Todos esconden algo Capítulo 1 Quiero liberarme
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Todos esconden algo

Todos esconden algo

Por N.R. Downs

© inepub.com

Capítulo 1 Quiero liberarme

Sé que no debería estar aquí. Me han dicho que me mantenga alejada. Pero no puedo perderme el funeral, que me nieguen la oportunidad de despedirme del hombre al que amé.

Así que estoy esperando fuera y hace un frío que pela.

Un viento raro y cortante me golpea la cara de vez en cuando antes de desaparecer de nuevo, como si me acabara de atracar el tiempo.

Aun así, es mejor que la bofetada que me dio hace unos días esa arpía de Jill.

Todavía me arde la mejilla con el recuerdo.

No debería llamar así a Jill. Sobre todo hoy. Está de luto. Una arpía de luto. Pero de luto, al fin y al cabo. Aunque hoy disfrutará de la atención. Se le da bien hacerse la víctima indefensa.

Espero fuera de la iglesia, apartada a un lado, a la espera de que llegue el ataúd.

Decidí venir andando a pesar de que son unos diez kilómetros, pero necesitaba caminar. Es lo que hago, es mi manera de sobrellevarlo. Una larga caminata para desenredar mis pensamientos, para intentar encontrar respuestas imposibles a preguntas sin solución.

Sé que en cuanto la gente me vea, empezarán los cotilleos. Los susurros, las miradas. Pero estoy aquí. Ya no me queda nada que perder. Lo único que puedo hacer es intentar no montar una escena. Pasar desapercibida entre tanta tristeza.

Estoy encaramada en este muro helado fuera de la iglesia de San Bernabé, St Bastards, como solíamos llamarla. Como la sigo llamando, de hecho.

Tengo el culo entumecido, la cara congelada.

El frío me muerde como si la tuviera tomada conmigo, pero estoy demasiado agotada para defenderme.

Me siento tan completamente sola, principalmente porque, al menos en este momento, lo estoy.

Es una soledad extraña. De esas que solo calan de verdad cuando estás acostumbrada a tener siempre a alguien a tu lado.

La ausencia de Freddie es enorme. Desproporcionada. Como si el sol hubiera caído de repente del cielo y me hubiera dejado a oscuras, dando tumbos.

Mi niño pequeño. Mi sombra. Lo único constante que me ha mantenido a flote estos últimos meses.

No me parece bien estar aquí sin él. Claro que no habría sido justo traerlo, no hoy. No quiero montar una escena, y un bebé llorando pidiendo teta lo conseguiría.

Lo he dejado con papá, junto con un montón de leche recién sacada. Tendrías que haber visto la cara de papá, cualquiera diría que preferiría estar en el funeral.

A lo lejos oigo el traqueteo de cascos de caballo rompiendo el silencio. Un coche fúnebre tirado por caballos. Sin escatimar en gastos. Eso es muy de Jill, es increíble que haya decidido soltar la pasta ahora.

Me aparto más hacia un lado de la iglesia, evitando a la multitud, las caras, los ojos que sin duda me fulminarán con la mirada. Si las miradas mataran, estaría frente a un pelotón de fusilamiento.

Entonces el ataúd aparece ante mí, y ya está. Me derrumbo. Las lágrimas brotan y me descongelan las mejillas a su paso.

Estoy harta de llorar, y para mí es como romper el precinto cuando necesitas mear: una vez que empieza, es imparable. Y ahora de verdad necesito mear.

El duelo es una pesadilla de narices. Es agotador de cojones.

No puedo entrar. Simplemente no puedo. Así que me quedo quieta, de pie junto a un arbusto que me hace estornudar. Tengo frío. Estoy llorando. Estornudando. Y con ganas de mear. Y gracias a los estornudos, ya se me ha escapado un poco.

Y esto es intentar no montar una escena.

Después de lo que parece una eternidad, empiezo a dirigirme hacia la entrada de la iglesia. Mientras camino, veo a mamá delante de mí, que entra sola. Parece pequeña, de algún modo, como si debiera tener a alguien a su lado. Como si ese alguien debiera ser yo.

Pero me quedo paralizada. A mitad de paso, a mitad de pensamiento, simplemente me detengo, sin saber qué hacer conmigo misma.

No puedo volver al arbusto que me hace estornudar, pero tampoco creo que pueda entrar.

Mamá me mira y espera un momento, el tiempo justo para darme una oportunidad.

Pero cuando no me muevo, suspira, un suspiro suave y preocupado, y entra sin mí.

