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Esa hermana escudo, hermana paraguas, hermana dique, hermana barrera...
, que ha tendido la colada en el jardín con todas las pinzas mezcladas.
Azul con verde, rojo con azul, rosa con amarillo.
Mal. Mal. Mal. Primera pinza amarilla, segunda pinza amarilla.
Primera pinza roja, segunda pinza roja. Sabe que me tortura, que no soporto ese desorden, que no podré concentrarme en el trabajo, porque no puedo bajar a reparar el desorden.
Está enfadada conmigo. Así me lo dice. Entre las prendas cuelgan mis sábanas acusatorias.
Ha descubierto mis intenciones. Las sábanas me recuerdan el absoluto ridículo de mis planes y me llenan la boca del sabor agrio del vómito.
Por la tarde, mientras estoy leyendo en el salón, Elisa sube con la ropa limpia y doblada. Ella misma la guarda en el armario de mi dormitorio sin hacer comentarios. No hace falta. Sabe que he entendido su mensaje en lenguaje de pinzas.
Yo sigo el sonido de sus movimientos sin cambiar de posición, sigo sosteniendo el libro, aunque, desde su irrupción, el texto ha dejado de tener sentido. Cuando entra en el salón, la acompaña el olor a detergente y suavizante. Es el olor del perdón.
—¿Cómo te encuentras, peque?
—Mejor.
Se sienta en el brazo del sillón y me pasa el brazo por los hombros. Cierro el libro y me apoyo en su cuerpo. Ella me besa en la cabeza. De soslayo, veo nuestra imagen reflejada en el espejo de la cómoda. Mi hermana apoya su cabeza en la mía al decir:
—No era el momento, peque.
—No.
—Ya llegará. Lo verás. Saldrás y conocerás a chicos.
—Sí, pero no tengo prisa. Estoy bien así.
Su sonrisa de satisfacción al oír mis palabras se refleja en el espejo. Por un instante atisbo una sombra deslizándose detrás de nosotras. En cuanto parpadeo, solo estamos Elisa y yo.
—Yo te cuidaré. Estarás bien.
Un último beso en la cabeza y se levanta.
—¿Te he jodido la vida? —le pregunto.
—¡No! ¿Por qué dices eso?
—Porque seguro que tenías otros planes, no dedicarte a tu hermana tronada.
—Primero, no estás tronada, solo delicada. Y, segundo, me gusta esta vida.
¿Cómo decirle que a mí no me gusta la mía?
Por más que lo niegue, sé que le he trastocado la existencia, que debía de haber tenido otros deseos, otros anhelos.
Los años que nos separan no me permitían conocer su mundo antes de que el accidente de nuestros padres lo trastocara, antes de que mi problema lo rematara.
Apenas conocía a sus amigos, a su pareja.
¿Se separaron por mi culpa? ¿Porque no soportaba su dedicación a mí?
¿Qué habría hecho ella si nuestros padres no hubieran muerto?
—¿Qué habrías hecho?
—No lo sé.
—¿Seguro?
—¿Cómo puedo estar segura de no saber?
No es la primera ocasión en que mantenemos esta conversación.
Mi mala conciencia emerge de vez en cuando; muchas veces asociada a los momentos en los que creo haber hecho algo mal, a los momentos en los que ella deja escapar su enfado conmigo olvidando comprar algún producto o retrasando el horario de sus visitas.
Eso me pone muy nerviosa y espío los sonidos de la planta baja desde la puerta para asegurarme de que, por lo menos, está en casa.
—Pero una cosa puedo asegurarte, que te habría cuidado. Lo he hecho toda mi vida.
Elisa, la hermana escudo, la hermana paraguas, la hermana dique, la hermana barrera...