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Dejo pasar los días. Por primera vez espero la noche de la víspera con impaciencia.
Finjo normalidad; me he vuelto una experta fingidora, hasta tal punto que a veces incluso me engaño a mí misma y creo que mis días son como antes, una anómala monotonía, porque también lo extraño puede devenir rutinario, más aún cuando no es opción, sino necesidad.
Víspera, por fin.
Elisa entra con la compra. De la puerta pasamos a la cocina. Bolsa sobre la mesa: cera para los suelos, gamuzas, limpiacristales...
Llevamos a cabo el recorrido habitual por la casa.
Con ella al lado, abro la puerta del estudio de mamá y el despacho de papá.
No pasa nada extraño. Pero cuando pasamos de nuevo por el salón, los veo a los dos reflejados en el espejo.
Están sentados en el sofá ligeramente separados, como en un coche.
Papá, en el lado del conductor. La cabeza de mamá cuelga de una forma poco natural.
Por suerte, camino detrás de Elisa y ella no se ha percatado de mi sobresalto.
Se marcha, estoy convencida, sin haberme notado ningún rastro de inquietud.
Los padres que me visitan no vienen a protegerme, a cuidarme, sino a exigirme algo, aunque no entiendo qué. No se trata de la deuda eterna y difusa de los hijos hacia los padres.
Pero he tomado una decisión: hoy seré yo quien vaya a verlos para reclamar.
Por si me vigilan y tal vez adivinan mis intenciones, a lo largo del día sigo mis rutinas cotidianas estrictamente. Trabajo y después de cenar veo una película antigua, en blanco y negro. Después, ignoro las gamuzas, el limpiacristales, la cera para suelos, y me voy a dormir.
Mientras espero el sueño, recito como un mantra las preguntas que quiero hacerles. ¿Por qué ibais a Palamós? ¿Por qué conducías tú, papá? ¿De quién era la pluma estilográfica, mamá?
¿Por qué ibais a Palamós? ¿Por qué conducías tú, papá?
¿De quién era la pluma estilográfica, mamá?
¿Por qué conducías tú, papá?