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Dolores y pinchazos en el estómago y en la cabeza, temblores en las manos, hormigas en los pies. Los ignoro.
Recorro las habitaciones, mis dominios, una y otra vez. ¿Está todo bien? ¿En orden? ¿Es bonito? Más aún. ¿Es hermoso? ¿Le gustará?
Por la mañana he subido al desván como una buscadora de tesoros, de objetos bellos. Algunos de ellos, a pesar de los años transcurridos desde que los compraron, han bajado a la casa por primera vez.
—Son muy valiosos, se podrían romper —decía la abuela.
—Los objetos son para usarlos, si no, se deprimen —respondía mamá.
E ignoraba su mirada de desaprobación cuando ella y papá empezaron a tomarse el café del desayuno en las tazas de la Cartuja de Sevilla que antes languidecían en un aparador. Papá siempre secundaba a mamá. Una vez, incluso, se puso a hacer malabarismos con unas hueveras de porcelana inglesa.
—Loquito te tiene, loquito —refunfuñaba la abuela.
Hacía calor en el desván. He abierto la ventana y la mirada se me ha ido al mar, tan lejano.
De pronto, la ciudad ha dejado de sonar.
La gente, los coches, los perros ¿Dónde están?
¿Se han quedado mudos? Cinco segundos hasta que se oye un grito desabrido, un claxon, un ladrido de perrito iracundo.
Ya está, ya pasó. Están de vuelta. El silencio no significa nada, como tampoco quiere decirme nada el hormigueo en las manos.
Asomo la cabeza a cada habitación.
El estudio de mamá.
—¿Te gusta?
El despacho de papá.
—¿Te gusta?
El salón.
—¿Te gusta?
Y él dirá: «Sí, qué hermoso todo». O quizás: «Sí, qué limpio todo». O tal vez: «Sí, todo tan ordenado». O mejor aún: «¡Qué ordenado todo, Ana!». Cada vez con mi nombre al final, y cuando lo haya dicho tres veces...
Solo el miedo supera a la vergüenza en velocidad. ¡Qué estupidez acabo casi de pensar!
—¿Cuántos años tienes, Ana? ¿Esperas a un príncipe azul? ¿Para que te salve? ¿Para que te saque de aquí? —me digo por el pasillo y me respondo—: Nadie puede sacarme de aquí.
¡Malditos cuentos infantiles que nos envenenan la mente para siempre!
Invoco, como antídotos, las cabezas cortadas de Trifina y de las esposas de Barba Azul, del pirata Störtebecker y de sus hombres, las de los santos degollados y decapitados. Todos acuden a ayudarme. Con sus muertes crueles, diluyen el almíbar en ríos de sangre.
Pero deseo que mi casa le guste, quiero impresionarlo.
Para Manel la he llenado de objetos bellos.
Ignoro el dolor de estómago y los pinchazos en la cabeza, que me torturan a pesar de que me he tomado lo que me ha preparado Elisa; por seguridad, incluso he repetido.
También ignoro la voz interior que se burla de mí y me dice que parezco una adolescente enamorada.
Le planto cara y le digo que sí, que quizás soy una adolescente enamorada, que quizás no puedo ser otra cosa ya que no he podido serlo antes, y que, si se da la ocasión, quiero acostarme con él, sabiendo que en la cama seré una adolescente primeriza y torpe.
Todo está listo. Estoy nerviosa y excitada. Por supuesto, no le he dicho a mi hermana que he cambiado las sábanas, aunque hoy no tocaba.