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Elisa me castiga cada vez que repito la pregunta.
Deja de hablarme, acaba lo que haya venido a hacer a mi piso y se va sin decir adiós.
Está educándome, condicionándome como al perrito de Pávlov.
No sé si soy el perrito más listo o el más tonto, porque llevamos así diez días y no lo está consiguiendo.
Aunque esto me robe la poca conversación que tengo, no puedo evitarlo, la pregunta me arde en la lengua y tengo que dejarla salir para que no me abrase la boca.
Este mediodía se me ha escapado mientras ella sacaba la compra de la bolsa.
—¿Por qué no me dijiste que conducía papá?
Ha vaciado la bolsa en silencio y se ha marchado.
Regresa por la noche para ver una película, como si lo anterior no hubiera sucedido. Me perdona cada vez, me da una nueva oportunidad de callar.
Se sienta en su lado del sofá y me pasa el mando.
—Dale.
Lo del mando es cosa mía. También la elección de la película. Para hacer las paces, pongo Rebecca . A ella le gusta más que a mí y lo sabe.
Siempre hablamos cuando vemos películas, sobre escenas, los actores, la música.
—¡Qué desaforado! —dice Elisa cuando suena el tema principal, y lo canturrea haciendo amplios gestos con los brazos.
—Ya podría serlo un poco más la protagonista.
Nos reímos.
Llega la escena en que la señorita Danvers intenta persuadir a la señora de Winter para que salte por la ventana, observo de reojo la expresión concentrada de mi hermana.
Absorta y tensa, parece verla por primera vez y temer que en esta ocasión sí se dé un desenlace fatal, como los niños que se asustan cuando el lobo está a punto de devorar a la protagonista, a pesar de que no admiten que los padres cambien una sola letra del cuento que les leen.
Y de pronto, algo me hace volver la cabeza hacia ella.
—¿Por qué no me dijiste que...?
No llego a terminar la pregunta. Se levanta y se marcha.
Acabo de ver la película por tozudez.
También por tozudez tiro por el desagüe de la cocina la pastilla que toca por las noches y que ella ha sacado del pastillero para que no la olvide.
A ese escarabajo rosado le imagino el mismo recorrido que a las hormigas que se atreven a pasearse por mi fregadero.
Los golpes en las cañerías le resquebrajarán el caparazón de excipiente; el agua y todas las porquerías líquidas en las que nadará en cuanto llegue a las cloacas se encargarán de disolverlo.
De nada les servirá a los principios activos tener seis patitas forzudas, acabarán, si tienen suerte, en el estómago de una rata, que tendrá una muerte dulce.
El agua arrastrará panza arriba a esa pobre Ofelia roedora por debajo de las calles de Barcelona rumbo a algún colector.
Me acuesto. Sin la muleta química, sé que me va a costar dormir, pero no es solo eso. La pregunta está atascada en mi interior, oprimiéndome la boca del estómago. Si no la dejo salir, no me dejará dormir. Tomo aire y digo:
—¿Por qué conducía papá?
Me siento mejor, pero no es suficiente.
—¿Por qué conducía papá?
Otra vez.
—¿Por qué conducía papá?
Tres veces. Como en los cuentos, como palabras mágicas.
Que han tenido efecto, aunque yo no me lo había propuesto, porque, si bien sutiles, oigo pasos en el exterior.
Se acercan a mi puerta. Contengo la respiración esperando el momento en que la abran.
Pero pasan de largo. ¿Adónde van? Me parece que al despacho de papá.
Me levanto de la cama, me acerco de puntillas a la puerta, toco el pomo.
Está tan frío que aparto la mano. En ese momento oigo sonidos al otro lado de la puerta y doy un paso atrás.
Apenas respiro cuando percibo roces en la madera.
¿Papá? ¿Es él? Me falta el valor para hacerle la pregunta.
¿Por qué conducías ese día? Si es ella, tampoco logro sacar las palabras. ¿Por qué no conducías tú?
Nada, ni un susurro sale de mi boca.
No sé cuánto tiempo permanezco de pie, descalza, pero un escalofrío me hace soltar un gemido, un sonido por fin.
No puedo volver a la cama, necesito salir.
Abro la puerta. Me asomo. El pasillo está desierto.
Voy hasta la cocina, cojo una pastilla rosada del compartimento de mañana.
Me cuesta beber porque los temblores me agitan todo el cuerpo.
Vuelvo corriendo a mi dormitorio, enciendo la luz y cierro la puerta.
Aunque me siento ridícula, abro los armarios y miro debajo de la cama.
Verme a cuatro patas en el suelo me hace reír.
Me incorporo, me meto en la cama y apago la luz.
Oscuridad total. La lucecita roja del televisor a modo de faro lejano, el bicho rosa haciendo su trabajo. Duermo.
Por la mañana, la luz diurna me revela que los cuadros del pasillo están torcidos. Han sido ellos. ¿Es un mensaje? Estamos aquí. ¿Por qué?
Los pongo todos rectos para que Elisa no los vea. Nunca creerá que los he movido yo y esa es la única explicación que podría darle.
Cuando sube, le cuento que tuve que coger una pastilla de otro compartimento porque la otra se me cayó al suelo.
—La tiré.
—¿La tiraste?
—No hay que comer cosas que han estado en el suelo —digo, imitando la voz de la abuela.
Se ríe, me dice que no pasa nada, que lo importante es que no descuide la medicación...
Mientras asiento, tomo la decisión de no hacerlo.
Si regresan, quiero estar despierta, quiero verlos.
Certificación autóptica. ¡Qué cruel es la memoria de las palabras!
¿Por qué tenían que llenarme la boca de sabor a vómito justo ahora?
¿Por qué no se dejan borrar, enterrar, diluir?
Me acuerdo de la rata Ofelia y me río por dentro.
Mi hermana, que está recortando una pastilla del blíster, no se da cuenta de nada.