Todos duermen 61
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Subo al desván para trocar el cuadro flamenco del recibidor por un dibujo veneciano, tinta y papel azul.

Me asomo a una de las ventanas. El mar ha desaparecido; se ha fundido con el horizonte.

Estamos bajo el agua, estamos dentro del mar, por fin nos ha dado alcance.

Tendremos que aprender a movernos más despacio, a quitarnos aristas para no oponer tanta resistencia al agua.

Todo será lento, pero podremos dar volteretas y hacer tirabuzones como cuando íbamos a la piscina.

Una sombra cruza rauda por delante de la ventana del desván. De derecha a izquierda. Después de izquierda a derecha con un chillido. La tercera vez que pasa distingo que es una golondrina. Entiendo también que es todo una ilusión, que el mar solo está en mi cabeza.

No encuentro calma en ninguna actividad.

Me siento en un sofá, abro un libro, intento avanzar unas páginas, pero las palabras y las frases se me resisten, se han vuelto correosas, los ojos no se deslizan por ellas.

Pongo la tele. Zapeo de manera compulsiva, sin placer y apenas interés, como una jubilada ludópata ante la tragaperras del bar.

No queda nada por limpiar, nada por recoger, ninguna planta por regar.

No tengo correos por responder. No puedo trabajar.

Me levanto. Camino de habitación en habitación, de ventana en ventana.

Recuerdo esta sensación, ya la tuve hace años, poco después de lo que me pasó. Eran los medicamentos. ¿Por qué ha vuelto? ¿Por qué me están dando otra vez esas pastillas?

Cuando Elisa sube al mediodía, se da cuenta de mi intranquilidad. La afirma, como es su costumbre.

—Estás nerviosa.

¡Menuda novedad! Casi se me escapa. Pero no debo ser despectiva, desagradable, desagradecida.

—Te prepararé una infusión.

—No quiero ninguna de tus dichosas infusiones —me sale en un tono respondón, el mismo con que los niños rechazan enrabietados que les compren un helado, aunque lo estén deseando.

Pero mi hermana no capta el tono de pataleta.

—¿Por qué no quieres mis infusiones?

No es el malentendido, es el espanto que este le ha causado lo que despierta mi suspicacia. He disparado un dardo sin querer y he dado en una diana.

Tengo los sentidos agudizados por el nerviosismo. Puedo oler su miedo, el sudor inmediato tras el susto. Así deben de oler los ladrones cazados en pleno robo; así deben de oler los infieles confrontados a las fotos del detective; así huelen los mentirosos. Repito:

—No quiero ninguna de tus dichosas infusiones.

Lo primero que ella quiera negar será la verdad.

—¿Qué crees que...?

Frena a tiempo, casi a tiempo. La frase no es difícil de completar.

Preferiría no hacerlo. Preferiría no añadir el final que ya tengo en la cabeza.

Si lo digo, quedará para siempre. Si lo digo, lo negará, y sabrá que no la creo.

No. Todavía no. No estoy preparada. Mejor callar.

¿Se habrá dado cuenta de que he entendido lo que casi se le escapa?

¿Se habrá dado cuenta de que estoy pensando que me intoxica con sus infusiones? Mejor callar.

Mejor que se vaya.

—¿No tienes nada que hacer? —digo con aspereza.

Con el brazo rígido de un robot, deja la taza sobre la encimera; está luchando por no hacerme nada, por no gritarme, por no insultarme, quizás por no golpearme. Cualquiera de estas cosas sería un gran fracaso de su misión como mi cuidadora, aunque en este momento me odia.

Vete, vete, vete, le suplicó mentalmente. Vete antes de que sea aún peor.

Pero no se mueve. Se empeña en quedarse para reparar lo que se ha quebrado, sin darse cuenta de que su presencia no hace más que ensanchar la brecha.

De pronto tengo miedo de que, si se va, cierre la puerta de mi piso con llave porque ya no confíe en el poder de retención de esta jaula con barrotes de miedos, cuidados, pastillas, infusiones...

—¿Lo sabe la doctora Molina? —pregunto.

—¿Qué?

—Lo de las infusiones.

—Claro.

—Me gustaría hablar con ella.

—¿Por qué?

—Porque es mi terapeuta.

Veo pánico en los ojos de mi hermana.

—¿No? —insisto.

Ella baja la mirada.

—¿Eli?

Hace un movimiento brusco con la mano y golpea el frutero.

Cazo una manzana que estaba a punto de caer de la mesa.

Una pera se queda dando vueltas como una peonza barrigona.

Elisa se empeña en devolver las piezas a su posición original, como si fuera algo más que importante, trascendental.

Su obstinación casi me conmueve; no debo dejar, sin embargo, que me desvíe de lo que quiero saber.

—Eli, ¿qué pasa?

—Nada. Es que estás muy rara —coloca la última pieza.

—¿Por qué no quieres que hable con la doctora?

Ha terminado de poner la fruta, no le queda más remedio que encararme. Nos miramos. Es ella y no lo es. Es Elisa, mi hermana escudo, mi hermana paraguas, mi hermana dique, mi hermana barrera. ¿Mi hermana carcelera?

—¿Qué pasa con la doctora Molina?

—Nada —más que voz, ha sido un golpe de aire.

Lanzo otro dardo a ciegas, temiendo la respuesta:

—¿Cuánto hace que la doctora Molina no sabe nada de mí?

Se muerde los labios.

—¿Cuánto, Eli? Habla, por favor.

—Desde que la despedí ese día que te maltrataba.

—¿Y quién me prescribe todos los medicamentos?

—Un amigo médico.

—No es posible.

—Cree que me trata a mí. Le cuento los síntomas y...

No visita a la abuela, no habla con la psiquiatra. Todo son mentiras.

—¿Das clases en una escuela de música?

—Sí. Eso sí.

La única verdad le da la fuerza para salir huyendo de mi piso. No cierra con llave porque olvida por completo cerrar la puerta.