Todos duermen 60
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«¿Por qué haces estas cosas? ¿Quieres irte? ¿De verdad? ¿De verdad quieres dejarme? Sal, ya verás lo que te espera afuera. Serás una masa viscosa despanzurrada sobre una acera.»

No sé quién me habla, pero me despierto.

Me molesta mi olor. Hiedo. Apesto a miedo.

—¿Cómo estás, Anita? —Mi hermana se encuentra al pie de la cama.

Han pasado cuatro días, pero no olvido.

No olvido lo que vi.

No olvido que de pronto se encendieron las luces de la planta baja y Elisa corrió escaleras arriba, me levantó y me metió en el recibidor.

No olvido, porque, aunque el terror me eclipsaba la mente, no me cegó lo suficiente como para no entender que todo ese tiempo había estado escondida abajo. Sin moverse, sin encender una sola luz, acechando, esperando un momento, justo ese momento, en el que me quebraría.

No olvido que lo hizo para castigarme.

—¿Por qué llamaste a la abuela? Me avisaron de la residencia. Dicen que la llamaste tú, que habló contigo, que quedó muy alterada, que tuvieron que sedarla. ¿Qué le dijiste?

—Nada. Solo le pregunté cómo estaba.

—No vuelvas a hacerlo.

—¿Por qué?

—No vuelvas a hacerlo.

—Vale. No lo haré más.

—Así me gusta, mi niña. No me des estos sobresaltos.

Me quiere otra vez. ¿Cómo era eso que rezaba la abuela? ¿De cuántas maneras se puede ofender a los dioses? De pensamiento, palabra, obra u omisión. Los dioses no dejan huecos.

—No lo haré más.

Me despierto en la oscuridad. Busco el piloto rojo.

No estoy sola.

—Vete, mamá.

Oigo un respingo.

Es mi hermana.

Siempre es mi hermana.

«Hasta tu hermana lo sabía.»

Ella lo sabía todo.

¿Cómo?

Mamá no se lo contaría.

Lo descubrió.

Lo descubrió como también lo he hecho yo.

—¿Qué haces aquí?

—Velarte, peque.

Mi hermana me pone muchos nombres. Tantos que a veces me parece que se le ha olvidado cómo me llamo. Mi nombre propio. Da igual, ninguno me lo he puesto yo misma. Ella tiene muchos nombres para mí. ¿O son tal vez adjetivos con los que me está determinando?

Tengo hambre y sueño. Ella me da de comer y me acuesta. Soy la niña, soy la peque. Solo tengo que comer y descansar.

Se sienta a mi lado en la cama y me agarra la mano derecha.

—No quiero que siempre tengas que andar cargando conmigo —le digo.

—No me molesta.

—Quizás podríamos contratar a alguien...

Mi hermana cierra los ojos como si acabara de encajar un duro golpe. Cuando vuelve a abrirlos, la voz le tiembla:

—¿Y qué haría yo entonces?

Es eso.