57
—Eli.
—Dime.
—¿Estoy despierta?
Mi hermana se vuelve hacia mí sin bajar el libro que está leyendo. Yo hace rato que no paso una página.
—¿Qué tienes?
—Pensaba que me había dormido.
—Se te habría caído el libro de las manos —responde. Deja su libro sobre el brazo del sofá y me toca la frente.
—No pareces tener fiebre. ¿Qué te pasa?
—Es que me siento extraña, como si no acabara de despertarme.
—Tal vez algún medicamento tiene efectos secundarios.
—¿Estoy tomando algo nuevo?
—No.
—Entonces no puede ser.
«Igual es alguna de las infusiones», pienso, pero, ante su cara de preocupación, prefiero no decirlo. Tampoco le he contado lo que descubrí ayer, el mal día, aunque, quién sabe, tal vez sea eso lo que me está haciendo daño. No se lo voy a contagiar a ella, entonces.
Me recuesto en el sofá y pongo las piernas sobre sus muslos. Ella sigue leyendo mientras me frota los tobillos. Me adormezco. Al cabo de un rato, cuando se quiere levantar, me dice:
—¿Ves? Esta vez sí que estabas dormida.
—Y ahora estoy despierta.
—Exacto. Tengo que irme. Tengo clase.
Le digo que estaré bien, que solo estoy un poco densa.
—Vas algo atrasada con la nueva traducción.
—Solo un poco.
No hablamos de las galeradas del relato del peregrino alemán, que ella ya devolvió a la editorial con mis correcciones, y menos aún voy a revelarle el mensaje secreto que descubrí. Cada vez le oculto más cosas.
—Mañana iré a ver a la abuela.
Elisa es demasiado cumplidora; demasiado considerada con una mujer que no merece tanta atención, alguien que últimamente solo me vuelve a la cabeza relacionada con malos recuerdos.
«Estás loquito por esa mujer.»
«Cállate, abuela.»
Elisa cierra el libro y lo deja en la mesita baja para seguir cuando vuelva.
«Estás loquito por esa mujer.»
«Para, abuela.»
«Loquito, loquito.»
«Que te calles, abuela, o le diré a Eli que no vaya a verte.»
«Loquito.»
«Tú te lo has buscado.»
Aunque todavía me escuece la reacción tan extraña que tuvo la última vez, cuando está a punto de abandonar el salón, le pregunto:
—¿Cómo está la abuela?
Da un respingo, como si el pomo de la puerta le hubiera mordido.
—¿Por qué preguntas?
—Por saber —aparento no haber notado su sobresalto. Será mejor que no cumpla mi amenaza.
—Pues sigue igual. Ha perdido mucho. Hay días en los que no se entera de nada y tengo que explicarle quién soy. También se le olvida dónde está, o no reconoce a los cuidadores y a sus compañeros en la residencia, aunque se han hecho muy amigos...
Me explica qué come, qué actividades hace, cómo es su habitación. Nunca me había contado tanto. Tal vez quiera compensar su desabrida reacción en la ocasión anterior.
Vamos a la cocina.
—¿Te falta algo? —suena incómoda.
Reviso una de las alacenas y digo:
—Se me está acabando la pasta de sopa.
—Mañana te traigo.
Siento su alivio por el cambio de tema.
—No hay prisa. Me queda para una vez.
—Según el plan de comidas, después no toca hasta el jueves de la semana que viene.
—¿Te pregunta por mí?
—¿Quién? ¿La abuela? A veces..., a veces dice tu nombre. Ya te he contado que va a peor, que a veces no me reconoce ni a mí, y eso que me ve con cierta regularidad. ¿A qué viene este interés?
Me encojo de hombros. Entonces ella me cuenta que, hace unos días, uno de los residentes se cayó por el hueco de la escalera.
Ahora, por su culpa, tendrán que poner redes entre los pisos, como en el hospital de Bellvitge, donde dicen que los pacientes terminales podían echar a volar en cualquier momento. Y sigue hablando y hablando...
Hasta que tiene que irse a dar clase.