Todos duermen 23
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En cuanto me despido de Manel, llega la hora de la evaluación. Para ello nos vamos a la cocina. Elisa saca una botella de la nevera.

—Da gusto oírte —me dice mientras llena dos vasos de agua. Me tiende uno y prosigue en tono evocador—: Escuchándoos me he acordado de que empezaste a hablar muy pronto. Y muy bien.

Sonrío y tomo un sorbo de agua.

—¿Te acuerdas de aquel día en el zoo? —me pregunta.

Niego. Recuerdo haber ido con ellos varias veces, pero no sé a cuál se refiere.

—Sí, Ana. Aquella vez que papá te llevaba a hombros y empezaste a señalar los animales y a gritar sus nombres: elepante, godila, ozzzo .

Elisa imita el gesto que debí de hacer y empiezo a verlo, aunque tal vez me lo esté imaginando.

—Y al volver a casa, en la comida, la abuela te preguntó qué animal te había gustado más...

—¿Qué dije?

—Con absoluta convicción, soltaste, la mozzzca .

Como cuando se deja una ventana abierta en verano, un enjambre de recuerdos se ha metido en mi cabeza.

Las risas de mis padres, el zumbido de mi ceceo infantil, la mesa del almuerzo de los domingos, Elisa a mi lado; yo siempre quería sentarme a su lado, imitaba sus gestos al desplegar la servilleta, al coger los cubiertos, incluso comía a su ritmo.

— Mozzzca —repito—. Me guzzzta .

—Te veo bien —dice Elisa—. Pero ten cuidado.

—¿Con qué?

Abro la puerta de la nevera para meter la botella de agua.

—No vayas a cometer ninguna imprudencia.

Cierro, me vuelvo y me encuentro a mi hermana de brazos cruzados con semblante grave.

—¿Como qué?

—Saltarte alguna medicación —señala el pastillero.

Esta semana toca el azul.

—Ni se me ocurriría —respondo.

—Es que me inquieta.

—¿Qué?

—Que te hagas ilusiones.

Se me tensa la mandíbula.

—¿De qué estás hablando? —Nos separa la mesa de la cocina—. Dime —insisto—. ¿Qué quieres decir?

—Nada. Es que te veo muy entusiasmada con este trabajo...

—Eso ya me lo has dicho. ¿Qué tiene de malo?

—Que no querría que te desequilibrases —titubea.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—Es que ese Manel parece que...

—¿Qué parece?

—Nada. Olvídalo.

—¿Qué tengo que olvidar? No me has dicho nada. Para poder olvidar algo, debería saber de qué se trata. ¿No te parece?

—¡Yo qué sé! Cuando te pones bizantina, eres insufrible.

—¿Yo? Pero ¿qué he hecho yo ahora? Eres tú quien ha empezado y no consigues terminar.

—Es que me preocupas, me preocupo tanto por ti, que a veces...

Elisa se cubre la cara con las manos. Rodeo la mesa y la abrazo.

—Lo sé, lo sé. Y lo estás haciendo muy bien.

Elisa se relaja. Unos minutos después se marcha a la planta baja.

Me ha dejado la cabeza poblada de recuerdos.

Sé que aprendí a leer sin darme cuenta, a fuerza de señalar rótulos y preguntar: «¿qué pone ahí?

». Mi cartilla fueron los carteles de las tiendas de ropa a las que acompañaba a mamá; mi primer texto leído no fue: «Mi mamá me mima», sino «El Corte Inglés».

Esta era una de las historias familiares preferidas de nuestros padres.

Cuando se dieron cuenta de que leía, le pidieron a la abuela que me enseñara a escribir.

—Yo, yo, yo. Quiero hacerlo yo —reclamó Elisa.

Nuestros padres lo encontraron tan impertinente como enternecedor y le cedieron a ella la tarea. Se convirtió en una maestra de trece años. Lo primero fue comprobar que no hubiera salido zurda como mamá.

—Contrariar a los zurdos comporta secuelas —afirmó Elisa con gravedad pedagógica, tras estar segura de que yo era diestra.

—¿Y a los diestros?

—Supongo que también, pero eso no se suele hacer, que yo sepa. ¿Por qué?

—Es que quiero ser zurda, como mamá —dije.

—No puede ser. Pero no pasa nada, las cosas son más fáciles para los diestros.

Elisa escribía letras con gruesos rotuladores que empapaban el papel, y yo las dibujaba a lápiz. Me asombraba cada vez que, al juntarlas y formar una palabra, aparecían imágenes en mi cabeza.

—Veo cosas. Y también las oigo.

Entonces escribía «perro» y los ladridos me ensordecían.

Como a todos los niños, lo que más me gustaba eran los sustantivos.

Una tarde en la que el resto de la familia estaba fuera, cogí un paquete de post-it del despacho de papá y les pegué el nombre a todos los objetos del salón.

Los que sabía. Cuando volvieron, los recibió un aleteo amarillo que les decía que aquello era una lampala, eso una «mesa», esto una «foto» o un borigrafo .

Celebraron cada papelito amarillo como si por fin hubieran descubierto el nombre de las cosas, y los dejaron pegados, pero al día siguiente la señora de la limpieza recibió la orden de la abuela de retirarlos.

Papá conservó el borigrafo y, desde ese momento, llamó así a los bolis.

Elisa, mi maestra de letras, es la depositaria y custodia de mis primeros recuerdos; también su creadora.

Me imagino lo que le ha dado reparo decir abiertamente, que teme que proyecte en Manel una especie de fantasía de sanación, como las princesas a las que despiertan besándolas príncipes de paso por el lugar. Manel está de paso, pero no es un príncipe.

—Lo sé, hermanita —digo para mí.