Todos duermen 42
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Me despierto gritando, pero enseguida me cubro la boca con las manos, no quiero que me oiga Elisa y suba.

Me levanto y voy a la cocina caminando de puntillas, por si ella estuviera atenta a mis movimientos.

Veo sobre la encimera el pastillero lleno de insectos de colores que se supone que trabajan para mí.

Los miro con resentimiento. Han fracasado, me han dejado sola, a merced del agua de mis pesadillas.

—Estoy harta de vosotros.

Solo tomo un vaso de agua.

Después, en el salón, me pongo una película en blanco y negro, me envuelvo en la manta azul y me adormezco escuchando la bella voz de doblaje del feísimo Fred MacMurray: «No oía mis propios pasos: eran los de un hombre muerto».

Por la mañana no consigo concentrarme en el trabajo.

Avanzo pesadamente por los párrafos, poniendo y quitando palabras como una adolescente que se cambiara la ropa mil veces, insegura, antes de salir de casa.

Hay días en los que traducir es imposible, es una ilusión, un engaño.

Las palabras se niegan a ser mis aliadas.

Los sustantivos se vuelven porosos, los verbos medio paralíticos, los adjetivos y los adverbios pedazos sobados de plastilina llenos de pelusas y polvo.

Me llega el sonido del piano desde el piso de abajo. Elisa está haciendo dedos, llevaba días sin tocar.

Las dos lo estudiamos. Como el piano se quedó abajo, Elisa me ha ofrecido varias veces alquilar uno, pero yo no quiero tocarlo. A mí me gusta escuchar música, tararearla, bailarla. Eso me basta.

Vuelvo al trabajo. Leo en voz alta la frase que acabo de traducir. Me suena tan mal que el lápiz se me cae de la mano y golpea el papel. Las letras del texto saltan en el aire y vuelven a caer embarulladas; palabras, frases, párrafos convertidos en un amasijo de signos desconcertados.

Las palabras me están fallando. Será mejor que hoy no siga. Podría venirme el vértigo.

Abro la puerta de la escalera y dejo que el sonido del piano entre sin barreras. Ha dejado de hacer ejercicios, ahora empieza a tocar la Fantasía en re menor de Mozart.

Me siento en el sofá del salón a escucharla.

De pronto, un pinchazo en la nuca me hace saltar.

Algo no está bien. Busco a mi alrededor y descubro que una de las fotos está movida.

Choco con los ojos de papá y mamá. Están sentados en un café de la plaza Navona de Roma.

Mamá, a la derecha, sostiene la tacita de expreso cerca de los labios, él posa ufano con un periódico italiano sobre el regazo, encarados hacia donde yo me encuentro.

Me miran. Me exigen. Míranos. Míranos. ¿No lo ves?

Me acerco a la foto para devolverla a la posición correcta. Sus ojos no me sueltan.

¿No lo ves? ¿No lo ves?

¿Qué tengo que ver?

Levanto la foto.

Otro pinchazo en la nuca.

El dolor en la nuca.

Sí, lo veo.

El sueño de la noche vuelve con nitidez.

La curva, la caída, los gritos, el impacto contra el agua, el hundimiento.

Es mentira. Estaban mal sentados. Al revés.

No conducía mamá. Con ella al volante no se hubieran despeñado.

Pero papá era un conductor distraído, que tal vez se quedó prendado de una gaviota sobrevolando el mar, y la siguió con la vista, y con el volante.

Corro hasta la puerta abierta de la escalera.

—¿Quién conducía?

No hay respuesta, pero el piano deja de sonar.

—¿Quién conducía, Elisa?

Aunque no he atravesado la línea de seguridad, estoy algo mareada.

—¿Quién?

Pasos rápidos de Elisa, se detiene al pie de la escalera.

—¿Qué pasa?

—¿Quién conducía ese día?

—¡Qué más da!

—Entonces, dímelo.

Mi hermana sube la escalera a grandes zancadas.

—¿Por qué quieres saberlo?

—¿Por qué no quieres decírmelo?

No es necesario, en realidad.

—Conducía él, ¿verdad?

Los temblores me agitan el cuerpo, me falta el aire y las rodillas me flaquean. Ella intenta sostenerme.

—¡Déjame! ¡Quiero saberlo! Es mi derecho. ¿Por qué conducía papá?

—No lo sé.

—¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Por qué me has mentido todos estos años?

—¿Cómo te atreves?

Nunca la he visto tan dolida e indignada. Me arrepiento de mis palabras.

Soy una desagradecida, soy una desgracia, una carga, un peso muerto, soy su carcelera, soy...

No puedo más.

Me dejo caer. Ella me sostiene y me lleva al sofá del salón. Sale y vuelve con un vaso de agua y una pastilla.

—Tómate esto.

—No hace falta, ya estoy mejor.

—Te ayudará a relajarte.

—No quiero relajarme.

—Como quieras. Te la dejo en la mesa de la cocina por si acaso. Me voy abajo. Tengo cosas que hacer. Si me necesitas, me llamas.

—Lo único que necesito es saber...

Se levanta y se va sin dejarme terminar la frase. Cierra la puerta de la escalera antes de bajar.

—... por qué nunca me has dicho que conducía papá —digo en voz baja.

La foto sigue torcida. Los labios de mamá para siempre a punto de tomar un sorbo de café. Papá con el mismo periódico italiano para la eternidad. ¿Por qué nunca me ha dicho que conducía él?