Todos duermen 50
79%

50

Pongo fin a la matanza de ratas, vuelvo a tomarme las pastillas de la noche. No quiero más pasos ni olores imaginarios en el aire. Tampoco verlos. Duermo.

Por la mañana, Elisa sube con un sobre grande.

—Lo ha traído un mensajero.

Deja el sobre encima de la mesita baja del salón. Son las galeradas de la traducción del viaje del peregrino alemán a Tierra Santa para una última lectura. Me acongoja quedarme a solas con ellas.

—¿Te ha dicho algo?

—¿Quién?

—El mensajero.

—Me ha pedido el número del carné. ¿Qué más me puede decir? Venga, te dejo con tu trabajo. No quiero entretenerte.

¿Por qué no? Ven, vuelve, entretenme, cuéntame algo, cualquier cosa. La puerta de la escalera se cierra.

Voy al despacho de papá a buscar un abrecartas. Un abrecartas de verdad, heredado de su abuelo, no un cuchillo de cocina pluriempleado. Las diferencias de clase también se manifiestan en la cantidad de objetos con funciones nimias que se tiene al alcance.

El abrecartas está en su lugar, la pluma también, nada se ha movido y no se va a mover. Todo fue una alucinación. Sin embargo, me apresuro a abandonar la habitación con el abrecartas. Y cierro con llave.

Cojo el sobre y lo llevo a mi despacho.

Leer el nombre de Manel me devuelve un sabor agrio a la boca.

Al sacar las hojas, siento que el papel tiene un tacto ligeramente viscoso.

No hay sentimiento más pringoso que la vergüenza.

Me gustaría olvidarlo todo, borrarlo como se elimina una errata.

Pero no puedo. Cada pasaje que repaso viene acompañado de fragmentos de nuestras conversaciones.

Las palabras del peregrino alemán no refieren solo su viaje, muchas de ellas están teñidas por nuestras horas de trabajo en común, los comentarios, las risas y lo que pasó después.

Pero hay algo más. Algo que se superpone a los recuerdos, sean gratos o desagradables.

A medida que releo las páginas, se acentúa la impresión de que en ellas hay un mensaje oculto, un mensaje tan secreto que el autor lo dejó hace seiscientos años sin saberlo.

Y ese mensaje es para mí. Solo para mis ojos.

Nadie más que yo lo verá, nadie más que yo lo entenderá.

Llego al final sin descubrirlo. Me río de mí misma. ¿Otra vez con esas tonterías?

Me impongo una sesión de ejercicio físico para recuperar el contacto con la realidad. Solo he tomado dos veces las pastillas blancas y parece que necesitan más tiempo para hacer efecto.

Una lectura más a la caza de erratas y daré la revisión por concluida.

Acompaño al peregrino en su viaje, cruzo con él media Europa para tomar el barco, atravieso los desiertos de nuevo.

Aunque me he propuesto leer con objetividad, la sensación de que tengo que ver algo más se agudiza, pero lo que sea está tan bien escondido que no lo veo.

—No lo ves porque no está —me digo en voz alta.

No está, no hay nada, y lo que no está no se puede ver.

Con todo, la sensación persiste. De repente, una certeza. Lo que busco, aunque me diga que no estoy buscando nada, no se encuentra en el texto, sino que se esconde entre los recovecos de las conversaciones con Manel.

Ahora sí dejo que me acompañe su voz mientras emprendo el peregrinaje una vez más, la última, me prometo.

Me recreo en reliquias, paisajes, costumbres...

La voz de Manel me lee el texto y me habla de los desiertos, de los animales más o menos fantásticos, de las ciudades, de las iglesias...

Hasta que llegamos a la iglesia que el autor decía haber visitado a pesar de que había sido destruida años atrás.

De eso se trata. De lo que no está.

Una iglesia que no existía, descrita con detalle porque el peso de la autoridad y las expectativas de los lectores se impusieron sobre los ojos, sobre la certificación autóptica.

Aparto de mí el bochorno con que se ha teñido esta expresión.

No importa mi vergüenza, no se trata de eso.

Se trata de que el autor miente y cree estar haciendo lo correcto, por lo menos, lo que se espera de él.

¿No es así como viaja la mayoría de la gente?

Con una lista de las cosas que hay que ver; una lista de hitos, que, de no completarse, devalúa el viaje.

«Queridos amigos: París es una maravilla.

He subido a la Torre Eiffel, he visitado el Museo del Louvre, Notre-Dame, y he dado un paseo en barco por el Sena.

» «Hola. Los campos de tulipanes en Holanda son espectaculares.

Los molinos son preciosos. He comprado queso y mantequilla.

Besos.» «¡Qué pasada Las Vegas! Hemos perdido algunos cuartos en un casino, pero no os asustéis, ya lo teníamos calculado.

Por lo menos hemos visto cinco bodas en la capilla de Elvis.

» Pero la gente ya no manda postales como estas.

Mamá sí.