Todos duermen 49
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—Lo siento mucho, Anita.

Se ha presentado con un regalo, un cuaderno de papel japonés, y una bolsa de palmeritas.

—De las que a ti te gustan, con los bordes tostaditos.

Presentes y diminutivos de mala conciencia.

También lo hacía cuando yo era pequeña y me tomaba el pelo para dejar claro que ella era la mayor.

Ocho años es mucha diferencia. Ocho años nos incluían en categorías diferentes.

Conmigo siempre a la zaga. Ella era una niña; yo, un bebé.

Cuando yo era una niña, ella era adolescente.

Yo alcanzaba la adolescencia, ella era adulta.

Una persecución imposible, solo coincidimos dos años en la misma década.

—¡Ocho años! Tía, tú eres un accidente.

Si alguien lo dejaba caer en el colegio, yo fingía no entenderlo.

—Nunca muestres que algo te duele. Es la primera regla de supervivencia —me enseñó Elisa.

Pero acabé contándoselo un día. Esperaba que se encarase a la compañera de clase que lo había soltado, esperaba incluso que le pegara. No sería la primera vez. Mi hermana sabía hacer de hermano también. Pero en esa ocasión se encogió de hombros.

—¡Qué va a saber esa criatura! No eres un accidente. Te tuvieron para mí. Pero no se lo digas nunca, no lo entenderán.

Tampoco yo lo entendí muy bien, me quedé prendida de la palabra «criatura», que le puso tentáculos, ojos saltones y lengua de camaleón a aquella compañera. Y la advertencia de Elisa.

—Esto que te han dicho no se lo chives a mamá o a papá.

«Nunca muestres que algo te duele. Es la primera regla de supervivencia.»

Aplico la regla que ella misma me enseñó.

Después de rebuscar en la bolsa, me ofrece la palmera más tostada.

La tomo porque, mientras la mordisqueo, evito preguntarle qué hacía tantas noches rondando por mi piso.

Ya me sé la respuesta: velarte, para cuidarte, para protegerte.

Si le cuento que sus pasos sonaban mojados, que las visitas nocturnas dejaban el aire impregnado de olor a mar estancado, tendré que admitir que no me tomo las pastillas.

Se enfadará, porque su deber es cuidarme, velarme, protegerme, consultar con la doctora, darme pastillas e infusiones, llenarme de hormiguitas, cochinillas rosadas, escarabajos peloteros empujando bolas de miedo. No quiero oírlo.

—¿Quieres que te prepare un café o una infusión?

Le pido un café. Dice que lo hará descafeinado, que ya no son horas de cafeína. Sí, Elisa, lo que tú digas, Elisa.

Mientras está en la cocina, doy unos pasos por el salón. Entre las picaduras esparcidas por la superficie, veo mi imagen en el espejo de la cómoda. Los ojos de papá y mamá me siguen desde las fotos.

—No queríais decirme nada, ¿verdad? —les pregunto mientras me miran tomando café en la plaza Navona.

—¿Has dicho algo? —es la voz de Elisa desde la cocina.

—No. Era tos.

—A ver si te has resfriado. Después te tomaré la temperatura.

—No. Era tos sin más —procuro que no se me note la irritación.

Pone el molinillo de café en marcha.

Cojo la foto y la miro de cerca. ¡Qué felices se ven!

—Pero ¿por qué conducías tú, papá? —susurro antes de que se pare el molinillo y vuelva el silencio.

Fue él quien eligió las fotos que están repartidas por la habitación. Siempre sonrientes, cómplices. Los dos eran atractivos, pero estar juntos los hacía más bellos.

Los ojos se me van a la estantería en que guardo los álbumes de fotos y el libro de condolencias del entierro.

Me acuerdo, entonces, de la tarde de su último domingo.

El accidente fue el sábado siguiente. Mamá había regresado de una gira por Alemania y Austria hacía dos días.

Frankfurt había sido su última etapa. Mientras papá trabajaba en su despacho, mamá se había dejado caer en uno de los sofás del salón como si su cuerpo pesara más de lo habitual.

Fumaba con la cabeza sobre el reposabrazos y los ojos cerrados.

