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Salto al agua desde una roca. En cuanto mi cuerpo se sumerge, veo caer a mi lado, como proyectiles, los cuerpos en blanco y negro de todos los actores muertos que aparecían en la película que he visto antes de acostarme, Bette Davis, Anne Baxter, George Sanders, Celeste Holm...
, nadan a mi lado escoltándome hacia dos puntos luminosos que son los faros del coche hundido.
Me acerco con movimientos vigorosos. Me impele la urgencia.
El agua podría borrarme las preguntas de la memoria.
Llego al coche. Las ventanillas están cerradas.
Doy unos golpecitos en la del conductor y mi padre la baja.
Como si el coche hubiera estado insonorizado, deja salir las voces de una soprano y un barítono.
Está sonando el lied de Schumann en la radio.
Alle gingen, Herz, zur Ruh . ¿Por qué precisamente este?
Querría saberlo, pero tengo que hacerle tres preguntas, tres preguntas, solo tres, como los deseos de los cuentos, es todo lo que hoy se me va a conceder.
No debo derrocharlas. Si consigo las respuestas, podré volver a la superficie. ¿Podré salir? ¿Podré salir de casa?
La cabeza de mamá se balancea al compás de la música, es un movimiento suave, pero el cuello se extiende en exceso. El pelo se mece en el agua, tiene un tono verdoso, me parece distinguir los ojos de algunos pececillos que se han hecho su casa allí.
Alguno de los actores muertos que me han acompañado hasta el coche empieza a tirarme de los pies con impaciencia.
Entiendo. Se nos acaba el oxígeno, el tiempo.
Me agarro al marco de la ventanilla para meter la cabeza en el interior del coche.
Tengo que hablar, aun a riesgo de gastar el poco aire que me queda.
Una pregunta, por lo menos una. Pero en cuanto abro la boca, papá se lleva un dedo a los labios y me indica que mamá está escuchando música.
—¡A mamá le gustaba más la versión de Hugo Wolf! —protesto.
—A mí no. Shhhhhh.
El agua se llena de burbujitas.
—¿Por qué esta canción? —insisto.
—¿Qué haces aquí, hija? —pregunta papá.
—Vengo a salvaros.
—No. No es eso. Piensa. ¿Qué quieres?
Los tirones en los pies son más insistentes. Estoy agotando el aire. Papá también. Me queda oxígeno para dos sílabas.
—Salir.
Se acaba la pieza, el cuello de ella se dobla como un tallo quebrado. Vuelvo la vista hacia papá y veo una última burbuja de aire escapando de su boca.
Pero no he hecho mis preguntas. ¡Estúpida!
Me despierto con un peso sobre el esternón.
Inhalo con fuerza, el aire entra muy despacio, casi líquido, me encharca los pulmones.
Doy manotazos en la cama, para impulsarme hacia la superficie.
A duras penas consigo tranquilizar mi cerebro para que no entre en pánico.
Despacio, luchando contra la resistencia líquida, llego a la superficie de la conciencia. Estoy de vuelta.