Todos duermen 30
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—Vendrá a casa para revisar algunos flecos del texto.

Elisa no está muy conforme con la idea.

—Las visitas siempre te han perturbado.

Pero acaba aceptando. Se da cuenta de que no estoy dispuesta a ceder, aunque le confieso que estoy nerviosa.

—Te prepararé una infusión.

Las visitas me alteran mucho. Me alteraban; hace tiempo que nadie viene a verme.

Durante los primeros meses del encierro, vinieron algunos compañeros de clase. Acudían de dos en dos o de tres en tres, como se va a la casa de la vieja loca a pedirle la pelota que se ha colado en su patio.

Las miradas de mis amigos y compañeros se habían enrarecido; me escrutaban buscando señales de mi «locura», interpretaban cada palabra, cada gesto; también cada objeto de la casa.

Unos y otros nos esforzábamos tanto por fingir naturalidad que nos movíamos y hablábamos como en un teatrillo de marionetas, gestos rígidos y vacilantes, palabras declamadas por miedo al silencio.

Cuando Elisa dijo que sería mejor que se presentasen de uno en uno para no alterarme, algunos vieron la oportunidad de desaparecer; otros, pocos, persistieron, pero sus apariciones se fueron espaciando con el tiempo y en algún momento cesaron.

Tal vez fuera por la incomodidad de la situación, o porque la vida seguía y se ramificaba fuera de esta casa.

Probablemente también los ahuyentaran las instrucciones de Elisa, que les decía cómo saludar, qué no debían decir, lo que era preferible no mencionar...

Les pedía también que no hablaran demasiado alto.

—No hagas movimientos bruscos —le explicó a una compañera del instituto, una de las últimas visitantes, mientras la guiaba hasta la escalera.

Desde la puerta, aunque sin pasar el límite de seguridad para evitar el mareo y la asfixia, le grité:

—¡No soy un potro en la cuadra! ¿Le vas a decir también que me dé azucarillos?

—¿Por qué dices eso? Es por tu bien. Estás aún muy frágil.

Elisa hablaba al pie de la escalera, con una mano apoyada en la bola de mármol al inicio de la barandilla.

—¿Y crees que me va a dar un ataque si mueve las manos demasiado deprisa?

La compañera se detuvo en el primer rellano, mirándonos alternamente.

—No dramatices.

—No estoy dramatizando.

—Y si te pasa algo, ¿qué?

—¿Qué me va a pasar?

—Ya sabes qué.

Entonces nos interrumpió la voz de la visita:

—Bueno, si acaso ya vengo en otro momento.

Empezó a bajar. Desde la puerta le imploré que no se marchara, mientras que mi hermana permanecía en silencio.

—Ya vuelvo otro día —la voz se alejaba.

Me asomé a la puerta y, al instante, una mano me apretó el cuello.

Los escalones se estiraban y encogían mientras delante de mis ojos aparecían puntos negros, moscas, corcheas que anunciaban el desmayo.

Caí de rodillas, y aún llegué a ver los ojos espantados de mi compañera al pie de la escalera, antes de que el cuerpo de Elisa lo cubriera todo.

La compañera no encontró ese otro momento. Me escribió mensajes cada vez más espaciados durante meses y, finalmente, desapareció de mi vida.

También recibí visitas de alguno de los editores para los que trabajo, incluso algún autor al que he traducido. En cuanto acepto un encargo, Elisa los pone al corriente de mis circunstancias.

Las visitas se programaban con días de antelación y con un tiempo acotado. Siempre nos reuníamos en mi estudio, no podían entrar en otra estancia de la casa, ni siquiera el lavabo. Si necesitaban ir al baño, tenían que bajar a la planta baja. Esto fue idea de Elisa.

—Nada delata más la intimidad de una persona que el contenido de los armaritos del baño y dudo que resistan la tentación de mirar adentro.

A su llegada, Elisa los recibía, los acompañaba al estudio y también les servía café o bebidas.

Después del trabajo, a la hora fijada, los recogía y los acompañaba a la calle.

Subía, recogía las tazas y vasos y me preparaba una infusión para los nervios.

Me la tomaba por no hacerle un feo, ya que no servía para evitar que la tensión acumulada me alterase el cuerpo.

Después de las visitas, siempre acababa enferma, sufría fuertes dolores de estómago y jaquecas.

Pero, como sucedió con mis antiguos compañeros, una vez saciada la curiosidad de ver a la reclusa, mi situación les incomodaba y ya no se dejaban caer por aquí. Debía de parecerles demasiado rara, demasiado inexplicable, demasiado absurda. Todos los demasiados perturbadores.

—Tampoco los necesitas.

Y menos aún, afirmaba Elisa, a aquellos que se mostraban empeñados en «solucionarme», con consejos más o menos velados y teléfonos de psiquiatras, psicólogos, terapeutas e, incluso, una médium.

—¡Qué se habrán creído!

—Bueno, lo hacen de buena fe.

—No la necesitamos, su buena fe. Ellos que te den traducciones. Eso es bueno para ti. Del resto me encargo yo.

—También me hacen compañía —dije una vez, aunque ya no estoy segura de ello. Tal vez solo lo pensé, ya que Elisa no pareció acusar esas palabras.

Como ha ido aumentando de un modo tan gradual, he acabado acostumbrándome a mi soledad. Ahora me basto. Me basto conmigo y con Elisa.

Y, sin embargo, cuento los días hasta la visita de Manel.