62
Cierro yo. En el salón veo la labor de punto de Elisa sobre el sillón.
No la ha olvidado, la ha dejado esperando que la tarde sea como las anteriores.
Una más, idéntica a las anteriores y a las siguientes, otra vez, siempre igual.
Eso sería todo. Día a día; mes a mes. Vísperas para mí; cementerio para ella.
Mal día para las dos. Y vuelta a empezar.
En una casa limpia y recogida, calentita en invierno; fresca en verano.
Yo tengo un desván; tú, un jardín. ¿Cómo estás hoy, peque, chiqui, nena, Anita?
Pirámides de naranjas y mandrinas en la cocina, cera para suelos y bayetas.
Pero el desván empieza a repetirse y el diccionario no es infinito.
Y, sobre todo, hoy no es un día normal.
Cojo la labor de Elisa, extraigo las agujas.
El calcetín casi está listo. Me siento con él sobre el regazo.
Elisa me imagina por la casa con los pies cubiertos de mullida angora granate.
Tiro de la lana y deshago un punto. Siento en la boca el sabor de las infusiones.
Tiro de nuevo. Saltan varios puntos. Pócimas para que tuviera dolor de estómago antes y después de las visitas.
De otro tirón deshago varios centímetros.
Brebajes para «calmarme», que me dejaban flotando en una densa nube sin miedo, pero también sin alegría.
Casi sin darme cuenta he destejido la caña.
¿Qué puso en la taza para que vomitara cuando me visitó Manel?
Tiro con rabia, desaparece el talón, desaparece el pie, acabo con la puntera.
—¿Por qué? —me pregunta Elisa al ver esa hemorragia granate sobre el sofá.
—No —respondo—. Dime tú, ¿por qué?
Sabe a qué me refiero. Y venía con la respuesta preparada:
—Porque tengo que protegerte. No puedo permitir que te pase nada. Aquí estás a salvo, estás segura. Yo te cuido.
—¿Por qué?
—Es mi deber. Soy tu hermana mayor. No tienes a nadie más.
Va hasta el sofá, busca el ovillo y empieza a enroscar la lana con la mirada fija en la bola, como si fuera un animalillo herido.
Su respuesta no me basta. Golpeo el ovillo, que cae al suelo y se aleja rodando.
—¿Por qué soy tu deber?
Pongo un pie sobre la bola de lana para impedir que Elisa trate de cogerla.
—Porque te quiero, ya lo sabes. Siempre te he querido y tengo que cuidarte y protegerte de todos los peligros que hay ahí afuera. En casa estás segura, yo me encargo de ello. Yo me encargo de todo.
Sigue sin ser suficiente. Ella lo sabe también.
—¿Por qué?
El rostro de Elisa se deforma de dolor, como si regurgitara un erizo cuando dice:
—Porque es culpa mía.
—¿Qué es culpa tuya?
—Todo.
Me siento a su lado. Con la cabeza gacha y los brazos cruzados sobre el pecho parece querer ovillarse, plegarse sobre sí misma y seguir guardando para sí lo que contiene ese «todo», pero no hemos llegado hasta aquí para nada.
Sé que ella estaría dispuesta a reanudar nuestra vida anterior, como si todo lo que nos hemos dicho en las últimas horas fuera un fragmento de texto erróneo que podemos borrar.
Pero yo no lo acepto. Hemos empezado este capítulo y lo vamos a terminar.
—¿A qué te refieres?
—Lo tuyo... —balbucea.
—¿Qué culpa vas a tener tú de lo que me pasó? Si hay una causa directa, es el accidente de mamá y papá, porque...
Su cuerpo sufre una sacudida, sube las piernas al sofá, las rodea con los brazos y se echa a llorar. Intento abrazarla, pero me aparta con violencia. Replegada sobre sí misma, llora espasmódicamente, mientras yo permanezco fuera, tensa, esperando un momento para romper la barrera.
—¿Qué pasa? ¿Qué tienes?
El llanto remite, pero no me atrevo a tocarla todavía.
—No fue un accidente. Yo los maté —dice finalmente desde el interior del caparazón—. Yo te dejé huérfana.
En momentos de absoluto pasmo, cuando la parálisis bloquea cualquier reacción, sale en nuestro auxilio alguno de los personajes que nos habitan; en mi caso, es la traductora meticulosa y pedante, que emerge y corrige sin miramientos.
—Nos dejaste.
Un comentario inapropiado, estúpido, si se quiere, que con su impertinencia rompe todos los muros. Elisa levanta la cabeza, me mira parpadeando incrédula.
—¿Qué pasa, Elisa? ¿Por qué dices eso?
—Es que por casualidad descubrí algo. Algo de mamá.
Parece que quiere volver a esconderse. No, ahora no. Estamos demasiado cerca de terminar este párrafo, quedan pocos para llegar al final del capítulo.
—¿Qué? —pregunto, aunque ya lo imagino.
—Es que no sé si debes saberlo.
—Tengo que saberlo.
—Descubrí que mamá tenía un amante. En Alemania...
No puede seguir. Espero. Tiene los dedos blancos de apretar las rodillas con fuerza.
—Un cantante...
Se detiene otra vez. Flojea. No es eso lo que me tiene que decir.
—Lo sé, lo sé. Un barítono. Pero ¿por qué dices que los mataste tú?
—¿Lo sabes?
No quiero que me pregunte cómo lo he averiguado. No tiene importancia. Ante un por qué, tienen que apartarse todos los cómo. Tampoco me interesa de qué modo se enteró ella.
—¿Qué paso, Eli?
—Se lo dije a papá —su voz parece salir a través de un papel esmerilado.
—¿A papá? ¿Por qué lo hiciste?
—Porque mamá nos iba a dejar, se iba a marchar con el otro y pensé que, si papá lo sabía, porque no tenía ni idea, el pobre, podría hacer algo. Ha sido todo culpa mía. Lo siento, lo siento tanto.
Se echa a llorar a cara descubierta. Me gustaría abrazarla, consolarla, pero me quedo clavada.
Me rompe su llanto, su desconsuelo; solo tendría que acercarme, pasarle un brazo por los hombros para confortarla, acariciarle el pelo...
Sin embargo, falta algo, falta la última pieza.
Tengo que esperar, tengo que aguantar, aunque se me esté contagiando su llanto.
Hasta que Elisa suelta, por fin:
—Fue mi culpa. No me podía imaginar que haría eso.
Eso.
No tenemos ni queremos otra palabra.
Eso. Lo que hizo papá.
Palabras baúl para que las llenemos nosotras. Yo, con mis sospechas confirmadas; ella, con su culpa.
Eso. Es la última palabra del capítulo. Eso.