Todos duermen 35
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Víspera. Estoy en el sillón orejero con un libro en las manos y las piernas cubiertas con una manta. Pasos en la escalera, en el recibidor, en el pasillo y mi hermana irrumpe en el salón.

—¡Qué frío hace aquí! ¿No has puesto la calefacción?

—Se dirige a los radiadores—. ¿Ves? Lo tienes muy bajo.

Acabarás pillando un resfriado. —Gira las ruedecillas y sube la temperatura.

Se acomoda en el sofá—. Y con la humedad de esta ciudad...

—Elisa golpea el asiento a su lado con la mano—.

Ven, siéntate conmigo y pásame un poco de manta.

Apoyo un cojín contra el brazo del sofá y me tiendo con los pies sobre sus muslos.

La manta que nos cubre a ambas es de color azul oscuro, un mar de lana en el que nadan peces anaranjados.

Era de la casa de Palamós, la versión invernal de las toallas de playa que colgaban en los balcones de los apartamentos todo el verano.

—Me da pena que hayamos vendido la casa de Palamós —digo con los ojos cerrados.

—A mí no. ¿Para qué la queremos? A mí nunca me gustó ir y tú no puedes.

—Es verdad, la odiabas.

Sí, Elisa odiaba la casa de Palamós, la casa de todos los veranos.

Odiaba las paredes blancas de las que colgaban cuadros de «amigos artistas», las macetas de terracota, las tumbonas a rayas, las piezas de cerámica que eran recuerdos de viajes.

Odiaba el pino descomunal que había plantado el abuelo y empequeñecía el jardín con su gigantismo.

Odiaba los vestidos de mamá y los bermudas de papá.

Odiaba las piernas y los brazos morenos de los amigos que los visitaban, sus risas, sus copas, sus conversaciones alrededor de la piscina, sus anécdotas.

Odiaba la música que sonaba mientras bebían y la que cantaban cuando alguno se presentaba con una guitarra.

Pero sobre todo odiaba que no se tomaran en serio su odio.

Mientras me frota los pies fríos bajo la manta azul, me acuerdo de unas vacaciones de Semana Santa.

¿Qué edad tendría Elisa? Quince o dieciséis años.

Una tarde les lanzó una vehemente filípica a nuestros padres y al grupo de amigos reunidos alrededor de la piscina, reprochándoles su falta de compromiso político, su ociosidad, su vacuidad.

Papá la reprendió en ese tono calmo que ponía frenética a mi hermana.

¿Por qué no podía levantarle la voz, como hacían otros padres?

Entonces, una de las invitadas, una escultora, se levantó de la tumbona, se puso al lado de Elisa, le rodeó los hombros con un brazo largo y musculado y soltó con la voz pegajosa por las margaritas:

—Dejadla, es un derecho de la edad. Si con quince o dieciséis no puedes odiarlo todo, ¿cuándo?

—Muy cierto —respondió otro de los amigos, desparramado en la tumbona como si se estuviera deshaciendo.

—¿No fuimos nosotros también así? —La escultora la apretó con más fuerza.

El invitado desparramado alzó la copa.

—¡Viva el mal! ¡Viva el capital!

Esa cita burlona de un programa infantil arrancó a Elisa del abrazo de la escultora y propició que dejara de dirigirles la palabra a nuestros padres durante el resto de las vacaciones.

Solo me hablaba a mí, que transmitía sus mensajes.

«La voz de su amo», me llamaba papá, como siempre, sin levantar la voz.

—¡Qué pesado se me hacía el viaje! —dice Elisa.

—¿Te acuerdas de aquella vez?

—Claro.

—Dilo, dilo —susurra con los ojos cerrados.

—Dilo, dilo.

Elisa cierra también los ojos y ambas nos reencontramos en el mismo recuerdo.

Estamos sentadas en la parte trasera del coche, de camino a Palamós. Los carteles de la autovía van desgranando salidas como una cuenta atrás hacia las odiadas vacaciones de verano en la casa, siempre esa casa.

Cuando llegásemos, la cuidadora, a la que nuestros padres llamaban la «masovera», ya habría limpiado y ventilado las habitaciones, las camas estarían hechas y la piscina llena.

La nevera, en cambio, seguiría vacía. La compra siempre la hacían ellos, de esta manera anunciaban en el pueblo que ya estaban de vuelta, en la «torre».

«Dilo, dilo», me pidió Elisa en voz muy baja. Habíamos abandonado la autovía y circulábamos por una carretera que se ondulaba siguiendo la costa hasta la zona en la que se encontraba la casa. Como yo dudaba, me lo repitió. «Dilo, dilo.»

—Siempre hacía lo que me pedías —digo, y muevo el pie para que me frote en el tobillo.

—Eras mi cómplice.

—Tu pequeño gólem.

Me solté el cinturón de seguridad sin hacer ruido y asomé la cabeza entre los asientos.

