Capítulo 2 Cuando nos conocimos
Estoy agotada. Apenas he dormido. Calculo que una hora como mucho. Estoy en el trabajo, sentada en las cajas de Safeway en Petts Wood, al sureste de Londres.
He estado fuera toda la noche con Sharon, celebrando su veintitrés cumpleaños.
Solo me lleva un par de semanas. Somos amigas desde el colegio, y ahora pasamos al menos un par de noches a la semana juntas.
Normalmente vamos a Velvets en el centro, el mismo sitio de siempre, la misma gente de siempre.
En serio, la cantidad de tíos con los que me he liado allí.
Vuelven a por más, pero yo no tengo ganas de repetir.
Anoche dormí en el sofá de Sharon; tiene un apartamento precioso en Orpington que está cerca de mi trabajo, así que me viene muy bien. Su padre básicamente le consiguió el piso, así que ha caído de pie.
Los padres de Sharon son gente de pasta. Viven en Foxglove Road, la calle más pija de Chislehurst, que ya de por sí es un sitio elegante, aunque siempre hay robos, eso sí. Yo no querría vivir allí.
A pesar de ser de Chislehurst acabó yendo a mi colegio de mierda en Eltham, creo que porque su padre trabajaba para el gobierno y quedaba bien. Sharon fue a la universidad porque no le quedó otra y estudió medicina o algo así, pero ha acabado siendo paramédica, que supongo que viene a ser lo mismo.
A mí nunca me apeteció seguir estudiando. Me largué en cuanto pude. La universidad es para pijos e inteligentes. Por suerte, Safeway tiene un buen sistema de promoción. Podría ser encargada en un par de años si quisiera, aunque quedarme dormida en las cajas no creo que me ayude mucho.
Normalmente, cuando me quedo en casa de Sharon dormimos juntas en la misma cama. No, no en ese sentido. O sea, somos muy amigas, pero no tanto.
Sin embargo, anoche se trajo a casa a un negro muy majo. Johnathan, se llamaba, no John; tenías que llamarle Johnathan.
A Sharon le encantan los hombres de diferentes etnias; le pone muchísimo.
Siempre le digo que ya no podemos ir a por un indio, porque acabará llevándose más que un Tikka Masala.
Es un poco guarra, pero al menos con cultura.
Y cuando eres un poco pija te sale gratis.
Sharon me pegaría si dijera que es pija, pero comparada conmigo, es la puta reina.
Su pasión por las diferentes culturas viene de todos los viajes que ha hecho. Le da ganas de probar de todo: cosas, gente y, por lo visto, penes.
Lo más lejos que he llegado yo es Skegness. Aburrido y deprimente, como los tíos que atraigo.
No es que sea fea ni nada. Seguramente soy la más atractiva de todas las cajeras, pero la mayoría tienen más de 50, excepto Tracey, que tiene un ojo torcido que descoloca bastante a los clientes.
Me han dicho que esté en el trabajo bien temprano porque empieza el nuevo encargado de la tienda. Seguro que es otro gilipollas como el último, Stewart, se llamaba. Todos los Stewart son gilipollas. Tenía 51 años y todavía vivía con su madre. Tío raro.
Eso sí, yo todavía vivo con mis padres cuando no duermo en casa de Sharon.
Estoy en la lista de espera para conseguir un piso, pero está tardando una eternidad.
El problema es que todo el mundo por aquí ha comprado su vivienda de protección oficial, así que no queda ninguna.
Eso es justo lo que han hecho mis padres.
Mi padre se cree la hostia ahora con su hipoteca. Se ha vuelto superfan de Thatcher y adora a esa mujer. Pobre desgraciado.
Mi madre está encantada de poder hacer más cosas con la decoración; acaba de comprar un sofá que hace juego con las cortinas de flores, además de un montón de muebles negros. Es horroroso, pero ella está feliz.
Mi padre se ha vuelto tan yuppy que se ha gastado una fortuna en eso del satélite, donde te ponen una antena parabólica enorme en el lateral de la casa y tienes unos cuantos canales extra que nunca vas a ver.
Tuve que hacerle una foto fuera de casa, señalando la antena que tiene encima, para enseñársela a sus colegas del trabajo.
Ahora todos le llaman Cabeza de Antena. Él cree que es un cumplido.
No lo es.
Estoy a punto de quedarme dormida en la caja 17 cuando oigo acercarse a Femi. Siempre sé que es Femi porque tiene los pies más pesados del planeta.
Femi es el encargado del departamento de cajas y un auténtico pelota. Igual no debería decir eso porque él también es moreno. A Sharon le encantaría. De hecho, es posible que ya le haya encantado.
Femi tiene un acento nigeriano muy cerrado. No le entiendo la mitad de las veces, pero no puedes decir nada, así que simplemente asiento o digo que sí. La cantidad de horas extra a las que he dicho que sí sin querer es ridícula, la verdad.
Así que aquí está, pisando fuerte, y junto a él hay un tío.
Debe de ser el nuevo encargado. Parece guapo, desde la distancia al menos.
