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Hoy vamos a revisar la parte del texto que habla de la fauna del lugar. Me ha enviado los grabados que lo acompañan. Algunos de los animales se asemejan bastante a lo que dicen representar.
—Dejando aparte que parece que tenga hotdogs en vez de pies, el camello es muy realista —digo.
—Pero aquí —señala la jirafa— se nota que el artista dibujaba de oídas. Siguiendo lo que le contaba el peregrino.
—Y salió esto.
El cuerpo parece el de un perro, un podenco, con las patas muy largas. El cuello también es largo, pero no lo suficiente. Como si el dibujante no se acabara de creer lo que le contaba el peregrino.
—¿Te imaginas su cara mientras el otro se lo describía? Seguramente en su vida solo había visto vacas, caballos, ovejas...
—¿Y si hacemos un experimento? —me propone—. Uno lee lo que dice el texto y el otro dibuja.
—Yo leo.
—Vale.
—Pero tienes que seguir fielmente mis palabras.
—Muy bien.
Describo el animal. Él dibuja. Al terminar, me muestra un caballo jorobado con boca de vaca.
Mientras me río y alabo bromeando su talento como dibujante, una parte de mí se siente transportada por unos segundos a las sesiones con la doctora Molina, a mis ímprobos esfuerzos por hacerle entender qué me sucedió.
Ella nunca había sufrido algo similar, ella nunca había hecho mi viaje.
Yo le hablaba de mi camello y ella dibujaba un caballo chepudo y rumiante.
En las ilustraciones del libro, el mono parece un hombre vestido con una gorguera peluda, y el cocodrilo es más bien una lagartija gigante. Así se los describo a Manel, que celebra cada una de mis ocurrencias. Es una pena que no haya elepantes .
Pero sí un unicornio.
—Probablemente se trataba de un rinoceronte —comenta él.
—¿Había rinocerontes por esas tierras? ¿Rinocerontes en Jerusalén?
Nos reímos de nuevo.
Elisa entra entonces en mi cuarto. No he oído sus pasos en la escalera. Es como si tuviera mis sensores desconectados.
—¿De qué os reís? Se oyen las carcajadas por toda la casa.
—Cosas del trabajo.
Se acerca.
—Ya me gustaría a mí tener un trabajo así. No sabía que los peregrinos a Tierra Santa fueran tan divertidos.
Se asoma a la pantalla y saluda a Manel.
Él se pone serio al instante y le devuelve el saludo.
—Perdonad que os interrumpa —dice ella—. Es que tengo que decirle algo a mi hermana.
Me levanto y la acompaño a la cocina. Quiere repasar conmigo la lista de la compra.
—¿De eso se trataba?
—También es importante.
—Pero no hay nada nuevo o diferente que comentar.
—¿Y qué?
—Pues que nunca me consultas si no hay nada nuevo.
—¿Qué pasa? ¿He interferido en algo muy importante?
—Bueno... Es que estoy trabajando...
Agita el papel con la lista de la compra delante de mis ojos.
—Yo también. ¿No te parece?
Agacho la cabeza. Lo mejor que puedo hacer es murmurar una disculpa. Ella la acepta, pero se marcha, de todos modos, enfurruñada.
Cuando regreso delante del ordenador, se ha perdido toda la magia. Manel tiene la delicadeza de no preguntarme; trabajamos concentrados y nos emplazamos para el día siguiente.