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Espero en mi estudio a que Elisa vuelva del cementerio.
Ansiosa, controlando el pánico para que no crea que lo que le voy a contar es fruto de una crisis.
Repaso el modo de explicarle lo que está pasando, busco palabras que otorguen objetividad a lo que tengo que relatar.
Tal vez mi hermana me riña, pero me he tomado un tranquilizante para no temblar cuando llegue el momento.
Enrocada tras mi escritorio, tengo el ordenador encendido, el libro que estoy traduciendo abierto sobre la mesa, el diccionario en el atril cubre el flanco derecho, los diccionarios alemanes, el izquierdo; lápices, bolígrafos y marcadores en formación.
Puerta. Pasos en los escalones. Respiro hondo, para tomar carrerilla. Voy a decirle por fin lo que está pasando, que ellos están aquí, que merodean por la casa y me dejan señales, que...
—Ana, mira lo que te he traído.
La voz cantarina me hace abandonar la fortaleza, me levanto y le salgo al encuentro. Elisa me sonríe tras dos ramas de cerezo en flor. Ha llorado.
—¿Dónde las ponemos?
—Espera —digo.
Subo al desván y busco un jarrón de estilo japonista que ya tuve unos meses atrás en el salón.
Lo ponemos en la mesita baja entre los sofás.
Nos sentamos cada una a un lado y nos miramos a través de las ramas y las flores.
Elisa juguetea, te veo, no te veo. Me conmueve su esfuerzo por hacerme más llevadero el mal día.
No le diré nada. No hoy. Puedo esperar un día más.
Hoy mi hermana se está sobreponiendo al dolor por mí, hoy es frágil.
¿Cómo voy a decirle que, mientras ella los visitaba en el cementerio, ellos estaban aquí, conmigo?
Cuando después hace su recorrido habitual por las habitaciones que se supone que he limpiado esta mañana, se sorprende de que el despacho y el estudio estén cerrados con llave.
—Había corriente de aire.
—¡Pues menudo vendaval!
Compongo mi mejor cara de hermana pequeña boba y la mantengo mientras abre la puerta del estudio.
No se le escapa que las ventanas están cerradas y que no he recolocado las plantas en su lugar.
Pongo la traducción como excusa para mi despiste.
El escritorio de mamá me hace sentir el dolor del moratón que tengo en la cadera.
Lo rodeo. El cajón que cerré de un golpe de terror anoche me atrae.
Lo quiero. Es mi oportunidad. Aprovecho que Elisa está conmigo para sacarlo del mueble.
—¡Las postales de mamá! ¿Qué vas a hacer con ellas?
—Un álbum. O tal vez un registro.
—¡Cómo te gusta ordenar cosas!
Es día catorce, no nos vamos a hacer daño. Es el día que nos recuerda que solo nos tenemos a nosotras, que se marcharon y nos dejaron solas. El mal día es nuestra Navidad lúgubre. Paz, armonía, tralarí, tralará, tralarero.
Ya sola, me siento en el sofá con el cajón sobre las piernas y paso uno a uno los rectángulos de cartulina que tengo ordenados cronológicamente.
Años de mensajes en bolígrafo azul. «Estoy en...
» «Hoy te escribo desde...» «Mira, ¡qué bonita es...
!» «No hay tanta nieve como en la foto, pero...
» «Esta es la fuente de...» «Te he comprado una sorpresa aquí. »
De pronto, sé que estoy buscando una postal en concreto, una de las últimas, que me envió desde Frankfurt en el invierno de 2021.
La encuentro. Es la imagen de un cascanueces de Navidad, un soldadito de madera, firme en su uniforme rojo de húsar, mostrando, con dientes fieros, que está dispuesto a romper incluso las cáscaras más duras.
«Frankfurt, 18 de diciembre de 2021.» Mamá siempre escribía el lugar y la fecha.
«Hace mucho frío aquí, pero a la gente no le asusta y, tras las restricciones de la pandemia, están deseando volver a la vida. Se notaba esa emoción en el concierto de ayer. Solo dos más y ya vuelvo a casa. Te he comprado una cosita en el mercado de Navidad. Creo que te va a gustar. Besos, mamá.»
Una más entre las postales que nos enviaba, pero esta es diferente, está escrita a pluma. ¿Cómo no lo había recordado hasta este momento?
Se me acumulan las preguntas sin respuesta. ¿Por qué mamá usó una pluma para escribir una postal? ¿Por qué conducía papá el día en que se mataron? ¿Por qué fueron a Palamós? ¿Qué quieren decirme estas señales?
Hay una que es más urgente, cuya falta de respuesta me tortura. Cuando Elisa sube a media tarde con la ropa limpia, la asalto mientras estamos guardándola en el armario.
—¿Por qué no me dijiste que conducía papá?
Deja caer la blusa que tenía en las manos, me mira con rencor y da un paso para salir de la habitación. Me adelanto, salgo antes que ella y la precedo cruzando el pasillo, el salón hasta el recibidor. Cierro la puerta de la escalera y pego la espalda a la madera. Ella se planta frente a mí.
—¿Por qué no me dijiste que conducía papá?
—¿Yo qué sé? Se me olvidó.
—¿Cómo se te pudo olvidar?
—Ana, quítate de la puerta.
—Entonces, dime la verdad.
—No me obligues a apartarte. Sabes que soy más fuerte que tú.
—¿Lo harías?
—¿Lo dudas?
No, después de la pétrea mirada que me dirige.
—¿Por qué haces esto? —pregunto.
—¿Qué? ¿Cuidarte? ¿Protegerte? ¿Mantenerte a salvo?
Me retiro. Ella abre y me dice sin volverse:
—No subiré después. No te olvides de tomarte las pastillas.