Todos duermen 39
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Elisa también me hace compañía para ver películas o series.

Se sienta a mi lado y me observa. No quiere que me altere, mientras los medicamentos van haciendo su trabajo.

Yo suelo dormirme en algún momento. Entonces, ella se aparta, me tumba con suavidad en el sofá, me cubre con la manta azul.

Apaga la tele. Continuaremos en otro momento.

—¿Hasta dónde recuerdas?

—No me acuerdo de nada.

—Pues la ponemos otra vez desde el principio.

—¿No te importa?

—¡Qué va! Me encanta esta peli —me miente.

Empezamos otra vez. Procuro no dormirme. Por Elisa, porque sé, sin mirarla, que mi hermana está más pendiente de mí que de lo que pasa en la pantalla.

—¿Tienes hambre? —pregunta cuando por fin aparecen los títulos de crédito.

—Un poco.

—¿Qué quieres?

Ya lo sabe. Todas las noches pido lo mismo para cenar, pero la conversación es parte del ritual de reposo.

—Sopa con pasta pequeña.

—¿Cuál te echo? Tengo pistones, maravilla, estrellitas...

—Letras.

—Ahora te la preparo.

Dos semanas de sopas para cenar, con la vista fija en el plato. ¿Qué saldrá hoy?

Porque, a pesar de que la escalera le da miedo, Elisa ha subido al desván y ha rescatado los platos soperos de cuando yo era pequeña y mala comedora, y mamá sacó estos platos hondos de la vajilla buena de la familia que estaba expuesta en un aparador.

En el fondo de cada plato hay un dibujo diferente: pastores, campesinas, molineros...

, rodeados de animalitos, patos, liebres, gatos; en el plato con un cazador se veía un jabalí oculto detrás de un matorral.

Parecían platos diseñados expresamente para que los niños se acabaran la sopa.

Los bordes con cenefas de plantas y flores azules, después una ancha parte lisa que servía tanto para que se pudiera admirar la blancura de la porcelana como para crear intriga.

—A ver qué dibujo nos va a salir hoy —decía mamá, como si no hubiera servido ella misma la sopa que lo cubría.

Yo me la comía como quien pasa con ansia las páginas de una novela de misterio.

Nunca rompí ninguno, para no darle la razón a la abuela, que miraba espantada cómo una niña comía sopa de letras en un plato de porcelana de Meissen del siglo XIX .

Durante dos semanas, Elisa me ha tenido hipnotizada con el humo de las sopas, que he engullido deseando llegar al fondo.

—A ver qué dibujo nos va a salir hoy.

Dos semanas así. Dos semanas de sopas, películas y beatitud química.

—La doctora Molina dice que toca ir volviendo —me explica Elisa.

Me va rebajando la medicación.

Volver. ¿Adónde? A lo de siempre. Otra vez. Una vez más.