Todos duermen 55
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—¿No has hecho limpieza esta mañana? —me pregunta Elisa al entrar en mi despacho.

—Prefería trabajar un poco.

Me mira con escepticismo.

—Ya lo haré esta tarde.

—Te noto rara. ¿Qué te pasa?

—Nada.

—No es verdad. Estás extraña.

Mi hermana nunca me pregunta por mi estado, lo afirma.

—Estás cansada.

—Estás algo alterada.

—Tienes hambre.

—Has dormido poco.

—Se te ven los ojos enrojecidos.

Y me dice lo que tengo que.

—Tienes que comer.

—Tienes que acostarte antes.

—Tienes que hacer más pausas cuando trabajas.

—Tienes que tomarte una infusión.

No me deja en paz hasta que hago o prometo hacer lo que «tengo que».

Hoy tengo que tomarme una infusión.

—Se te ve algo fatigada.

Otra afirmación. No quiero que siga diciéndome cómo estoy o cómo tengo que estar. Me lo callo, no quiero ser ni parecer una desagradecida, no lo soy.

Sin embargo, me molesta que recorra las habitaciones como una gobernanta. ¿A qué se debe la inspección si ya le he dicho que no he limpiado?

—¿Por qué has cerrado el estudio de mamá con llave?

No espera respuesta, abre y entra. Yo me quedo en la puerta.

—Huele a cerrado. Hay que ventilar.

¿Qué dice? No huele a cerrado, huele a mar, a un mar estancado, a algas podridas y costras de sal. Están ahí escondidos. Ahora se escaparán y se meterán en otra habitación.

—Y hay que echar un poco de agua a estas pobres plantas.

Sale decidida y vuelve con la regadera metálica. Si se ha dado cuenta de que no me he movido del lugar, no lo comenta.

—Ven. Cortaremos algunas hojas secas.

Me enseña unas tijeras. Un recuerdo me hace doblar las manos como garras y rugir suave. Elisa lo oye y me sonríe.

—¿Te acuerdas? Diente de león.

Asiento. Mi cabeza pelona, la regañina, mis zarpas y el esfuerzo de mis padres por contener la risa.

—Pues, venga, diente de león, no te quedes ahí pasmada.

Tira de mí con sus palabras. Con ella aquí no me va a pasar nada, no me pueden hacer nada, aunque noto que están cerca. Tal vez tras las cortinas que ella ha echado a un lado; tal vez detrás de la puerta. O quizás ya están en el pasillo.

—Chica, no pongas esa cara.

Corta una larga hoja seca del helecho y se la pone en el pelo, como si fuera una pluma.

—¿Eres una india?

—No, mujer, una flapper .

Empieza a canturrear el vals de la suite de Shostakóvich. El vals de nuestro padre feliz porque mamá regresaba a casa. En la pared, nosotros cuatro, mis monigotes infantiles rodeados de un ostentoso marco rococó, sonreímos tomados de la mano.

Sin dejar de tatarear, Elisa ha ido a los cajones de los cedés y ha puesto el vals.

Vuelve hacia mí, me coge de la mano y de la cintura, y empezamos a bailar.

Un, dos, tres. Un, dos, tres. Giramos por la habitación.

Ella sonríe con los ojos enrojecidos porque es el mal día y ha llorado en el cementerio, pero ahora me guía en el vals.

Un, dos, tres. Un, dos, tres. En las vueltas distingo sus siluetas al lado de la puerta.

—Les he llevado rosas blancas —dice Elisa, mientras me levanta la mano para hacerme girar sobre mí misma.

—Quedarán muy elegantes con el vestido.

—¿Verdad que sí?

Acaba la música. Elisa aplaude a la orquesta. Yo los busco con la mirada, pero ya no están.

—Traigo más agua —dice ella, y sale con la pluma torcida balanceándosele en el pelo.

Me deja sola. Sigue sonando Shostakóvich, pero otra melodía empieza a superponerse.

Una voz de hombre. Un, dos, tres. «Alle gingen .

» Un, dos, tres. «Herz, zur Ruh . » Un, dos, tres.

«Alle schlafen . » Un, dos, tres. La cacofonía de ambas músicas me eriza el vello. Apago el cedé y ambos sonidos cesan.

El cajón del que Elisa ha sacado el cedé sigue abierto. Distingo el lomo del cedé de lieder de Schumann que tanto me gustaba. En mi cabeza suenan las voces del dueto de Julia Várady y Dieter Fischer-Dieskau. Pero me voy de inmediato a la W.