Como si se estuviera preparando para cualquier cosa que pueda hacer a continuación. Como si fuera una bomba de relojería.

Que lo soy.

Intento recomponerme, respiro despacio aunque el frío me escuece la garganta.

Desde dentro de la iglesia oigo música, familiar, reconfortante, inconfundiblemente Queen.

I Want to Break Free. Cómo no. Una canción extraña para poner cuando estás mirando un ataúd, pero extrañamente perfecta.

Le encantaba Queen. Le encantaba la música.

Respiro hondo y me obligo a avanzar. Las piernas me pesan, como si hubieran olvidado cómo caminar, pero sigo adelante. Un paso. Luego otro. No sé si llegaré hasta el final, pero por ahora, avanzo. Algo es algo.

La puerta principal de la iglesia suelta un chirrido tremendo cuando la abro, dolorosamente fuerte y completamente inapropiado, como si Dios mismo no creyera en el aceite tres en uno.

Por suerte, Queen sigue sonando lo bastante alto como para tapar casi toda mi entrada. Buena acústica tiene este St Bastards.

Intento desviarme hacia un lado, con la cabeza gacha, con la esperanza de pasar desapercibida. Pero, claro, siento sus ojos sobre mí antes incluso de verla.

Jill.

Se gira lentamente, la cara bañada en lágrimas, pero su expresión sigue siendo dura, tan fría como el viento de fuera. Su mirada me atraviesa.

—Joder, qué coño —murmura, claro como el agua. Apenas mueve los labios, pero capto cada palabra.

Su viejo, Alf, se inclina y le dice que mire hacia delante, pero ella no lo hace. No enseguida. Simplemente sigue mirándome, como si me estuviera retando a quedarme.

Que es exactamente lo que pienso hacer.

Me doy cuenta enseguida de que él no está aquí, pero antes de que pueda siquiera buscarlo, mamá se gira y me llama.

—Marie, siéntate, cielo.

Hay un hueco a su lado, así que me acomodo torpemente junto a ella e intento asentarme en lo que deben de ser los bancos más incómodos de la historia. No me extraña que la gente pase de ir a la iglesia.

Más adelante, veo a Jill de pie. Parece que está a punto de dar un discurso. Me preparo, y recuerdo, una vez más, que de verdad necesito mear.

Las lágrimas me corren por las mejillas y... bueno, digamos que estoy perdiendo líquidos en más de una dirección. Es todo un reto intentar aguantarlo todo. Pero claro, no hace mucho que tuve a Freddie y mi suelo pélvico está, bueno... hecho polvo.

Jill avanza lentamente hacia el altar, alargando cada segundo. Cojea, la ayudan como si el dolor la hubiera destrozado físicamente, y claro que así es. Pero después de todo lo que ha pasado, no puedo evitar sospechar de cada uno de sus movimientos.

¿Tú no lo harías?

Se hace un silencio incómodo, inquietante, mientras ella tropieza y solloza. Todos contienen la respiración.

Mamá me pasa el brazo por los hombros, y la dejo.

Dios, cuánto lo necesitaba.

—Lo quería, mamá —digo en voz baja, con un hilo de voz.

—Lo sé, cariño —susurra.

Y entonces hundo la cara en su hombro, como cuando era niña.

—¿Mamá...?

—Sí, cariño —dice, con voz suave y firme.

—¿Dónde están los baños?

Pero antes de que pueda responder, Jill empieza a hablar, y ya está. Tendré que seguir aguantando. Conteniéndolo todo. Escondiéndome. Con mamá como escudo.

—Hola a todos —empieza Jill, con la voz quebrada y ahogada en sollozos—. Gracias a todos por venir... bueno, casi todos.

Se oye una risita nerviosa entre la multitud, de esas que surgen cuando la gente no sabe qué hacer, pero no era una broma. Era una puya. Directa a mí. Descarada.

—¡No eres bienvenida, Parker! —grita de repente, y sus palabras cortan el aire como una navaja sobre seda—. ¡Tú tienes la culpa de que esté en ese maldito ataúd!

Señala mientras toda la congregación se vuelve hacia mí en un movimiento perfectamente sincronizado. Un millón de ojos juzgándome.

Quiero que la tierra se abra y me trague entera.

Pero antes de que pueda escabullirme, antes de que el calor de sus miradas me abrase más, otro sonido rompe la tensión: el chirrido de la puerta de la iglesia al abrirse de golpe en el fondo.

Y ahí está él.

De pie en medio del pasillo. Tan expuesto como yo.

Ha venido. Claro que sí.

Siempre iba a venir a despedirse de su hermano.