Pelo negro azabache como los muebles de mi madre y unos ojos oscuros preciosos.
Bastante corpulento, pero en el buen sentido.
También es joven, sorprendentemente joven para ser encargado de tienda.
Me recuerda al cantante de A-ha, pero con la cara más llena. Rasgos marcados. Elegante. Bien cuidado.
De repente me entra una vergüenza horrible. ¿Por qué salí anoche? ¿Por qué dormí en el sofá de Sharon? Tengo una pinta espantosa. Seguro que apesto. Vamos, que es difícil parecer sexy con un uniforme de Safeway, con mi falda demasiado larga y mis rayas verdes y crema, pero aun así, qué vergüenza.
Los dos se acercan a mi caja y Femi me presenta al tío.
—Hola, Lisa.
—Soy Marie —le espeto. Ni siquiera tenemos ninguna Lisa en la tienda. Qué idiota.
—Eh, sí, Marie. Este es Steven, el nuevo encargado de la tienda.
Steven me sonríe y me tiende la mano.
—Puedes llamarme Steve. Encantado, Marie.
Me fijo en sus manos increíblemente suaves. Está claro que no trabaja con las manos. Es como tocar nubes, nunca había tocado unas manos tan suaves.
—¿Encargado de tienda? Seguro que eres más joven que yo —digo, con una risita incómoda.
Entonces Femi interrumpe con su acento cerrado.
—Esta empresa reconoce el talento joven —dice, con un deje de amargura.
Paso de Femi y sigo a lo mío con Steven, o Steve, como ahora podemos llamarle.
—¿Te han trasladado de otra tienda o algo así?
—En realidad, vengo de Texas —responde.
—Vaya, has venido de lejos. ¿Eres americano entonces? —respondo como una idiota.
—No, me refiero a la tienda de bricolaje, Texas.
En este momento, solo quiero que me trague la tierra y desaparecer para siempre. Estoy mortificada. Femi se ríe. De hecho, suelta una carcajada, y yo me muero por dentro.
Femi y Steve se alejan rápidamente y recorren la tienda, con Femi enseñándosela como si fuera su mayor tesoro. Pero al irse, Steve se gira hacia mí.
—Nos vemos por ahí, Marie —dice muy educado.
Creo que me voy a llevar bien con este gerente.
Más tarde, estoy en mi descanso en la sala de arriba.
Estoy sentada con Jack Culo Rajado; le llamamos así porque siempre lleva el culo al aire cuando repone los estantes.
Tiene una raja de culo mutante que le llega hasta los omóplatos.
Le gusta darle a la lengua y hablar de su novia, que nadie cree que exista. Parlotea sin parar y yo solo asiento.
Entonces entra Steve. Está aún más guapo con esta iluminación fluorescente de la cafetería del personal. Se acerca directo hacia mí, sin mirar a nadie más.
—¿Te importa si me siento?
—Claro —digo con calma, intentando no meter más la pata. Jack asiente mientras se zampa una barrita Marathon, y no para de recordar a todo el mundo que le van a cambiar el nombre.
—¿Te gusta estar en las cajas? —me pregunta Steve educadamente. Solo asiento, evitando hablar demasiado.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí, Marie?
—Pues dos años, creo.
—Tres —interrumpe Jack, metiéndose donde no le llaman. ¿Cómo demonios lo sabría él?
—Empezó en las Navidades después que yo —dice como si nada. Ahora me da un poco de mal rollo.
—¿Te gusta trabajar aquí? —me pregunta Steve con sinceridad.
¿Cómo se supone que debo responder a una pregunta tan tonta? Pues claro que no. Es una mierda. No quiero trabajar, punto. Es horrible.
—Oh, me encanta —respondo con entusiasmo. Seguro que sabe que estoy mintiendo.
En ese momento, Jack se levanta de la silla y, al hacerlo, tira al suelo el envoltorio de su barrita Marathon, a la que todavía no le han cambiado el nombre. Naturalmente, se agacha a recogerlo y nos expone a todos su abismo de raja.
—Vaya —dice Steve en voz alta. Yo intento no reírme ni vomitar—. Eso es bastante impresionante, ¿no?...
Apuesto a que ahora desearía estar de vuelta en Texas.
Con el culo por fin fuera de la vista, Steve sigue haciéndome preguntas: sobre mis planes profesionales, de dónde soy... Sinceramente, fue un interrogatorio implacable, pero parecía tener verdadero interés. Charlamos durante tanto tiempo que me he pasado con creces de mi descanso.
De repente, oigo pasos pesados a lo lejos. El té de mi taza se ondula.
—Ahí viene Femi —le digo a Steve.
Femi abre la puerta de golpe y está claro que me busca a mí. Dice algo de que llego tarde. Steve interviene rápidamente y explica que es culpa suya, todo un caballero. Le doy las gracias a Steve y vuelvo a la planta de ventas.
Al irme, me giro hacia él. Todavía me está mirando. Dios, me gusta bastante, y creo que yo también le gusto.
