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Como sabe que me gustan las películas antiguas, Elisa elige por la noche una en blanco y negro. Espero que los actores no vengan a visitarme en sueños, aunque, como ella me da algo fuerte para dormir, dudo que sueñe nada. Me acompaña hasta el dormitorio.
—Me quedo aquí hasta que te duermas.
Insisto en que no es necesario, pero se acomoda en el silloncito al lado de mi cama. Apaga la luz. Veo su cara pálida a la luz del libro electrónico que está leyendo, cierro los ojos y me duermo con el crujido del botón con que pasa las páginas.
Me despierto de madrugada en completa oscuridad. Oigo un rumor a mi derecha.
—¿Eli?
Se habrá quedado dormida.
—¿Eli?
—Anita —dice un gorgoteo.
El aire se humedece, me caen gotas saladas sobre la cara, me escuecen los ojos.
—¿Papá? ¿Qué hiciste?
—Anita.
Crac.
Vuelvo a despertarme.