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—Podría ser algo así como «ávico», porque en latín abuelo es «avus» . La pena es que no exista —le cuento a Manel.
—Pues ahora sí.
Y entra en el particular diccionario de palabras propias, adoptadas, inventadas, resignificadas que estamos creando entre los dos. Pronto terminaremos. Procuro no pensarlo.
Manel se detiene en un pasaje.
—Aquí toca poner una nota. Es imposible que viera esta iglesia.
—Pero la describe con detalle. También el interior.
—Lo ha copiado de otros, porque la iglesia fue destruida más de cien años antes de su viaje.
—¿Por qué lo hace?
—La autoridad de la palabra escrita —responde—. Seguramente, en otros libros de viajes a Jerusalén la mencionan y el autor se siente en la obligación de decir que también la ha visto.
—¿Aunque sea mentira?
—Sí, porque podía darse el caso de que alguien conociera esos textos anteriores y le echara en cara que no mencione esta iglesia. Con lo que pondría en duda todo el viaje.
Me extraña que una mentira libresca valga más que la propia experiencia.
—Un relato de viajes es una lucha constante contra la incredulidad.
Hay que demostrar siempre que se está diciendo la verdad.
Como los lectores no conocen los lugares, tampoco pueden estar seguros de que lo que les dicen sea cierto, los autores se esfuerzan por certificar, por buscar elementos que corroboren lo escrito.
Tenéis que creerme, fue tal como lo cuento. Yo estuve allí.
—Pues yo me lo he creído.
—Este hombre estuvo allí —concluye Manel—, y sabía perfectamente que esa iglesia ya no existía, pero era mucho más importante seguir lo ya escrito que confiar en la certificación autóptica.
—¿En la qué?
—Certificación autóptica. Quiere decir que lo has visto con tus propios ojos.
Los dos, sincronizados, nos vamos a la página web de la RAE.
Pero mientras él me lee la definición de «autopsia», yo lo miro.
Es un momento perfecto para observarlo sin que se dé cuenta.
Cómo mueve los labios, sus ojos castaños, tan grandes, siguiendo las palabras en la pantalla, su nariz recta, como tallada.
Lo miro, «con mis propios ojos». Certificación autóptica.
«Autóptica», una palabra que huele a mesa de forense, a formol; un tropiezo de palabra, con dos oclusivas casi pegadas la una a la otra, una desconocida hasta hace unos pocos segundos se convierte en una palabra mágica, una llave que me abre la boca, que me suelta la lengua y que, en cuanto él se vuelve sonriente hacia la pantalla tras terminar la lectura, hace que diga:
—Quiero verte.