21
Pese a todo lo sucedido, he entregado puntual la traducción en la que estaba trabajando. Elisa, a quien confío los asuntos prácticos, ha enviado la factura.
—A ver si pronto te llega un encargo nuevo.
Tengo una traducción en perspectiva, pero no me enviarán el texto hasta julio.
—Falta mucho —dice Elisa.
Sé que le preocupa mi inactividad, que, por más que quiera sonar jocosa, cuando me llama couch potato al encontrarme medio adormilada viendo alguna serie o un concurso de la tele, se le nota la desazón.
Y me enerva cada vez que me recuerda que no debo descuidar los ejercicios gimnásticos que tengo prescritos.
Una semana sin trabajo.
—Los he hecho, como siempre.
Doce días.
—¡Pues claro que hago los ejercicios!
Catorce días.
—Deja de preguntármelo cada día, Eli.
—No me hables así, Anita.
—Pues déjame en paz.
Quince días.
—¡Ha llegado una propuesta de trabajo!
Estoy tumbada en el sofá del salón viendo un concurso de palabras en la televisión. La habitación está en penumbra a pesar de que es mediodía.
—¿Qué es?
—Un texto para una pequeña editorial que publica libros de viajes antiguos.
—Será algún positivista alemán catalogando bichos por ahí —respondo con desinterés y vuelvo al concurso.
Elisa se sienta a mi lado.
—Venga, que a ti te gustan las listas y las taxonomías y esas cosas. Pero no es eso. Mira.
Me tiende el mensaje que ha impreso. El texto me hace sonreír. El editor, Manel Comas, parece haber anticipado mi comentario despectivo.
«No se trata de la enésima señora británica recorriendo Egipto, o de franceses perdidos por algún desierto, ni de científicos ilustrados catalogando flora y fauna por cualquier lugar del globo. En este caso se trataría de un peregrino alemán que viajó a Tierra Santa a finales del siglo XIV .»
—¿Un peregrino alemán del siglo XIV ? ¿Cuántos ejemplares piensan vender? —miro a Elisa.
—No sé, pero he estado viendo el catálogo y, por el tipo de libros, suena a proyecto del hijo ilustrado de una familia rica.
Como me ve dubitativa, Elisa añade:
—El texto está escrito en alemán antiguo.
Me incorporo de inmediato. Elisa aprovecha para apagar el televisor y correr las cortinas, mientras releo el mensaje.
—Mira lo que escribe aquí: «Queremos acercar a los lectores a los tiempos en los que el mapa del mundo estaba incompleto».
Elisa me mira sin saber qué importancia tiene lo que acabo de leerle.
—Dile que acepto.
El editor se muestra entusiasmado.
«Me gustaría hablar con Ana en persona, es decir, por zoom, para presentarle el proyecto de viva voz.»
Está, por lo tanto, al corriente de mis peculiaridades.
—¿Te ves con ánimo? —me pregunta Elisa.
—Sí. ¿De verdad ha escrito «de viva voz»? Este señor ya me cae bien.
El encuentro virtual será al día siguiente por la mañana.
—Quédate a escuchar a ver qué impresión te da —le pido a Elisa.
Confío por completo en su opinión. Ella me aconsejó en una ocasión rechazar un trabajo porque los editores no le parecieron de fiar.
No sabía explicar las razones, pero no le gustaron y acertó en su juicio: a los seis meses, la editorial se declaró en quiebra y dejó a deber una decena de traducciones.
Cuando su rostro aparece en la pantalla, Manel Comas resulta ser más joven de lo que su estilo dejaba entrever, no parece haber llegado a la treintena.
—Me alegro de que hayas aceptado. Solo te quería a ti de traductora —me dice sonriente.
—¿Por qué?
No soy una traductora experimentada.
—Porque me gustó mucho tu traducción de La nave de los locos de Sebastian Brandt, se ve que conoces bien el alemán antiguo.
Asiento satisfecha, no voy a caer en la falsa modestia. Sé que lo hice bien.
—Y porque yo también prefiero no salir mucho de casa —añade entonces.
Tanta preocupación por la primera frase, cuando la realmente peligrosa es la segunda.
—Yo no lo prefiero, es que no me queda más remedio.
—Perdona. Solo quería que te sintieras cómoda conmigo y he conseguido justo lo contrario.
Soy un poco torpe. Igual por eso es mejor que no salga mucho de casa.
—Compone una expresión que mezcla consternación con autoironía y después sonríe con la cabeza ladeada disculpándose—.
Mejor te hablo del texto, a ver si no soy tan torpe —vuelve a sonreír—.
El autor es un clérigo que decidió, junto con otros amigos, emprender un viaje a Tierra Santa.
Mezcla el relato del viaje con la devoción, ya que se trata también de mover a la recuperación de Jerusalén.
Explica que el texto es también una particular guía de viajes.
—Salieron de Maguncia, pasaron por Venecia, Corfú, Modon, Rodas hasta Jaffa, Jerusalén, el desierto de Sinaí, el monasterio de Santa Catalina...
Me dejo guiar por esa retahíla de nombres evocadores, mientras él sigue hablando con entusiasmo del autor y de un tiempo en que los libros de viajes contaban el mundo a gente que no lo había visto y probablemente no lo vería nunca.
—Desplazarse en el espacio era para mucha gente de su época tan quimérico como desplazarse en el tiempo. Y después los viajeros querían contarlo y que los lectores creyeran aquello que contaban.
Me habla de mecanismos de certificación, de verosimilitud, de paráfrasis, de metáforas..., términos que devienen tan sugerentes como los nombres de los lugares que ha mencionado antes.
—Me gustaría acompañar el texto con algunas notas, que podríamos pensar y redactar juntos. Y lo publicaremos con las ilustraciones que, ya verás, son fantásticas.
Propone una nueva reunión. Me sorprendo aceptando sin consultar a mi hermana.
—¡Qué lanzada! —me dice Elisa cuando termina la videoconferencia.
—Es que este libro me apetece mucho.
—Me alegro. Pues me voy a ver a la abuela.
—¿Para qué?
—¡Ana!