Todos duermen 26
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Elisa sube con la compra. Lleva un fular azul de cachemira que era de la abuela.

Tiene los pies mojados; una lluvia repentina le ha calado el bajo de los pantalones.

Mi bolsa contiene exactamente lo que estaba escrito en la lista, un papel arrugado, donde me parece que cada producto está surcado por una línea enfadada.

¿Cree acaso que no aprecio todo lo que hace —y lo que deja de hacer— por mí?

—Estás empapada —le digo—. Quítate toda esta ropa y date una ducha caliente.

—Pero...

—No hay peros, venga —es el mismo tono que ella emplea conmigo.

La dirijo con suavidad hacia la puerta.

— Husch, husch —y hago el gesto de empujarla con las manos, mientras repito la onomatopeya alemana que usaba mamá para darnos prisa.

Cuando vuelve, oliendo a gel de ducha, todo está bien entre nosotras.

—¿Quieres que te arregle un poco el pelo? —me ofrece.

No urge, pero parece que necesita recuperar su rol de cuidadora. Colocamos una silla frente al espejo de mi baño y lo convertimos en una peluquería casera. Me siento, Elisa me cubre con una toalla y pasa los dedos por mi cabellera.

—¡Estos rizos! ¿Te acuerdas?

No necesita decir de qué. Cuando era pequeña, mamá me dijo que, tan flaquita y con esos rizos, parecía un diente de león. Cada vez que alguien me llamaba así, yo rugía y levantaba las manos como si fueran zarpas:

—Grrrrrr. Grrrrrr. Soy un diente de león.

Una tarde de domingo, poco antes de que Elisa cumpliera los quince, estábamos las dos leyendo en el salón de la planta baja.

Mamá y papá habían salido. Salían mucho cuando ella volvía a casa de las giras; decían que para recuperar el tiempo.

La abuela no se encontraba a la vista. Elisa se fijó en que yo me apartaba constantemente el pelo que me caía sobre la cara y me molestaba al leer.

—¿Quieres que te lo arregle un poco?

Cerré el libro.

Elisa, como ahora, puso una silla frente al espejo del baño, me cubrió los hombros con una toalla y con unas tijeras de costura me cortó uno de los rizos que me caían sobre la frente. Sopló.

—¿Ves? Sale volando ¡como el diente de león! —exclamó.

Respondí con un rugido.

—Grrrrrr. Grrrrrr. Diente de león. Grrrrrr. Grrrrrr.

Otro rizo, otro soplido, otro rugido.

—Grrrrrr. Grrrrrr. Diente de león. Grrrrrr. Grrrrrr.

Después, Elisa empezó a cortar por toda la cabeza. Recuerdo el sonido rítmico de los tijeretazos y mis rugidos. Ras, ras, ras. Grrrrrr. Grrrrrr. Ras, ras, ras.

Hasta que la detuvo un grito a nuestra espalda.

—¿Qué has hecho?

De puro sobresalto, mi hermana se volvió con las tijeras hacia la abuela, cuyos ojos iban de mi cabeza pelona a las dos hojas de metal hambrientas que apuntaban hacia ella.

—¿Qué le has hecho a la nena?

Con un golpe seco le tiró las tijeras de las manos. No me gustó, busqué los ojos de la abuela en el espejo y, señalando mi cabeza sin melena, le dije:

—Cuidado, que ahora soy un diente de leona. Grrrrrr. Grrrrrr.

La abuela nos echó a voces del lavabo, barrió todo el pelo y lo dejó sobre un periódico en el recibidor para que nuestros padres lo vieran en cuanto regresaran.

Fue mamá quien asumió la tarea de reñirnos. Ella era la vehemente. Papá solo negaba con la cabeza, consternado. Tras él, la abuela bloqueaba la salida de la habitación con los brazos cruzados.

—Pero, Elisa. ¿Cómo has podido hacer este disparate? ¿En qué estabas pensando?

Nosotras recibíamos la reprimenda sentadas en el sofá del salón.

—Creía que podía confiar en ti. Pero veo que no lo mereces.

Eso le dolió a mi hermana. No podía tolerarlo. Tensé los dedos como garras, me levanté de un salto felino, y me interpuse entre mamá y Elisa.

—Grrrrrr. Grrrrrr.

Ese gesto feroz los desarmó. Nuestros padres salieron del salón para que no viéramos que no podían contener la risa. Creo que hasta la abuela se rio.

Cuando Elisa termina de arreglarme el pelo, le pregunto:

—¿Me prepararás una infusión esta noche?

Infusión. Preocupación. Dedicación.

Es el calor del cuidado de Elisa.

Después, en la cama, siento por los brazos y las piernas, por las manos y los pies, los pasos de unas hormiguitas que levantan mi cuerpo y lo transportan a un lugar oscuro y recogido del que no regresaré hasta la mañana.