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Manel ha tardado dos días en dar señales de vida. Me envía unas consultas poco interesantes sin mencionar lo sucedido. Como no puedo dejarlo así, le escribo unas líneas breves de disculpa de las que da acuse de recibo.
«No se hable más.»
¿Eso es todo?
Eso es todo.
Le propongo que trabajemos sin utilizar el vídeo. Espero borrar también la imagen de su expresión de repugnancia y pena. No sé cuál de las dos me duele más. Él acepta sin resistencia.
—¿Te puedo escribir de vez en cuando? —me pregunta cuando acabamos.
—¿Para qué?
—Para que no perdamos el contacto.
Como si no supiera que ya está perdido. Le respondo con un «vale» tan desganado que dudo que me escriba de vez en cuando.
Se acabó. Solo quedan las galeradas. Es decir, un paquete de hojas de papel.
¿Qué esperaba?
No lo sé. ¿Una palabra mágica? Una palabra tuya bastará para sanarme. ¡Pamplinas! Elisa tiene razón. No es el momento, el cuerpo lo ha dicho claramente. ¿Cuándo lo será? Todavía no. Hoy estoy bien. En casa. No era el momento.
Recorro las habitaciones y me paro frente a cada uno de los objetos que puse para él.
—Estúpido —le digo a uno de los jarrones de cristal.
—Ridículo —a otro.
—Absurdo —al reloj sobre la repisa.
—Tarado —al busto romano.
—Inútil —al escabel de terciopelo.
Pieza a pieza, hasta ensuciarlas y denigrarlas a todas y tal vez a Manel a través de ellas.
Si la vergüenza me enfanga a mí, también tiene que enfangarlo a él.
Busco palabras para despreciarlo, pero lejos de reconfortarme me apenan aún más.
Si lo tacho de pusilánime, no me convierto en valiente.
A mí tampoco me gustaría que casi me vomitaran en la boca.
Los objetos, en cambio, no ofrecen resistencia. Una vez envilecidos, los retiro, los cambio. Recupero algunos que había tenido antes. El desván es inmenso, pero finito. Empieza a agotarse.
Y, a pesar de todo, conservaré nuestras palabras inventadas, como guardaban las abuelas las cartas de los novios que se habían ido a América o a morir a alguna guerra.
En vez de una cinta de raso celeste, las protegerá la clave del archivo encriptado con las iniciales PA.
Sí, lo he llamado «paraules d’amor», aunque me dé sonrojo.