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El domingo por la tarde, Elisa sube con el pastillero de la semana próxima, el de plástico azul, un sonajero de veintiún compartimentos.
En todos hay pastillas. Las del mediodía son vitaminas y minerales, un alfabeto entero corriendo por mi interior.
Son de color amarillo y verde, alegres y prometedoras.
—¿Quién decide de qué color son los medicamentos?
En la cajita hay antidepresivos rosa salmón, ansiolíticos abombados como cochinillas albinas y, para dormir, pastillas rojas, pequeñas como chinches.
Me pongo una pastilla de caparazón azulado en la palma de la mano.
Un trago de agua y la empujo para que empiece a correr por mi cuerpo, por mis venas, hasta mi cerebro.
Un insecto hercúleo empujando hediondas pelotas de miedo con sus patas forzudas.
Debería estar durmiendo. He adoptado la posición correcta, boca arriba, los brazos y las piernas ligeramente separados del cuerpo, pero el sopor, a pesar de que me he tomado la pastilla, no acaba de llegar.
Conjugaré. Elijo un verbo que no tenga aristas, un verbo sin jotas, consonantes dobles o irregularidades. El verbo «beber», con el sonido infantil e hipnótico de las bilabiales, siempre me ayuda.
Al llegar al pretérito indefinido, la cabeza se hunde en la almohada, los párpados me pesan tanto que no logro abrirlos cuando percibo un rumor cerca de la puerta. Pasos ligeros por el pasillo. ¿Son ellos?
El olor a mar inunda la habitación. No puedo moverme, el edredón me aplasta. Sé que están aquí, que me miran y que, a pesar de la oscuridad completa en mi cuarto, pueden verme.
—¿Qué queréis? —murmuro, o pienso que murmuro.
Y sigo sumergiéndome en el sueño en brazos del pretérito anterior, tan tierno y arcaico: «hubo bebido, hubimos bebido...».