—¿Cuánto falta?

—Muy poco —respondió papá.

Elisa me puso un dedo en la espalda. Presionaba ligeramente sobre una vértebra, que debía de ser la de la obediencia.

—¿Cuánto es muy poco? —insistí.

—Poco.

—¿Cuánto es poco?

—Poco es poco —dijo él con fastidio—. Échate para atrás. Pero ¿qué haces sin el cinturón?

Fingí forcejear con el mecanismo.

—Es que no sé ponerlo.

—Que te ayude tu hermana.

—No, tú —aniñé la voz.

Papá metió medio cuerpo entre los asientos, tiró del cinturón y lo ajustó en el enganche.

—Ya está. No era tan difícil, cuentista.

Al girarse para volver a su asiento, se desequilibró, golpeó en el brazo de mamá justo en una curva cerrada y le hizo dar un volantazo.

El coche se salió del carril, se encaraba al quitamiedos, a los pinos que parecían pender de los barrancos, a las matas de genista que festoneaban el acantilado, al mar.

Nosotras gritamos. Mamá recuperó en el último segundo el control del coche y volvimos a la carretera.

Los ojos aterrorizados de papá habían visto lo que podía haber pasado. Mamá, impasible, nos dijo a los tres:

—¿Queréis hacer el favor de estaros quietos?

—Cuando mamá decía eso de «queréis hacer el favor de», era una orden indiscutible —se ríe Elisa.

—¿Quieres hacer el favor de recoger tu cuarto?

—¿Quieres hacer el favor de cerrar esa ventana?

—¿Quieres hacer el favor de acabarte el puré?

—¿Quieres hacer el favor de no dar portazos?

—¿Quieres hacer el favor de bajar la música?

—¿Quieres hacer el favor de apagar la luz?

Entreabro los ojos. Me ha parecido escuchar ruidos, golpes sordos, en la zona del pasillo.

—¿Qué era eso?

Mi hermana no responde, tiene la mirada perdida. Habrá sido un ruido de la calle.

—A mamá le encantaba conducir —dice.

—Es verdad.

Siempre le gustó conducir. Se sacó el carné a la primera, contaba, ansiosa de la libertad que le regalaba el volante.

Había pasado tantas horas de su vida encerrada frente a un atril practicando y ensayando, que adoraba el aire libre, los espacios abiertos, los viajes, la velocidad, su Mercedes rojo. Conducía rápido.

—Era muy buena conductora —añado—. Papá, en cambio, lo odiaba.

Prefería sentarse en un vehículo, cualquier vehículo, y dejarse llevar. En el coche nunca se quejaba ni daba instrucciones. Miraba por la ventana y se quedaba prendado de algo que hubiera visto al pasar, una casa, el nombre de un pueblo, unas ruinas, un tractor arando un campo...

—¿Te acuerdas del viaje a Asturias? —le pregunto.

Papá había visto una vaca bicolor en un prado. Los cuartos traseros eran blancos y los delanteros marrones. Una media hora después se preguntó en voz alta si también habría vacas con una distribución vertical de los colores.

—Mamá le preguntó si todo el tiempo había estado rumiando sobre esa vaca.

—Y él dijo: «Sí. ¿Por qué no?».

Nos echamos a reír.

—¿Por qué fueron a Palamós ese día? —le pregunto. Sigo con los ojos cerrados.

Elisa, que sabe bien a qué día me refiero con «ese», se ha sobresaltado. Insisto.

—¿Por qué fueron? Ya habíamos cerrado la casa después de las vacaciones.

—Tal vez quedó algo pendiente.

—Lo habrían hecho antes de que mamá se fuera a tocar a Alemania, ¿no?

Abro los ojos y me incorporo. El perfil de Elisa es el de una estatua de sal.

—No sé. Igual los llamó la cuidadora de la casa.

—Pero es que es raro que...

—Déjalo. Están muertos. Llevan casi cinco años muertos.

—Pero ¿por qué?

—¡Yo qué sé!

—¿Tú no lo sabes?

—¿Por qué tendría que saberlo?

—Igual te dijeron algo.

—Ya te he dicho que no.

—¿Seguro?

—¿Qué quieres, Ana?

—Que me digas la verdad, si tú sabes por qué...

Elisa se levanta de un salto del sofá. Me mira desde arriba.

—¿Qué verdad, Ana? La única verdad es que se despeñaron y se mataron. Y que de eso hace casi cinco años. Y que tú y yo estamos así desde entonces. ¿Vale?

Agacho la cabeza. La última frase me ha cerrado la boca.

—Tengo que irme —dice Elisa—. Y tú tienes que tomarte tus medicamentos.

Se dirige a la cocina. La sigo. Elisa abre el pastillero rosa, controla que el compartimento de la mañana esté vacío y saca las de la noche.

—Toma.