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Con el regreso llega el castigo.
La casa me castiga.
Las paredes, súbitamente finas como el papel, dejan que me ataquen los ruidos de la calle, que me acorralen los ladridos de los perros, los gritos de la gente.
La lluvia tamborilea sobre los cristales con la insistencia taimada de los lobos de los cuentos.
Dejadme entrar, cabritillas. Cabritilla, aquí estoy, voy a entrar.
Me enterraría debajo del peso protector de la colcha, pero la aparto de mí de un manotazo.
Pies al suelo. Resbalo. Las flores y las hojas de la alfombra están podridas y viscosas, las baldosas se han descompuesto en barro.
Saltando sobre las puntas de los pies, llego a las ventanas.
Tengo que abrirlas para alcanzar las contraventanas.
El agua corre por la calzada, los coches salpican a los transeúntes.
Los muros de la casa de enfrente están oscurecidos.
Cierro las contraventanas, pero la madera amplia el ruido del repiqueteo. Cabritilla, aquí estoy, voy a entrar.
La cama será mi refugio, mi balsa de salvación, pero al volverme descubro que las sábanas están mojadas y frías. Si la casa no está dispuesta a protegerme, tengo que engañarla. Fingir, no mostrar miedo, como me enseñó Elisa. Comportarme como si hoy fuera un día normal.
Es que hoy es el mal día.
—Hoy es un mal día normal —la voz me sale pequeña, pero sale.
Muévete, me ordeno.
Aunque el suelo reblandecido se hunda a cada paso.
Muévete.
A pesar del sonido de olas rompiendo contra la puerta del despacho de papá.
Sigue, sigue. No hagas caso a las voces que cantan en el estudio de mamá; no hagas caso al movimiento de peces al otro lado de las ventanas del salón. Sigue, sigue.
Llego a la cocina. Apesta a pescado.
Ignóralo.
Finjo ser yo preparando un café. Finjo moler café como todos los días, sin percibir las sombras a mi espalda.
Soy una actriz que pone la cafetera sobre el fogón y contempla, porque es lo más importante del mundo, cómo sube el café lentamente.
Soy la actriz que no se va a girar para ver de dónde viene el borboteo tras ella que parece hacerle eco al de la cafetera, soy la actriz que llena la taza y decide que lo tomará sin leche por no ver qué se esconde en el interior palpitante de la nevera.
Muévete, le digo a la actriz.
Con la taza en la mano, como una ofrenda votiva a la normalidad, me dirijo a mi despacho. El pasillo está embarrado, cada paso es un esfuerzo por arrancar los pies, pero avanzo impasible, como si tampoco percibiera el sonido a mi espalda, una especie de masticación húmeda.
No, no me volveré.
La manija de la puerta de mi estudio está chorreando. Da igual, la agarro con fuerza.
¡Abre! Me ordeno.
Un olor intenso a sal y algas inunda el aire.
Entra.
La arena que cubre el suelo se apelmaza a cada paso.
Dejo la taza sobre la mesa. Me siento y, al ponerle la mano encima, el ratón, blando y viscoso como una holoturia, escupe sus tripas.
No dejo que la repugnancia me detenga, enciendo el ordenador.
En cuanto la pantalla se ilumina, el ratón recupera su dureza bajo mi mano.
La arena se escurre entre las junturas de las baldosas.
El repiqueteo contra los cristales es solo lluvia.
Pero me quedaré aquí hasta que mi hermana regrese del cementerio.