Todos duermen 27
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Manel y yo deberíamos estar trabajando, pero pasamos los minutos hablando de traducciones, de estructuras, de sinónimos, de etimologías, de correcciones. Palabras para hablar de palabras. Palabras para hablar de las palabras que hablan de las palabras. Vértigo.

El vértigo.

El vértigo de las palabras que no conozco y se refieren a cosas que tampoco conozco.

El vértigo de las cosas que conozco y no sé cómo se llaman.

El vértigo de las palabras que no sé qué significan.

El vértigo de las palabras fantasma. Todas las que mis padres no llegaron a decirme.

El vértigo de la palabra que carga con el dolor fantasma: orfandad, y la triste lista de sus sinónimos.

A veces pienso que mi trabajo no es bueno para mí. Cuando hurgo en las palabras, se vuelven porosas, inestables...

Y me vienen ganas de contarle a Manel que de pequeña las palabras me hacían ver cosas. Y me muero de ganas de contarle que guardo un post-it en el que escribí borigrafo, que encontré en el despacho de papá.

Y me muero de ganas de contarle que colecciono nombres de frutas y verduras mal escritas que me manda mi hermana: nalanjas, alchochafas, lichugas, pomelones ...

Y me dan ganas de contarle también que de pequeña ya sentí el vértigo que provoca la arbitrariedad del lenguaje.

Repetía una palabra muchas veces hasta que se descomponía en sílabas que carecían de sentido.

Lo mismo me sucedía cuando buscaba su significado en el diccionario y me extraviaba en una cadena de otras palabras, que derivaba en una espiral infinita hasta perder el sentido también.

Y que, cuando empecé a interesarme por la etimología, las palabras que parecían eternas, cinceladas en piedra, resultaban arenosas si escarbaba en sus antepasados y llegaba a tatarabuelos indoeuropeos, cuyos tatarabuelos señalaron un día algo con un índice peludo mientras emitían algún sonido gutural.

Sin darme cuenta, se lo he contado todo, sin esfuerzo.

Manel me corresponde.

—Si las observas demasiado o las repites demasiadas veces, notas que las palabras pierden el significado. Y tomas conciencia de que aquello que te permite pensar no es más que un invento. Caes en un agujero en el que todo pierde su sentido. Es una sensación de vértigo.

Ha dicho «vértigo», la misma palabra que he pensado yo. Me ha dejado muda. En el pequeño recuadro en el borde derecho de la pantalla veo mi cabeza asintiendo tres veces con energía, con moto, como mamá. La genética.

—¿Sabes lo que hago yo cuando esto me sucede?

—mira a su alrededor, como si alguien pudiera estar espiando—: Lo mismo que con los mareos físicos, hay que evitar cerrar los ojos, así que pego la espalda al respaldo de la silla, y concentro toda mi atención y la mirada en algo tangible y lo nombro como si fuera la primera vez que ese objeto recibe un nombre, como si estuviera inventando la palabra.

Si no fuera ridículo, desproporcionado, empezaría a dar saltos por la habitación o a bailar. Pero palabras merecen palabras.

—Yo hago algo parecido. Cojo un lápiz, lo aprieto con fuerza, como si estuviera vivo y pudiera escaparse, y repito varias veces el sustantivo. Una vez que el lápiz recupera su nombre, todos los otros objetos que me rodean lo hacen también.

—Seguro que esto tiene un nombre —dice él.

—Y, si no, se lo buscamos.

Nos ponemos a inventar términos, cada vez más absurdos.

El rostro de mi hermana asoma en el marco de la puerta.

Un óvalo perfecto, una cara de otra época, de retrato en miniatura.

Con el pelo partido en dos por la tersa raya, los rasgos aparecen inhumanamente simétricos.

La piel tiene el mismo color que la de mis padres en las fotos del salón. Me sobresalto.

—¿Qué pasa? —pregunta Manel.

—Mi hermana, que me ha pegado un susto.

Ella se marcha encogiéndose de hombros, negando con la cabeza. Como la abuela. La genética otra vez.

No ha sido un día de trabajo demasiado productivo, pero me siento muy bien. Tanto que no me enfado con Elisa cuando me repite que sea precavida, que no descuide mi medicación. Pero me he puesto en guardia cuando ha dicho, fingiendo que bromeaba:

—Veo que te lo pasas bien. Las risas se oían por toda la casa.

La genética es cruel. Tengo que buscar en el diccionario si existe una palabra como «materna» o «paterno» para lo que se refiere o pertenece a los abuelos.

Mientras, para tranquilizarla, le pido que por la noche me prepare otra vez la infusión de dormir.

A partir de ahora bajaré el volumen de mis risas. No quiero que Elisa esté molesta. Es lo último que querría.

Los que nos cuidan en cautividad tienen un gran poder.

Si dejan de alimentarnos, morimos de inanición como los canarios olvidados en sus jaulas durante las vacaciones, o nos agostamos como las plantas de los balcones.

Por eso hay que aceptar las reglas no escritas, hay que respetarlas, es lo que tiene la cautividad, aunque la celadora sea una persona tan abnegada y bondadosa.

¿Qué estoy haciendo? No debería pensar siquiera en palabras como «celadora».

Me contaminan la mente. Mi hermana no es una celadora.

Es mi cuidadora. Es quien me cuida con celo.

¡Qué feos son los otros sinónimos! Vigilante, guardiana, centinela, bedela.

Bedela me hace reír, me relaja. El diccionario me libra de pensamientos oscuros.

Por la noche me entrego al ejército de hormiguitas, que alzan mi cuerpo y se lo llevan a su oscuridad acogedora para que descanse.