22
—Te veo bien. Te sienta bien trabajar —me dice Elisa al entrar con la compra del mercado.
—¿Sabes qué le escribí a Manel para preparar la reunión de hoy? Si no le parecía paradójico que precisamente yo traduzca un relato de viajes.
—¿Por qué se lo preguntaste?
—Porque no quiero que tenga que andarse con miramientos al hablar de mi ¿enfermedad?, ¿tara?, ¿incapacidad? Porque eso me hace sentir enferma, tarada, incapaz.
—Pero... —intenta replicar Elisa.
—No, no me digas que no estoy enferma o tarada o incapaz. Lo que tienes que preguntarme es qué respondió él.
—Bueno. ¿Qué te respondió?
—Que sí, pero que los viajes están sobrevalorados.
—Buena respuesta.
Manel no ha aprovechado mi pregunta para inquirir sobre mi situación ni sobre sus causas.
Me ha ahorrado la búsqueda infructuosa de comparaciones, símiles o paráfrasis que, de todos modos, la gente no acaba de entender.
Tampoco he atisbado signos de curiosidad morbosa disimulada, como en la ocasión en que me apercibí de que la editora con la que estaba conversando hacía pantallazos, tal vez para ampliarlos y ver detalles de mi espacio. Desde entonces, lo oculto con filtros.
Esta vez no.
Manel puede ver el papel pintado de seda detrás del escritorio y, en medio del denso estampado de helechos, un colorido paisaje naïf belga.
—Has cambiado el cuadro –observa Elisa.
Antes colgaba ahí una sombría acuarela en tonos sepia de un pintor romántico alemán, Adrian Zingg, un árbol viejo de tronco grueso, que se eleva retorcido mostrando una vitalidad que no llega a ocultar que algunas de sus ramas están muertas. Según el inventario, los abuelos lo compraron en Colonia.
—Era muy lúgubre. No sé qué le vieron.
—Pero hasta hace poco te gustaba.
—Y el simbolismo es tan transparente... —ignoro su comentario.
—Es verdad.
Elisa me observa, me analiza, se pregunta cómo estoy, si tal vez se trata de un pico eufórico. Se delata en cuanto me pide:
—¿Puedo escuchar un poquito de vuestra reunión?
—¿Por qué?
—Solo un poquito. Para hacerme una idea. Venga. Te prometo que no se dará cuenta de que estoy ahí. Aprovecharé para adelantar el jersey.
Por la tarde, Elisa, fiel a su papel, teje en silencio, mientras Manel y yo leemos y comentamos los caminos recorridos por el peregrino, los templos que visitaba, las indulgencias que recibía, y las reliquias, muchas reliquias.
—¡Cuánto insiste el autor en lo peligroso de su viaje! —digo.
—Lo era. Pero seguramente también era el modo de evidenciar que se merecía todas las indulgencias ganadas.
Reímos.
—Estos pasajes del texto son citas literales de otros libros de viaje anteriores, de autores antiguos —me explica—, porque en esta época aún pesaba más la autoridad escrita que lo que uno hubiera podido ver con sus propios ojos.
—¿Lo sabían los lectores?
—Los instruidos sí; otros no tenían cómo saberlo.
—Entonces, ¿para esos todo era cierto?
—Así es. O todo mentira.
—Estas son las informaciones que habrá que poner en las notas, ¿verdad?
Mientras hablamos, tomo apuntes en una libreta. En ningún momento desvío la vista hacia mi hermana, tan difuminada para mí como los muebles de la habitación.
—Estoy pensando en lo difícil que debió de ser para este peregrino describir ese mundo extraño a personas que nunca habían estado allí.
—Ese es para mí —responde Manel— uno de los atractivos del texto.
¿Cómo le haces entender a alguien que quizás no ha salido nunca de un pueblo a orillas del Rin, rodeado de montes y prados verdes que se cubrían de nieve en invierno, lo que es el desierto?
O la ropa de la gente, sus costumbres, la comida.
Es todo un ingente esfuerzo de comparación.
«Es como nuestro..., pero es más grande. »
—O más pequeño.
—O más duro.
—O más ácido.
—O más azul.
Reímos de nuevo.
—Y ellos lo imaginaban como mejor podían —concluye Manel.
Elisa teje y escucha.