Todos duermen 58
92%

58

Papá bailando. Papá esperándola. Valseando por las habitaciones cuando mamá volvía. Bailando feliz porque ella estaría otra vez en casa.

Un, dos, tres.

Pasillo arriba, pasillo abajo.

Papá canturreando. Na, na, naná.

Mamá mintiendo.

«Estás loquito por esa mujer.»

La voz de la abuela, burlona y resentida. ¿Lo sabía? ¿Sabía lo del otro? ¿Cómo?

La idea me sobreviene como un calambre. Podría llamarla.

Por precaución, me acerco a la puerta de la escalera y escucho. Elisa ya ha salido a dar clase.

No me permito dudar. Busco el número de la residencia. Llamo y pregunto por ella, la voz de mujer al otro lado de la línea quiere saber quién soy.

—Su nieta. Su otra nieta —añado, porque me parece que duda.

—Su otra nieta. Vale.

Hay algo parecido a un encogimiento de hombros en su voz. Después me pide que vuelva a llamar en unos diez minutos porque está en una sala de actividades y la tienen que ir a buscar. Me pasa otro número de teléfono, de un fijo.

—Es el de su habitación.

Me desagrada el tono en que me habla. Lo entiendo como un reproche porque no he ido a visitar a la abuela. La ignoro; no le voy a explicar cuáles son mis circunstancias.

—Llamo entonces en diez minutos.

Me quedo delante de la ventana que da a la cancela y vigilo la calle. ¿Y si Elisa percibe lo que estoy haciendo? ¿Y si ese instinto que la alerta cuando algo me sucede la hace regresar antes de hora?

Espero once minutos antes de volver a llamar. Otra persona, una cuidadora, me pone al teléfono con la abuela, que pasa de la hostilidad al ansia en dos preguntas:

—¿Qué quieres después de tanto tiempo? ¿Vas a venir a verme?

—Quería hablar contigo y vendré a verte en cuanto consiga salir.

—¿Aún sigues así?

El impulso de cortar la conversación es muy fuerte, pero mi necesidad de saber es más poderosa.

—Veo que tú tampoco has cambiado.

Entonces, súbitamente, se produce el milagro:

—Perdona, nena.

Nena. Con esta palabra vuelve a mí una que ya había olvidado:

—No pasa nada, abu...

Así la llamaba yo cuando era pequeña y aún le gustaba.

—Es que estoy muy sola aquí...

Un sollozo.

Ha apartado el teléfono. Me llegan sonidos que no logró identificar.

Espero, temiendo que la cuidadora ande cerca y le quite el aparato al verla alterada.

No digo nada, no quiero apremiarla, ser una voz de insecto saliendo del aparato.

Espero con el teléfono apretado contra el oído y la mirada fija en la calle.

Implorando en silencio a la abuela que regrese y a mi hermana que se demore.

Una respiración al otro lado de la línea. Está de nuevo conmigo.

—Muy sola, muy sola. Y mi nena no puede venir a verme.

—Pero iré —le digo, y en ese momento lo creo—. Y mientras tanto va Elisa...

—Ella no viene. Nunca ha venido.

—No digas eso, abuela. Va cada semana.

Elisa ya me advirtió de que a la abuela le fallaba la memoria y no la reconocía. ¿Cómo preguntarle, en su estado, si sabía que nuestra madre tenía un amante en Alemania? La llamada deviene cada vez más absurda.

—No viene. No viene. Me encerró aquí porque yo quería sacarte, porque quiero que seas libre. Y nunca más ha venido... Pero a mí nadie me hace caso. Soy una vieja a la que nadie hace caso.

—¿Qué dices, abu?

—Tampoco tu padre. Pobrecito, hijo mío.

Me gustaría cortar la llamada, pero no quiero ser tan cruel.

—No hables así de él, abu.

—Pobrecito, hijo mío —la voz le ha cambiado—.

No debí burlarme, hijo. Las madres nunca deberíamos burlarnos de los hijos.

Las madres debemos consolaros, aunque sepamos que os equivocáis.

¡Te lo dije tantas veces! Esa mujer no era para ti.

Y ¿ves? Te engañó. Te lo dije. Te lo dije.

Te lo dije. Esa mujer no es para ti. Pero tú estabas loquito por ella.

Y ese día, cuando viniste a buscar consuelo, no debería habértelo dicho.

No debería haberme burlado de ti. Pero es que te lo dije.

Una y otra vez. Nunca me hacías caso. Tan enamorado.

Siempre tan enamorado. No te dabas ni cuenta y hasta tu hija lo sabía.

La grande. La nena no, pobrecita. Y a saber si esa era la primera vez.

A saber, cuántos hubo antes. ¿Por qué no me hiciste caso? Te lo dije. Te lo dije. Te lo dije.

La abuela empieza a gritar, a gritarle a papá. Hasta que, por lo visto, alguien de la residencia, alarmado por sus alaridos, le quita el teléfono de las manos. Ruidos confusos, voces y, finalmente, una cuidadora, la misma que me ha atendido, se pone al aparato.

—Lo siento. Parecía que estaba bien, de lo contrario, no se la habría puesto al teléfono.

—No pasa nada —dije, aunque acababa de pasar todo.

—Últimamente entra a menudo en bucle con lo de su hijo. Y pensé que hablar por fin con alguien de la familia la centraría. Es que se siente muy sola. Nadie ha venido nunca a visitarla y...

Apenas escucho lo que me dice a continuación, solo deseo que esta llamada acabe antes de que regrese mi hermana. Mi hermana que me ha mentido.

Cuando por fin puedo colgar, el estupor ha dejado paso a la rabia, a una furia encendida.

Tengo que tranquilizarme antes de que vuelva Elisa y me lo note.

Corro al diccionario, en busca de consuelo en la fría objetividad de las definiciones.

Se me van las manos a la palabra «accidente».

1) m. Suceso eventual que altera el orden regular de las cosas.

2) m. Suceso eventual o acción de que resulta daño involuntario para las personas o las cosas.

La segunda acepción contiene una palabra que hasta ahora no me había llamado la atención, pero que me perturba: «involuntario».

Mientras la miro con fijeza, las letras se agitan, se abomban.

Las sílabas se separan, les salen seis patas, antenas, y empiezan a correr, haciendo eses por el texto; levantan y arrastran otras palabras, como cuando llevan gusanos muertos al hormiguero.

Las aplasto con el dedo. La palabra muerta queda inmóvil sobre el papel, que huele a ácido fórmico, acre y penetrante. La punta del dedo me arde ligeramente.