Termino mi turno a las cinco, y papá quiere que le recoja algunas cosas después del trabajo. Va a tener a un par de colegas en casa para babear con su antena parabólica; va a cenar pescado con patatas, o Pescado y Parabólica como lo ha bautizado orgullosamente. Pobre hombre, pero bastante creativo.
Me han puesto a cargo de los postres, y conseguí pillar un trifle por 32 peniques.
Cualquier cosa rebajada siempre es bienvenida en mi casa.
Antes, mamá ha llamado a la tía Val solo para contarle algunas de las gangas que he conseguido.
Pensarías que están cotilleando sobre los tíos que he traído a casa, pero no: es el paquete de jamón de 17 peniques lo que las pone a cotorrear.
Al salir con mi bolsa de dulces rebajados, veo que Steve está fuera de la entrada del personal.
Está oscuro, pero las luces sobre la puerta lo iluminan.
Por un momento, parece algo sacado de una película de cine negro: está resplandeciente.
Sí, es un aparcamiento de Safeway, pero por un segundo, parece un París lluvioso y romántico.
Entonces se me rompe la bolsa y el trifle se desparrama por el suelo. Treinta y dos peniques tirados a la basura.
Por suerte, Steve no ha visto el desastre del trifle, así que lo dejo ahí tirado. En lugar de volver a entrar a buscar otro postre, decido seguir caminando hacia Steve. Al final, me ve.
—Marie —dice con seguridad.
—¿Qué tal tu primer día? —pregunto.
—Bueno, no me han despedido.
En ese momento, un coche derrapa hacia nosotros y sus luces nos ciegan un instante.
Música rock duro retumba desde dentro mientras el coche se detiene y baja la ventanilla, justo a nuestro lado.
Al volante hay un tipo joven y delgado, con el pelo oscuro un poco largo y barba descuidada.
Se podría decir que se parece un poco a Jesús, pero probablemente se acerca más a Paul McCartney en su fase barbuda.
Tiene ese rollo, relajado pero un poco inquieto, como si estuviera entre ir a una sesión de improvisación y ponerse a contemplar el sentido de la vida.
Sus manos agarran el volante con la soltura de alguien que o sabe exactamente lo que hace o ha decidido dejarlo todo en manos del destino.
—Venga, sube, capullo —le grita el tipo a Steve. Solo espero que se conozcan.
Steve me mira para tranquilizarme.
—Es mi hermano, Brad.
Una sonrisa pícara se dibuja en la cara de Brad.
—Venga, ¿intentando quedar bien con la nueva jefa? —bromea Brad, pero a Steve no le hace gracia. Le echa la bronca a Brad por maleducado, casi como si me estuviera protegiendo.
—Tengo que recogerlo como a un niño del colegio —dice Brad con cierta chulería.
Steve explica rápidamente que va a comprarse un coche y que vive con Brad hasta que encuentre un piso cerca.
Entonces Brad se ofrece a llevarme a casa. Al principio me niego, pero él insiste.
—Venga, está oscuro, no sabes quién anda por aquí.
No le falta razón, pero apenas conozco a estos hombres; doy por hecho que Steve es de fiar porque es mi jefe. Bueno, lo lleva siendo ocho horas. Así que acepto. Solo son diez minutos en coche, pero pienso que quizá me sirva para acercarme a Steve.
Me subo al coche y arrancamos. Pasamos junto a mi pobre trifle abandonado.
Por el camino, Brad me pregunta si voy a ir al centro el sábado con todos. No tengo ni idea de qué me habla.
—La protesta contra el poll tax —dice, con la voz cargada de rabia.
De repente me sentí completamente fuera de lugar. Claro que sabía del cabreo general, sobre todo por los titulares que veía al cobrar los periódicos en caja. Todo el mundo estaba indignado, aunque mi padre defendía la idea; cualquier cosa que saliera de la cabeza de Thatcher, él la apoyaba.
—Deberías venir —dice Brad con entusiasmo—. Tienes que hacerte oír. Steve va a ir.
Steve no parecía tan convencido. Ir a una protesta la misma semana de empezar como encargado en Safeway tenía su riesgo, pero se notaba que le importaba.
—Puede que me pase —dice Steve.
—¿Pasarte? —grita Brad enfadado—. No puedes simplemente pasarte por una puta revolución.
Pasarme por allí me iba mucho más que ir con pancartas y ponerme furiosa por cosas que no entendía del todo.
Pero la idea de pasar el rato con Steve fuera del trabajo era bastante interesante.
Entonces caí en que no había investigado nada sobre él: podría tener pareja, podría ser gay, es mi jefe, y solo lo conozco desde hace unos minutos.
Así que, muy sutilmente, intento sonsacar más información antes de lanzarme, como una detective del amor.
—¿Vas a llevar a tu novia a la protesta? —le pregunto a Steve con toda la educación del mundo.
Antes de que pueda abrir la boca, Brad suelta una carcajada.
—¿Novia? ¡Ninguna tía es tan boba como para estar con él!
Steve no dice nada.
—Yo voy —declaro mientras el coche se detiene frente a la casa de mis padres—. Que le den a Maggie.
Y así, he decidido hacerme activista en nombre de la lujuria, al menos por un día.