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Querría que el texto me hubiera durado más y a la vez no podía dejar de traducir. Las cifras en mi libreta de contabilidad semejaban las de un próspero negocio, un negocio temporal, una juguetería antes de Navidad, una heladería en verano, una tienda de bufandas el día de un partido del Barça.
Mientras traducía me he tomado la medicación, he comido bien, he hecho mis ejercicios y cada día me saludaba sonriente al verme en el espejo picado del salón.
La víspera de marzo la superé sin dificultades ni secuelas.
Enceré el suelo del despacho de papá. Antes había pasado el plumero por la colección de globos y los dejé con el Mediterráneo a la vista, mostrando la ruta del peregrino alemán.
Manel leyó la traducción y me envió un mensaje entusiasta, cuyo efecto euforizante he disimulado ante Elisa, que dice que los picos anímicos pueden ser peligrosos.
Se lo contaría a la doctora y quizás me añadiría más medicamentos.
Quiero estar aquí, presente, lúcida mientras revisamos el texto y escribimos las notas.
Esta tarde empezaremos la revisión.
—Voy a buscar la labor —dice Elisa.
—Preferiría trabajar a solas con él.
Me asegura que lo acepta, pero se marcha con expresión preocupada. Sé que antes ha revisado el pastillero. ¿Por qué teme que se me vaya a ocurrir dejar la medicación? Es lo último que haría. Quiero estar bien.
Manel se conecta a la hora convenida. Trabajamos concentrados, pero percibo los pasos furtivos de mi hermana acercándose a la puerta.
Aunque no entra, me imagino que tiene la oreja pegada a la madera.
Lo que oye es una conversación sintáctica, ¿adelantamos o no una subordinada?
Esto parece haberla aburrido y tranquilizado lo suficiente, porque acaba marchándose.
Para la siguiente cita dejo la puerta abierta. Ella vuelve a subir, pero se queda al principio del pasillo.
Cuando nos vemos, me pregunta por el trabajo. Yo no le digo que sé que me espía.