Todos duermen 32
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Manel llega puntual a las seis cargando el ordenador en una mochila.

Elisa lo recibe, se abstiene de darle instrucciones, así se lo he pedido, y lo acompaña hasta la puerta de mi planta.

En cuanto ella empieza a bajar la escalera y él y yo quedamos frente a frente, no sabemos cómo saludarnos.

Primero, nos damos la mano. ¡Cuánto tiempo sin tocar otra piel!

Nos miramos, él ladea la cabeza y se acerca para darme dos besos.

Me gusta el roce, me gusta su olor, y me abochorna la risita conejil que se me escapa.

Le enseño la casa con forzada naturalidad, siguiendo su mirada.

¿Estará apreciando los objetos que he dispuesto con tanto cuidado para él?

Tengo el corazón acelerado y me parece que se me nota en la voz, me tiembla un poco, mientras le cuento, no sé muy bien por qué, los cambios que se han hecho en la casa para adaptarla a mis necesidades.

—Mi dormitorio es el mismo —le digo trazando un arco abarcador desde la puerta mientras siento que la ropa se me desprende del cuerpo.

Una punzada en el estómago. Mis intestinos se retuercen como si fueran esos globos alargados con los que los feriantes hacen animalitos.

«Toma, niña, una jirafa.» «Mira qué perrito más bonito te he hecho, nene.

» «¿Quieres que te haga un elepante, nena?

» Peristaltismo. Los nervios, tengo que controlar los nervios.

La visita me está quedando algo rígida, museística, me temo, pero parece haber satisfecho su curiosidad, que no le reprocho.

Me pongo en su lugar, el despacho de papá, el estudio de mamá son espacios extraños, por más que yo le explique que también los uso, por más que haya presentado la inmensa colección de cedés de mamá y la algo vetusta biblioteca de papá como si fueran mías.

Volvemos a mi despacho, hora de trabajar. Mientras Manel instala y enciende el ordenador, preparo café para él y la infusión que me ha dejado Elisa para mí, con la esperanza de que me calme los nervios.

En cuanto me siento a su lado, se me taponan los oídos, su voz me llega lejana.

Aun así, me gusta. Es todavía más bonita que cuando hablamos a través de la pantalla.

Noto el calor de su cuerpo. Al señalarle con mi lápiz rojo una palabra en el manuscrito, se acerca para leerla, me toma la mano como si quisiera apartarla del papel para ver mejor, pero no la suelta.

La piel me arde y se me escapa un jadeo.

Me vuelvo hacia él, que hace lo mismo. Nos miramos, nos sonreímos, nos acercamos más, cerramos los ojos.

Nos besamos. Una súbita arcada me sube desde el estómago, logro apartarme a tiempo de su boca, giro la cara, me doblo por el dolor y vomito en el suelo.

Al incorporarme, veo en sus labios un rictus de repugnancia, pero lo peor son sus ojos, sus ojos me miran con tristeza.

Ojalá se eche a reír, ojalá lo vea como un patinazo gracioso del que algún día nos reiremos, pero los segundos pasan y el olor acre que nos envuelve deja claro que no vamos a conseguir verle la parte chistosa.

Me estoy mareando, una segunda ola se apresta a subir.

Antes de que vuelva a suceder, digo con un hilo agrio de voz:

—Creo que es mejor que te marches, no me encuentro bien.

Me levanto para ir rápidamente al lavabo. Vomito otra vez.

Me da vergüenza salir, pero tengo que hacerlo.

Al regresar a mi estudio, él ya ha recogido todas sus cosas.

—¿Quieres que avise a tu hermana?

—Por favor.

Se marcha sin decir nada. Simplemente se va.

Oigo sus pisadas bajando la escalera y sé que, en cuanto él haya abandonado la casa, mi hermana subirá.

No me dirá que ya me había advertido, no hará falta, ya sé que lo estará pensando.

Ella limpiará el vómito sin hacer comentario alguno y me pedirá que me acueste, que descanse, que mañana estaré mejor.

Obedezco y me dirijo algo tambaleante al dormitorio.

Los objetos que he repartido por la casa son burlones testigos de mis ridículas expectativas.

Las más crueles son las sábanas, con su olor a limpio, a suavizante virgen.

Antes de desvestirme, cierro las contraventanas y las cortinas; no quiero ver cómo esta vez las prendas caen de verdad.

Solo la lucecita roja del televisor ofrece una indicación espacial. Me tumbo en el centro de la cama, en mi posición de dormir y caigo rendida.

Me despierto sin saber qué hora es al sentir los movimientos de un pájaro dando saltitos sobre mí.

Un pájaro pequeño, pero compacto, como una paloma, que sube y baja hasta que se detiene a picotear sobre mi pecho.

Ahuyento al pájaro con una mano pesada como rellena de arena mojada.

Se marcha sin que se oiga el aleteo. En ese silencio percibo que hay alguien en la habitación, en el silloncito a mi izquierda.

—¿Cómo te encuentras, chiqui?

Claro. Es ella, que me vela.

—Mejor.

—¿Quieres algo? ¿Un poco de agua?

Me muero de sed, pero no quiero que encienda la luz y me vea empapada de bochorno.

—Vete a dormir. Estoy bien.

—Me tumbaré a tu lado.

—Vale.

Duermo cogida de la mano de mi hermana. Mi hermana escudo, mi hermana paraguas, mi hermana dique, mi hermana barrera...