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Postales diarias de todos sus viajes.
Voy a mi estudio y me siento en el suelo con el cajón sobre las piernas cruzadas.
Mientras paso las postales y los programas de sus conciertos, que tengo ordenados por fechas, reconstruyo sus viajes.
«Solo dos más y ya vuelvo a casa. Te he comprado una cosita en el mercado de Navidad. Creo que te va a gustar. Besos, mamá.»
Algo no encaja, no solo que la postal esté escrita con pluma.
Hay algo en ella que no existió, como la iglesia del peregrino.
Cojo el programa donde se anunciaba que mamá tocaría los conciertos para violín de Bach dentro de un ciclo de música barroca.
Busco las fechas. Sus conciertos eran el diecisiete y el dieciocho de diciembre, solo dos actuaciones, no tres como dice en la postal.
¿Un error? Sería una explicación posible, pero no me vale.
¿Cómo iba a equivocarse mamá en el número de actuaciones?
No, no era un error, mentía. ¿Por qué? ¿Para quedarse más tiempo en Frankfurt?
¿Por qué? Atropelladamente, como si le hubieran dado un empujón desde las bambalinas, entra en escena otra pregunta: ¿con quién?
¿Sería la persona que le prestó la pluma estilográfica?
Con una persona que tal vez encontró divertido ver a una zurda intentando escribir sin mancharse las manos con la tinta.
Al salir de mi despacho, piso un charco delante de la puerta.
Miro a mi alrededor. Al fondo del pasillo, al pie de la escalerilla que sube al desván distingo una silueta.
Es ella. Tiene la cabeza gacha, el pelo le cuelga sobre la cara.
Cierro los ojos y tanteo la pared buscando el interruptor.
Enciendo la luz, abro los ojos. Estoy sola. El suelo está seco.
Necesito tranquilizarme. Vuelvo a entrar y busco el diccionario.
Otra vez cierro los ojos, abro el diccionario al azar y pongo el dedo sobre la página abierta.
Miro. «Malaquita: Mineral de carbonato de cobre, de color verde, susceptible de pulimento, que suele emplearse para chapear objetos de ornamento.
» La palabra es hermosa, un mineral disfrazado de diminutivo.
La malaquita me baja el pulso, me tranquiliza el corazón. Corazón de malaquita. Estoy bien.
Pero por la noche, cuando estoy en la cama, oigo otra vez pasos.
No es Elisa, no puede ser ella. Pasos mojados que recorren el pasillo y a veces se detienen delante de la puerta.
Zapatos húmedos, como cuando una de esas lluvias furiosas que a veces caen sobre Barcelona me sorprendían en la calle y me empapaban el calzado.
Pies mojados que se mueven por la casa, de una habitación a otra. Pasos de alguien que busca algo.
De pronto, detienen sus movimientos erráticos ante mi puerta.
Después, un roce en la manija de la puerta.
La habitación se llena de un olor dulce y amarillo.
Genista. ¿Es papá? Papá adoraba las flores amariposadas de la genista.
Siempre que salíamos por la costa, volvíamos cargados de ramas para ponerlas en los jarrones.
¿Por qué no entra? Se habrá quedado ensimismado recordando tal vez una mata de genista al borde de la carretera.
¿Estaría festoneado de amarillo el acantilado por donde cayeron al agua?
¿Lo deslumbraron las flores? Entonces se oye un «crac», como cuando las vainas de la genista explotan para soltar las semillas, la señal de que se acabó el verano.
Crac. Crac. Crac.
Los pasos se alejan y no regresan más esta noche.
¿Qué quieren de mí?