La mano iba del suelo, donde había puesto el cenicero, a la boca, y volvía al suelo; entonces soltaba el humo. Siempre igual, como una autómata.

Sentada en un sillón frente a ella, había dejado de pasar las hojas del libro que estaba leyendo, y seguía hipnotizada el movimiento rítmico.

Deseaba que ella abriera los ojos y regresara, pero a la vez tenía miedo de que me mirase, como si pudiera ser otra persona la que retornara del lugar en el que estaba en ese momento.

Me sobresalté cuando, tras apagar el cigarrillo, me dijo, señalando la estantería de los álbumes de fotos:

—¿Me lo acercas?

A ella le gustaba contarnos las fotos. Quiénes aparecían, cuándo se tomó, qué pasó antes y después. La imagen que mirábamos durante el relato se convertía en un fotograma detenido durante el pase de una película.

—El verde —precisó.

El verde.

Las fotos de mi infancia están recogidas en el álbum de color verde esmeralda, con unas letras doradas en las que se lee: ÁLBUM.

De pequeña ya me gustaban las letras en todas sus formas y me habría encantado que todos los objetos, como el álbum, llevaran su nombre escrito.

—El verde.

Mientras yo lo sacaba de la estantería, ella se incorporó para hacerme sitio a su lado. Puso el álbum sobre sus rodillas y pasó varias páginas hasta encontrar la foto que quería contarme ese día.

Había sido tomada en la clínica en la que nací. Aparecemos mi hermana y yo recién nacida. Ella tiene ocho años y me sostiene en brazos.

—¡Cómo os miráis!

No nos miramos. Es ella quien me mira a mí.

Mamá parecía ignorar que los bebés recién nacidos no miran, que apenas están acostumbrándose a la luz y aprendiendo a ver.

—Elisa vino con papá al hospital. Al verte dijo: «es mía», y te cogió así. Papá hizo la foto. Elisa se pasó mi embarazo diciéndome que quería una niña, que no quería un hermanito, que tenía que ser niña.

—¿Y si yo hubiera sido un niño?

—Te habría querido igual.

Papá apareció entonces en la puerta del salón.

Desde su despacho llegaba una voz de hombre cantando.

«Alle gingen, Herz, zur Ruh.» Hugo Wolf.

Mamá se sobresaltó y cerró el álbum de golpe, como si nos hubiera pillado haciendo algo malo, y me aplastó el dedo entre las páginas.

Papá la miraba de un modo extraño, como si estuviera a punto de echarse a llorar.

No hablaban ni se movían. Yo parecía no existir; tampoco mi dedo prisionero en el álbum que mi madre apretaba con fuerza hasta que papá le hizo un gesto con la barbilla.

Ella me puso el álbum sobre las rodillas y se levantó.

Yo no saqué el dedo mientras mamá lo seguía y se marchaban al despacho.

Odiaba cuando se hablaban con el pensamiento.

Abrí el álbum. El dedo señalaba mi cara en la foto.

«Es mía», decía la mirada de ocho años de mi hermana.

La misma que ahora me observa desde la puerta del salón.

Lleva una bandeja con dos tazas de café.

Me siento de nuevo frente a ella. Tomamos el café.

Ella me mira, quiere irse perdonada. Así se lo doy a entender sonriendo, aceptando sus disculpas, escuchando lo que me cuenta de sus alumnos.

Yo tengo la cabeza llena de música. «Todos duermen, coraçón. Todos duermen e vos non.»

Cuando Elisa se marcha, voy al estudio de mamá. Por primera vez en todos estos años me gustaría escuchar esta canción. ¿Qué versión? ¿La que me gustaba a mí, la de Schumann? ¿La que prefería mamá, la que sonaba ese día, la de Hugo Wolf? Las dos, quiero que me canten ambas versiones.

Abro la puerta unos centímetros y me detengo de golpe. Hay algo dentro, hay alguien dentro. No es Elisa, ella está abajo. Pero alguien se mueve dentro de la habitación, oigo sus pasos, pasos húmedos. No me atrevo a abrir más la puerta, no sé si quiero ver. Se acerca.

—¿Mamá?

Un golpe de aire frío sale de la habitación. Cierro de golpe. Cierro con llave.