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En pocos días descubro que es más difícil esconder las preguntas que las respuestas.
Tengo todos mis interrogantes pendientes ovillados en la garganta.
Los contengo para no irritar a Elisa. Para no delatarme también.
¿Qué me quieren decir? ¿Por qué no han vuelto?
¿Porque no entiendo sus señales? Esquivo sus miradas en las fotos.
No entro en el despacho de papá. Traduzco.
Me obligo a concentrarme y logro, no solo recuperar el atraso, sino también adelantarme.
Por si acaso, por si le llama la atención a Elisa, no lo consigno.
Para la libreta de contabilidad soy una máquina metódica y regular.
Mientras tanto, los días pasan. Tac, tac, tac. Otra víspera precede al mal día. Tac, tac, tac.
Una vez más, Elisa entra en casa cargada con la compra, y sube con una bolsa a mi piso, donde yo la estoy esperando sin traspasar la línea de seguridad. Después nos dirigimos juntas a la cocina. Ella deposita la bolsa sobre la mesa.
—Aquí está. Todo lo que querías de la droguería para mañana.
Anuncia sonriente cada producto que saca. Yo los cojo uno a uno y explico en qué habitación voy a usarlos.
—La cera para el suelo del estudio de mamá, esto para...
Después los guardo en su sitio.
Después recorremos la casa. He dejado abierta la puerta del despacho de papá para evitar preguntas.
Después volvemos a la cocina. Ella controla las pastillas.
Después dobla la bolsa.
Después le pregunto qué flores les va a llevar este mes.
—Unas ramas con flores de cerezo.
—¡Qué bonitas!
Regresa por la noche para su control habitual. Ambas estamos vigilantes. Ella teme tal vez que repita la pregunta. Yo temo repetirla. Respiro aliviada cuando por fin baja.
Tengo que amputar una parte de mi ritual. En cuanto me acerco a la puerta del despacho de papá, me falta el valor para entrar a limpiar los globos terráqueos. Canturreo mientras cierro la puerta con llave. Si llega algún sonido desde el interior, no quiero oírlo.
Las noches de abril se van acortando. Amanecerá hacia las siete. Calculo que, si ralentizo otras tareas, podré llegar despierta.
Toca encerar el estudio de mamá. Ya he retirado las plantas y todos los obstáculos.
Espero la media hora del secado de la cera, me pongo los auriculares inalámbricos, las zapatillas de pulir, y empieza el baile.
Estoy girando sobre mí misma, cuando me parece atisbar un movimiento en la puerta.
Me detengo abruptamente, me quito los auriculares.
—¿Eli?
Me acerco arrastrando los pies. Tengo todas las luces encendidas. Me asomo. Estoy sola.
Entro de nuevo. Me pongo los auriculares y vuelvo a mi baile. Suena una polca que sirve para repasar la zona de los zócalos.
Un, dos.
Un, dos.
Un, dos.
Un...
Otra vez el movimiento en la puerta.
Paro y me quedo con la vista fija en el hueco. Esta vez la veo. Una sombra cruza rauda por delante.
Son ellos, han vuelto.
Han venido a buscarme.
No.
—No.
No sé qué quieren.
—No sé qué queréis.
Pero no quiero ir con ellos al fondo del mar.
—No quiero...
La sombra cruza otra vez.
Tengo que seguir, el ritual es necesario para estar a salvo.
Antes de cerrar los ojos, mido el espacio con la mirada.
Después me ajusto los auriculares y, aunque siento que alguien me observa, sigo mi baile por la habitación.
Un vals, otro vals, un minueto. Pero he calculado mal y en una vuelta choco contra el escritorio de mamá.
Abro los ojos, me quito los auriculares, miro hacia la puerta. Nada.
El golpe ha abierto el cajón donde guardo las postales de mamá.
Voy a abrirlo del todo, pero noto algo detrás de mí, un aliento frío en la nuca. Escucho otra vez el burbujeo de unos pulmones anegados. Algo me roza el pelo, se acerca a mi oreja derecha.
—Anita —me susurra.
Empujo el cajón, salgo corriendo sin volverme y cierro la puerta con llave. Mañana tendré un moretón.