Todos duermen 63
100%

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Ahora sé.

Es el momento de acabar con todo esto.

Me levanto.

—¿Adónde vas?

—A la calle.

—No puedes —dice, ronca.

Quiero salir y voy a salir.

Avanzo unos pasos hacia el recibidor.

—No puedes —la voz se le ha endurecido.

Me vuelvo para mirarla. Se seca las lágrimas en dos movimientos bruscos. Los ojos rojos me miran retándome; respondo acercándome al recibidor.

—¿Adónde vas?

He llegado a la puerta.

Elisa me sigue.

—¿Adónde te crees que vas?

Su soberbia me empuja.

—¿Que adónde vas, te digo?

Burla. Otro empellón; otro paso.

—¿No irás a salir?

Desconcierto. Todo esto me espolea.

Vuelve a hablar, hermana. Empújame, hermana.

—¡No abras la puerta!

Lo hago.

—¡Para!

Respiro hondo. Cruzo la línea de seguridad. Los pulmones se me llenan de agua. Espiro.

Doy un paso en el rellano muy lentamente, tengo pies de buzo. Otro paso mientras el agua entra y sale de mis pulmones. El peso del mar quiere aplastarme, pero sigo en pie. Uno más y llego a la barandilla.

El primer tramo de la escalera se mueve como un acordeón; el segundo no llego a verlo.

—¡Para!

¡Está tan hondo! Me voy a caer. Ojalá me cayera, así todo iría más rápido.

Los pies se han movido solos y están sobre el primer escalón.

Unas garras se cierran alrededor de mis tobillos, pero consigo bajar otro escalón.

Me atrevo entonces a mirar a la izquierda, al pie de la escalera.

Ahí debería haber un vestíbulo, pero no lo distingo.

Veo una luz ondulante bajo el agua. Atraída por ella, he bajado otro escalón sin darme cuenta.

No siento los pies, las manos me aprietan con tanta fuerza los tobillos que los dedos deben de estar azules.

Tendrán que amputármelos. Tendré pies de china.

Emito un sonido que podría ser una risa, me sale un borbotón de agua de la boca y bajo dos escalones.

Reconozco las luces del vestíbulo: son los faros del coche sumergido. Allí están también ellos, me miran. Papá en el lado del conductor; mamá a su lado. Son los mismos padres que me visitaban, pero no me dan miedo. Él me habla con la voz llena de burbujas.

«Sigue, hija, sigue.»

Mi hermana grita.

—¡Para! ¡Para, te digo!

Otro escalón.

«Muy bien, hija.»

Aunque los escalones se mueven como si el acordeonista se hubiera vuelto loco, desciendo uno más. A cada escalón, la presión del agua aumenta. Las vértebras se apelmazan; mi columna es una vara que puede quebrarse en cualquier momento.

Papá mueve una mano, llamándome.

«Sigue, hija, sigue.»

—No me dejes, Anita. No te vayas.

Es mamá, entonces, quien habla.

«Haz el favor de avanzar, Ana.»

Los pececillos que habitan su pelo salen nadando despavoridos.

«Sí, mamá.»

Alcanzo el rellano. Los muslos me duelen de tanto temblar. Las rodillas se han vuelto de goma, las pantorrillas se han agarrotado. Los pies llevan varios escalones muertos. Solo los brazos conservan fuerza. Si esto fuera un sueño, podría tirarme de cabeza y llegar al final buceando.

—¡Vuelve, Ana! ¡No puedes irte! ¡No puedes dejarme aquí!

Estoy a punto de doblarme; si lo hago, me romperé. Podría dar media vuelta y todo este horror cesaría, el dolor, la asfixia, la presión que me va a reventar.

Me estoy quedando sin fuerzas.

—Por favor, Eli, ayúdame.

No puedo más.

—Por favor, Eli.

Siento su mano en la cintura. Me sostiene. Cierro los ojos. Iré a donde ella me lleve. Me baja casi en volandas, escalón a escalón, hasta el vestíbulo. Abro los ojos; ellos ya no están. Seguimos paso a paso hasta la calle.

Respiro.