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Llevo ya dos noches sin tomar la pastilla rosa.
Ellos no han vuelto; por lo menos durante las largas horas en vela.
Me cuesta dormir sin la ayuda del bicho rosado.
Ya aprenderé. El cansancio acumulado es mi aliado.
También conjugar verbos. E imaginar el camino de las ratas que voy matando.
Una procesión subterránea de tres ratas flotando con sus pancitas claras hacia arriba, marcando la distancia entre ellas con sus tiesas colas rosadas.
Trazo mentalmente su recorrido por las calles, cuyos nombres todavía recuerdo.
Una procesión silenciosa entre el ruido blanco del agua.
La falta de sueño ralentiza mi trabajo, avanzo con lentitud por el libro que estoy traduciendo. Para que no se dé cuenta Elisa, falseo las cifras en mi libro de cuentas. Se me están acumulando demasiadas páginas pendientes; tendré que inventarme alguna indisposición para justificarlas.
Cuando sube a media tarde, me encuentra trabajando. Después de visitar a la abuela, ha pasado por una librería a recoger un libro que encargué. Le salgo al encuentro y coincidimos en el salón. Al verme, saca el libro del bolso y me lo entrega.
—Aquí lo tienes, Hotel Savoy, el libro de Joseph Roth en alemán.
Mantenemos la distancia de libro mientras yo le ofrezco.
—¿Quieres leerlo tú?
—Espero a que lo acabes.
—Es cortito. Te lo pasaré enseguida.
Nos sentamos.
Me pregunta por la traducción y yo le cuento algunas de las dificultades que me plantea.
La noto malhumorada, está en guardia, las piernas tensas, dispuestas a saltar y sacarla de mi piso en cuanto se me ocurra tocar el tema del viaje a Palamós, pero hoy he pasado demasiadas horas a solas, no quiero que se vaya todavía.
—¿Cómo está la abuela? —digo por cambiar de tema.
Se sorprende. No suelo preguntar por ella; no me interesa, en realidad.
—¿De verdad quieres saberlo?
—¿Por qué no?
Se encoge de hombros.
—Pues está cada vez peor. Hay momentos en los que no me reconoce.
—Tal vez no le ha sentado bien irse de casa.
—¿Quieres que vuelva a traerla? —Los labios de Elisa son una línea horizontal, tensa y dura.
—No he dicho eso.
—Porque si quieres, la traigo y te encargo a ti la custodia.
—¿Qué te ha dado ahora?
—Quizás podríais compartir el piso. —Mira ostensivamente a su alrededor.
—¿Por qué me dices estas cosas?
—Porque a veces me canso.
—¿De mí?
Los ojos se me llenan de lágrimas. Elisa cambia de expresión.
—No. De ti nunca. Nunca. ¿Cómo puedes pensar algo así? Con lo que yo te quiero.
Se levanta. Rodea la mesa baja y me abraza.
Sé que debería dejarme ir, doblar la espalda, soltar el cuello sobre su hombro, pero estoy envarada.
Elisa nota la tirantez, aparta mi cuerpo como quien mueve un tablón y me busca los ojos.
Lee lo que estoy reteniendo en la garganta, percibe mi esfuerzo por callar la pregunta prohibida.
Me recompensa quedándose hasta la noche.
Disfruto tanto de su compañía que me trago la pregunta cada vez que amaga con colárseme en la boca.
¡Qué listo eras, Pávlov! Lo que condiciona al perrito es el premio, no el castigo.