Todos duermen 48
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Eso es precisamente lo que no hago. Llevo ya bastantes días sin tomarme las pastillas de la noche, ni el somnífero rosado ni lo que sea la cápsula blanca que la acompaña en el pastillero.

Ambas se van al desagüe. No sé qué les hará a las ratas la de color blanco, pero noche a noche añado cuentas en el rosario de Ofelias mientras reaprendo a dormir.

Todavía me cuesta. Conjugo verbos o cuento ratas flotantes invocando el adormecimiento. Con los brazos y las piernas algo separados del cuerpo floto como un chinche zapatero en la superficie del sueño. A veces me hundo; otras, solo me cubre una ligera capa de sopor.

Esta madrugada, mientras desciendo con lentitud, oigo pasos en la casa. Se acercan a mi puerta. Han vuelto.

Permanezco inmóvil, mientras algo roza la puerta, mientras baja la manija.

El silencio convierte el ligero chirrido metálico en un estruendo.

Como la oscuridad de mi dormitorio es completa, distingo que la puerta se abre unos centímetros.

Sigo quieta, en mi posición de dormir. ¿Van a entrar?

¿Los dos? ¿Mamá? ¿Papá? De repente, tengo diez años otra vez.

Mamá o papá entran para asegurarse de que estoy dormida y no leyendo a deshoras.

Como sus pasos los anuncian, he apagado la lamparita, el libro está escondido debajo de la ropa de cama y yo simulo la respiración profunda del sueño.

Esta vez también. Cierro los ojos y respiro honda y acompasadamente.

La puerta vuelve a cerrarse. Se puede engañar a los fantasmas.

Los pasos se alejan.

Recupero mi edad y con ella surge la necesidad de verlos, de saber qué quieren decirme.

Salto de la cama y me acerco de puntillas a la puerta.

Me falla el valor cuando toco la manija.

¿Cómo serán? Regresan las imágenes de mis pesadillas.

La cabellera de mamá agitándose en el agua, el cuerpo descarnado de papá recubierto de moluscos, el olor de yodo y algas podridas, sus voces burlonas...

Pero las preguntas toman el poder. Quiero saber, necesito saber y creo que ellos tienen las respuestas.

Un tirón, solo tengo que dar un tirón, abrir la puerta y salir.

En la penumbra del pasillo distingo una silueta. Grita al verme aparecer.

—¿No estabas durmiendo?

Enciendo la luz. Los cuadros del pasillo están torcidos.

—¿Por qué? —tartamudeo.

—Es que a veces me sacas de quicio, Anita.

Como la abuela cuando se enfadaba conmigo si yo no me esforzaba por salir de casa, Elisa mueve objetos porque sabe que me perturba.

Estoy atónita. Quiero echarla de mi piso, expulsarla escaleras abajo. ¿Cómo ha podido ser tan cruel? ¿Cómo ha sido capaz de hacerme esto? ¿Tan enfadada está conmigo? ¿Era necesario provocarme tanta inquietud? Se da cuenta.

—Lo siento, Ana. Perdona, no quería asustarte.

¿Qué pretendía, entonces?

Sigo sin saber qué decir.

—Solo quería tomarte un poco el pelo... como una válvula de escape... Es que a veces, no puedo con tanta presión y...

No la escucho. Los pasos nocturnos, los cuadros movidos, la pluma, ¿ha sido todo el resultado de una especie de broma vengativa de mi hermana?

Abre los brazos buscando que me acerque.

—Venga, no te enfades conmigo.

—Vete.

Baja los brazos y compone una expresión de aceptación.

Se gira para ir al recibidor. La sigo, quiero cerciorarme de que se marcha. Al llegar a la puerta, se da la vuelta y me abraza por sorpresa.

—Perdona, Anita. Ha sido una estupidez. Se me ha ocurrido de golpe.

—Vale, pero ahora vete.

—Dime que me perdonas.

—Ya sabes que acabaré haciéndolo.

—No, ahora. De verdad, ha sido un pronto que me ha dado.

Estoy tan dolida, tan desconcertada, tan asustada. Quiero que me deje sola.

—Te perdono, pero vete.

—Algo es algo —quiere sonar aliviada, pero está al borde de las lágrimas.

Sale por fin. Cierro la puerta y echo la llave.

Elisa golpea.

—Lo acepto, Ana. Pero no dejes la llave puesta en la cerradura. Si te pasara algo, no podría entrar.

Obedezco. Siempre obedezco.

Y me pregunto, mientras vuelvo a mi habitación, si no lo hago guiada por el instinto de supervivencia. A cada paso crece un miedo hasta ahora desconocido, el miedo a mi hermana.

Cruzo el salón. Percibo una sombra de reojo. Mi reflejo en el espejo de la cómoda no está solo. A mi espalda asoma otra cabeza. Doy un respingo. Ahora sé para qué era la pastilla blanca. Mañana volveré a tomármela y ellos se irán.

Elisa seguirá cuidándome, día a día. ¿Hasta cuándo?

¿Y si se cansa? ¿Qué me hará cuando vuelva a enfadarse conmigo por cualquier cosa?

Ha sido cruel. Tal vez no fuera su intención, no lo sé, pero lo que ha hecho ha sido también una demostración de su poder, de su poder sobre mí.

Me ha trastornado, me ha llenado la cabeza de absurdas imaginaciones, de fantasmas, de preguntas. Tengo miedo de Elisa.