38
Dos semanas de cura de reposo.
Dos semanas de neuronas flotando perezosas por los ríos pastosos que me recorren la cabeza.
Dos semanas de deseos que Elisa se afana en cumplir; dichosa cada vez que le pido cualquier cosa.
—Ya te lo busco yo.
Feliz de satisfacer cualquier necesidad.
—¿Quieres comer algo?
—¿Quieres leer un poco?
—¿Quieres escuchar música?
Le pido algo de Chaikovski.
—Ya te lo escojo yo.
Evita, por supuesto, el concierto para violín. Tampoco lo reclamo. Habría preferido algo más tontorrón, como el Capricho italiano, pero la quinta sinfonía, aunque extenuante, me parece bien.
Me deja a solas con la música, sentada muy firme y concentrada, como hago siempre, con los ojos cerrados.
Los aprieto con fuerza cuando, durante el tercer movimiento, la habitación se enfría súbitamente y la inunda un olor a algas.
Desaparece en el cuarto movimiento, pero no abro los ojos hasta el último compás. Estoy sola.
Después, con el beneplácito de Elisa, me acuesto un rato.
Por la noche le pido alguna historia.
—¿Cuál quieres?
—Una de las de mamá.
Mamá nos había contado muchos cuentos cuando éramos pequeñas. Mi favorito era la leyenda de la ejecución del capitán Klaus Störtebecker, el pirata más famoso y temido del mar del Norte. Esa historia era parte del escaso patrimonio que nos dejó el abuelo alemán de Hamburgo.
Elisa se sienta a los pies de la cama con las piernas cruzadas.
La habitación solo está iluminada por la luz del pasillo, que entra por el hueco de la puerta entornada.
No le veo la cara mientras narra las hazañas y leyendas del capitán pirata que podía beberse cuatro litros de vino de un solo trago y escapar siempre de las naves de la liga hanseática a bordo de su barco Perro loco .
Hasta que lo capturaron y lo condenaron a muerte.
—En Hamburgo pusieron a Störtebecker y a su tripulación en fila para decapitarlos, entonces Störtebecker pidió una última merced: que indultaran a tantos hombres de la fila como su cuerpo sin cabeza pudiera rebasar caminando. ¡Zas! La cabeza cayó, y el cuerpo empezó a andar. Uno..., dos..., tres...
Como hacía mamá, Elisa va levantando dedos hasta mostrar las dos manos abiertas.
—Diez. Ahí su cuerpo se desplomó.
—¡Pobre, el once! —digo, como cuando me lo contaba mamá.
Una sombra cruza rauda por delante de la puerta y oscurece la habitación. Elisa sigue la dirección de mi mirada y se vuelve hacia atrás.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Tengo la boca seca. Le pediría algo de beber, pero me asusta que eso la espere fuera de la habitación.
—Te traeré un vaso de agua.
—¡No!
—Me parece que este relato no te ha sentado bien —dice abandonando la cama.
—La próxima vez cuenta hasta once —digo—. Algún día, el once se tiene que salvar.
Mi broma la tranquiliza.
Sale. Expectante, oigo sus pasos alejándose.
No pasa nada. Vuelve con el vaso de agua.
Espera a que acabe de beber para llevárselo.
Cierra la puerta al salir. El somnífero que tomé antes de acostarme no tarda en arrastrarme.
Pero, cuando me despierto por la mañana, estoy segura de que el roce de pasos que oí al otro lado de la puerta antes de dormirme no lo soñé.