59
Ya pasó la hora de su visita matinal, pero Elisa no ha subido.
Ha sucedido alguna vez, se retrasa porque está enfadada conmigo. ¿Qué habré hecho en esta ocasión?
Abro la puerta de la escalera. No se oye nada abajo. Tal vez haya salido a hacer alguna compra. O ha ido a un museo, al cine. Pero en estos casos, siempre me avisa. Igual no me ha dicho nada porque está enfadada. Eso es.
Me acerco a la puerta.
—¿Eli?
Sé cosas y no puedo «desaberlas». El conocimiento no se borra a voluntad. Los objetos de la casa me lo recuerdan, la foto de bodas, la pluma de papá, el cedé partido en dos.
Me siento en mi despacho y pongo música en el móvil. Michael Frenzel. Esa es la voz de la que se enamoró mamá. En un pasaje donde hace una pausa y solo suena el piano, me entran las dudas. Tal vez lo he interpretado mal.
Me acerco otra vez a la escalera.
—¿Eli?
Espío a Michael Frenzel en internet, en su página web, en las redes.
¿Te acuerdas de ella, Michael Frenzel? ¿Por qué estás tan sonriente?
¿Con quién apareces en esta foto, Michael Frenzel?
Le escribo mentalmente mensajes pidiéndole explicaciones, que, por supuesto, no voy a enviar. ¿Y si solo me lo estaba imaginando?
Leo y releo la dedicatoria en el cedé: «Die einsamen schlaflosen Nächte werden bald vorbei sein. Dein Michael», «Las noches solitarias de insomnio pronto pasarán. Tu Michael». Sus palabras en el libro de condolencias: «Es konnte nicht sein», «No pudo ser».
Con cada lectura encuentro nuevas interpretaciones.
Maldigo el lenguaje natural con sus ambigüedades.
Nada es unívoco, todo es interpretable, no nos podemos fiar de nada: la mirada, los recuerdos, los relatos, las palabras se convierten en arenas movedizas.
No es posible detenerlos, fijarlos, congelarlos.
Vértigo.
¿Por qué no vuelve Elisa?
No me acerco a la puerta. Eli, Eli, Eli. ¿Dónde estás?
Los objetos me curan el vértigo. Ellos son inmutables. Tienen su lugar propio. Siempre son los mismos. Por eso no dejo que entren objetos nuevos en la casa. Nada. Nada cambia. Son sólidos, estables, fiables.
Son siempre los mismos.
Siempre, siempre, siempre.
Fijos, muertos, fosilizados.
Estoy harta de ellos. Estoy harta de que nada cambie. Estoy harta de que no suceda nada.
¿Dónde está Elisa?
Paso otra hora mirando por la ventana del salón, esperando que aparezca ante la cancela del jardín, pero no lo hace. ¿Significa que no ha salido o que no ha vuelto? No me atrevo a apartarme del puesto de observación por si justo me pierdo su llegada.
Pego la frente al cristal para que el frío me tranquilice.
Cuento hasta diez con los ojos cerrados. Cuando los abra, aparecerá.
Cuento hasta cien con los ojos cerrados. Cuando los abra, aparecerá.
No voy a contar hasta mil, pero tampoco aparece.
Voy a la puerta.
—¡Eli! ¿Estás en casa?
¿Le habrá pasado algo? ¿Y si no vuelve?
Cojo un libro y me siento al lado de la puerta abierta de la escalera.
Desde mi posición oiré el chirrido de la cancela cuando regrese.
Intento leer, pero no consigo concentrarme.
Aguzo el oído. Nada. Abajo, el aire está inmóvil.
Sin que me haya dado cuenta, he empezado a emitir un gemido quedo, de cachorrito abandonado. Me obligo a callar.
Me levanto porque he cogido frío y me duele la espalda.
—Eli —digo muy bajito, como hacía de pequeña para que me dejase estar en su habitación mientras estudiaba.
Me siento en el sofá y pongo la tele, pero me molestan y aturden las voces.
Todo me da vueltas. Abro la ventana. El aire entra con el canto de los pájaros.
Poco después, los devora el chirrido de una sierra radial.
Pasan dos mujeres riendo y un chico mirando un móvil.
No es verdad que nada cambie. Fuera todo cambia, se mueve, se transforma, pero no por mí o lo que haya podido pasarme. El mundo se mueve conmigo o sin mí.
En algún momento se me agotará el desván.
La sierra se calla y reaparecen los pájaros. Virginia Woolf decía que escuchaba a los pájaros hablar en griego. ¡Menuda imbecilidad! Lo que yo entiendo cuando oigo a uno cantando sobre la rama de un árbol es: «Como te acerques a mi territorio, te reviento».
Yo no quiero salir para escuchar a los pájaros, quiero ver qué pasa en la esquina de donde proviene el sonido de la sierra radial, quiero tocar los cartelitos de colores de la frutería, quiero sentarme en un banco, uno de esos bancos absurdos encarados al tráfico, y ver pasar los autobuses.
Mi primer día de calle será un paseo de jubilado, no el paseo de una privilegiada dama inglesa diciendo gilipolleces sobre pájaros.
Pero no saldré nunca y el próximo invierno estrenaré los calcetines que me ha tejido mi hermana. ¿Dónde está?
Eli, ven, ayúdame.
Se han encendido las farolas de la calle. Quedan pocos transeúntes. Me arranco del puesto de observación para ir a la puerta de la escalera. Me asomo. La planta baja está a oscuras. Asomo la cabeza y la llamo. No hay respuesta. No hay sonido alguno. No está.
—¡Eli! —grito.
De pronto, la casa se inunda de olor a mar estanco.
El olor proviene del despacho, del estudio.
¿He cerrado las puertas? Da lo mismo. Están fuera.
Están ahí, en medio del pasillo oscuro. Cogidos de la mano.
Papá en el lado del conductor. Mamá a su derecha, porque tiene que ser mamá, aunque no le veo la cara.
La melena se la cubre, pero cuando da un paso hacia donde me encuentro, la cabeza se balancea, cuelga sin sostén del cuello roto.
Se la levanta con la mano libre para poder mirarme.
Me sonríe y, al entreabrir los labios, se le escapa un hilito de sangre.
Se acercan. Están empapados. Papá me mira con los ojos turbios.
Inspira y espira con un gorgoteo de pulmones anegados.
Retrocedo hasta el recibidor, retrocedo hasta la puerta, cruzo la línea de seguridad y el océano me cae encima, soy una anguila aplastada. El aire de los pulmones solo me permite gritar una vez.