¡No te preocupes! —dice entre risotadas—. No diré nada de lo otro.

Dios. Mío. Me podría haber muerto ahí mismo.

—¿Qué otra cosa? —dice Steve, entornando los ojos.

—Ni idea —suelto rápidamente—. Está borracha. Y es imbécil. —Le lanzo a Sharon una mirada de advertencia por encima del hombro, de esas que prometen muerte segura si no cierra el pico.

Desesperada por cambiar de tema, miro a Steve con la alegría más forzada que soy capaz de fingir.

—Qué coche más bonito, Steve.

—Volkswagen Jetta. Seis años. Me salió muy bien de precio —dice, y se lanza a hablar de coches. Desconecto por completo, demasiado ocupada rezando para que Sharon no suelte más secretos míos.

Al final, lo interrumpo.

—Y ¿qué ibas a hacer si no salíamos de Velvets?

—Irme a casa... tarde o temprano —dice, encogiéndose de hombros—. Pero sabía que iríais a la parada del autobús, así que...

—Siempre llegamos bien a casa, autobús nocturno, cinco minutos —digo, sin saber muy bien qué pensar de todo esto.

—Solo quería asegurarme de que llegaras bien —dice, con un deje de ofensa en la voz.

—Gracias, padre —suelta Sharon desde atrás, rezumando sarcasmo.

—Perdona si eso te molesta —dice Steve a la defensiva.

—No, qué va. Está bien —murmuro. ¿Lo está? Me parece excesivo, casi de acosador.

Cuando llegamos a casa de Sharon, casi suspiro de alivio. Sacarla del coche es como luchar con un pulpo borracho, pero al final lo consigo. Le doy un beso de despedida a Steve por la ventanilla, dejándole claro que no va a entrar, y empiezo a guiar a Sharon hacia el piso.

Mientras me alejo, Steve me llama. Su voz se ha vuelto seria.

—Marie, sé que es tu mejor amiga, pero hay cosas que tienen que quedar entre nosotros, ¿vale? Podría meterme en un buen lío.

—Sí, perdona —digo con un hilo de voz.

Me dedica una media sonrisa y se marcha. Vuelvo con Sharon, que ahora ha decidido caerse en un arbusto. La saco de ahí, con ramitas en el pelo; me he convertido en su enfermera particular.

Cuando por fin estamos dentro, estoy completamente agotada. Steve es tan difícil de descifrar... sube y baja como un yoyó. A veces pienso que es el tío más encantador del mundo, y otras veces es... esto. Agotador. Ojalá supiera a qué atenerme con él.