Todos duermen 36
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Cojo las pastillas. Elisa no me quita ojo de encima.

Está enfadada. Yo también, pero me lo callo, no quiero que se enoje más conmigo.

Me tomo los medicamentos, apuro el vaso de agua y sonrío con cara de niña buena.

Me devuelve la sonrisa, aunque niegue con la cabeza.

La acompaño hasta la puerta de la escalera.

Se marcha y me deja sola con mi pregunta.

¿Por qué fueron esa tarde a Palamós?

¿Por qué se ha enfadado tanto por preguntárselo?

¿Me está ocultando algo?

Mi hermana ya está abajo, en su parte de la casa. He espiado sus pasos.

Cuando me separo del marco de la puerta, siento un frío súbito en la nuca, un aliento helado a mi espalda. No me atrevo a volverme. Escucho un burbujeo, como cuando alguien sopla por una cañita en un refresco. Es un burbujeo rítmico, una respiración bajo el agua. Agua de mar, porque huele a algas.

—Anita —oigo una voz de hombre a través de un gorgoteo de pulmones anegados.

Me giro. No hay nada. No hay nadie.

Corro al salón.

Allí me detengo en seco.

En medio del pasillo oscuro que lleva a mi habitación atisbo una silueta. No le distingo la cara porque tiene la cabeza caída sobre el pecho y el pelo le cubre el rostro, pero sé que es mamá.