Wolf.

Hugo Wolf me devuelve al último domingo, al álbum de fotos, al sobresalto de mamá cuando papá apareció súbitamente en el salón, a la expresión de rabia y desconsuelo de papá empujado por la voz que sonaba tras él.

Un barítono cantaba el lied de Hugo Wolf.

Alle gingen, Herz, zur Ruh. Encuentro el cedé.

Los pasos de Elisa se acercan. Cojo el cedé, me lo meto en la cinturilla de los pantalones y lo cubro con la chaqueta.

—¿Quieres más música? —me pregunta al ver el otro cajón abierto.

—Podríamos ponerles a las plantas el lied de Wagner del invernadero.

—¡Qué depresión! Pobres.

Lo saco y elijo la tercera pieza.

Justo en el verso más patético y conmovedor: «Ob umstrahlt von Licht und Glanze, / Unsre Heimat ist nicht hier!

», «Aunque viviésemos entre una luz radiante, nuestro hogar no está aquí», terminamos de acicalar las plantas y regarlas.

Esperamos con respeto a que termine la pieza.

Después, me encargo yo de sacar el cedé, guardarlo y cerrar el cajón, donde ha quedado el hueco del que llevo escondido.

Elisa se marcha más tranquila. Volverá por la noche para saber qué tal he sobrellevado el día.

En cuanto me deja sola, cierro el estudio de mamá y el despacho de papá con llave. No saco el cedé hasta que estoy en mi cuarto.

Es una versión de 2019, interpretada por un barítono alemán, Michael Frenzel.

Al abrir la cajita, descubro que el cedé está partido por la mitad y el cuadernillo mal encajado, con torpeza o con rabia.

Lo saco y lo hojeo. Hay una dedicatoria escrita a pluma: «Die einsamen schlaflosen Nächte werden bald vorbei sein.

Dein Michael», «Las noches solitarias de insomnio pronto pasarán. Tu Michael».

Mi cuerpo también va a partirse en dos mitades por dos urgencias: la que pide correr al ordenador a buscar imágenes y la voz de Michael Frenzel y la que quiere abrir el libro de condolencias que guardo al lado de los álbumes de fotos en el salón. Allí he visto ese nombre.

Corro hacia allí y, con el libro de condolencias sobre las rodillas, busco la música de Frenzel en el móvil. Suenan todavía las primeras notas del piano cuando encuentro su letra y su firma en el libro: «Es konnte nicht sein», «No pudo ser».

Su voz emerge desde el móvil. Es la misma voz. La que provocó esa mirada de dolor en mi padre, la que asustó a mi madre, la que me dejó el dedo atrapado en el álbum de fotos.

«No pudo ser.»

¿Qué no pudo ser?

¿Tú qué crees?

Cojo el cedé roto. Veo una parte de mi cara reflejada en cada mitad.

Entiendo por qué mamá mintió en la postal.

¿Era suya, mamá, era de ese Michael Frenzel la pluma con que escribiste a tus hijas?

Lo entiendo todo, como hizo papá al poner el cedé, al descubrir la dedicatoria, al recordar cuántas veces escuchaba ella esa voz mientras estaba en casa.

Imagino el crac al partirlo en dos. Crac, como las vainas de la genista cuando acaba el verano.

Crac, como el cristal de la foto de bodas, cuando mamá, al salir corriendo del estudio donde se habían encerrado, la tiró al suelo en su huida precipitada escaleras abajo.

Crac, como crujió uno de los arcos de violín de mamá cuando papá lo quebró sobre su rodilla.

Crac, como el cuello de mamá al romperse.

Crac. Crac. Crac. Todo roto.

De fondo, la voz de la abuela cizañeando: «Estás loquito por esa mujer». ¿Lo sabía?

No me encuentro bien, me duele la cabeza, me duelen las manos. Necesito dormir.

Escondo el cedé antes de llamar a Elisa. Nota enseguida que me sucede algo.

—Creo que tienes fiebre. Ya me parecía a mí que estabas rara. Estarás incubando algún virus.

Me prepara algo caliente para beber y se queda a mi lado tejiendo mientras dormito en el sofá.

—¿Qué es?

—Te estoy haciendo unos calcetines de lana para el próximo invierno.

Cierro los ojos. No quiero estar aquí el próximo invierno.