37
Me despierto en medio de la oscuridad absoluta de mi habitación. Veo el pilotito rojo de la tele que me ayuda a reconstruir el espacio. A mi derecha, un rumor de tela. Hay alguien en el cuarto. ¿Ellos? Gimo.
—Soy yo, peque.
—¿Qué haces aquí?
—Velarte. Has tenido una crisis.
El silloncito cruje. Elisa se acerca a la cama y se tumba a mi lado.
—Duérmete otra vez. —Me abraza por encima de la colcha.
Me echo de lado y me pliego sobre mí misma, siento el abrazo de mi hermana, su cuerpo pegado a mi espalda. Me envuelve, no puede pasarme nada malo. Duermo.
Por la mañana lo sucedido me parece irreal. Elisa me pregunta qué ocurrió, por qué gritaba en el recibidor. Las imágenes de ayer no tienen consistencia, se emborronan cada vez que intento recuperarlas. Ante su mirada interrogante, acabo diciendo:
—Un ruido.
—¿En la casa? —se asusta.
Siempre fue algo miedosa. ¿Cómo le voy a contar mis visiones? La aterrorizaría con algo que ya no estoy segura de haber visto.
—En la calle —respondo.
—¿Tan grave fue?
—Me sobresaltó mucho, sí.
—Estás cansada. He hablado con la doctora Molina —dice entonces.
—¿Vendrá a verme?
—Si tú quieres...
—No hace falta.
Si le cuento a la doctora lo que he visto, oído, olido, tal vez se empeñe en ingresarme en alguna clínica.
—¿Qué ha dicho la doctora?
—Que tienes que descansar. Te ha cambiado un poco la medicación para las dos próximas semanas. Una cura de reposo. Yo me encargaré de que la hagas.
Ella lo hace todo.