Todos duermen 41
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La melodía dulzona y melancólica de Elgar suena en la radio del coche. Vamos de camino a Palamós.

—Dilo, dilo.

—¿Cuánto falta?

—Poco.

—¿Cuánto es poco?

—Poco es poco. ¿Qué haces sin cinturón?

—No sé ponérmelo, mamá.

—Que te lo ponga tu hermana.

—No está aquí.

—¿Dónde está?

—Ahí.

Señalo al frente, al punto en el que Elisa ha aparecido de repente en medio de la carretera.

Papá da un volantazo para esquivarla. El coche se desvía y rompe el quitamiedos. Volamos. Volamos sobre el precipicio. Volamos sobre pinos, matorrales de genista y rocas afiladas en una lenta parábola, interminable.

—¿Cuánto falta? ¿Cuánto falta? —gritan mis padres.

Seguimos volando. Rebasamos la tierra, rebasamos el agua más clara de la orilla, proyectamos un rectángulo sobre el agua oscura.

—¿Cuánto falta? ¿Cuánto falta? —me lo preguntan a mí.

—Muy poco —respondo.

El morro se está inclinando hacia abajo.

—¿Cuánto es muy poco? —chillan impacientes.

—Es ya.

El morro del coche toca por fin el agua. Nos hundimos.

Yo no. Como no llevaba puesto el cinturón, he salido despedida del coche, que se hunde a gran velocidad. Toca el fondo y suelta una gran burbuja de aire.

Meto la cabeza en el agua. Los veo.

Están atrapados en la carcasa del coche. La cabeza de mamá se apoya en el hombro de él y deja caer un hilo de sangre sobre su camisa clara. Ella ya está muerta; él necesita unos minutos todavía.

Me aproximo nadando con fuertes brazadas. El movimiento del agua hace que papá abra los ojos y me mire con fijeza mientras me acerco.

Llego hasta el coche y meto la cabeza por la ventanilla rota del conductor. Un jirón de metal me arranca algunos cabellos y me araña en la nuca.

—¿Qué haces aquí, hija? No es víspera.

—Déjame que te quite el cinturón.

—No vale la pena. Me estoy muriendo.

De todos modos, forcejeo con la hebilla.

—Haz el favor de dejar a tu padre en paz —me riñe mamá.

Intenta levantar la cabeza, pero no puede.

El agua se tiñe con el borbotón de sangre que le ha salido a mamá por la boca.