Todos duermen 20
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Llevo días nublada, fatigada; la pesadilla de la víspera todavía me pesa, se me aparece en fragmentos en el momento más inopinado.

Elisa tiene muy claro quién es la culpable.

Y ha tomado una decisión que, en realidad, solo adelanta unos meses lo que de todos modos tenía previsto hacer.

Lo tiene todo preparado, poderes, informes psicológicos, una plaza reservada.

Me parece cruel que le haya anunciado, esta misma mañana, que vendrán a buscarla hoy, no es propio de ella, pero incluso los más bondadosos deben de necesitar a veces un acto de maldad.

Creo que la abuela lo ha entendido justo cuando la gerontóloga que dirige la residencia ha aparecido en casa acompañada de dos enfermeros.

Desde la puerta abierta de la escalera, he espiado sus voces.

—No. No quiero —ha dicho la abuela.

—¿No estaba avisada? —la voz de la directora sonaba irritada.

—Por supuesto que sí —ha respondido Elisa con fingida compunción—. Me temo que se le ha olvidado.

—No quiero ir —ha dicho la abuela—. Esta es mi casa.

—Es lo mejor, abuela. Estarás bien.

—No, no quiero.

—Estará usted como en casa —ha dicho entonces la directora.

Las voces se acercaban. Desde mi puesto de observación, he podido atisbar a un enfermero cargando una maleta mediana.

Detrás, Elisa conduciendo a la abuela del brazo.

Letárgica, puede que desbordada por la conmoción o quizás bebida, se dejaba llevar, pero al alcanzar el vestíbulo, ha parado en seco.

—Quiero despedirme de la nena. Quiero decirle adiós a Ana —ha balbuceado.

—No.

La abuela se ha soltado de un tirón del brazo de Elisa y ha hecho el amago de dirigirse hacia las escaleras.

—Tengo que hablar con ella.

Uno de los enfermeros la ha detenido. El otro ha dejado la maleta en el suelo y ha acudido a ayudarlo.

Entre los dos, mientras ella se revolvía y gritaba, la han sacado en volandas hasta la cancela.

He corrido hacia la ventana del salón. En cuanto ha pisado la acera, la abuela se ha resignado, aunque ha levantado los ojos hacia mí.

Me he apartado al sentir su mirada de reina partiendo al exilio.

He corrido a refugiarme en el estudio de mamá.

Aunque la habitación está insonorizada, me parecía oír la vana resistencia de la abuela: «No quiero ir.

Tengo que hablar con la nena». He buscado una música que recordaba amable y clara, las piezas del Pequeño libro de Anna Magdalena Bach, pero a los pocos minutos mis nervios no soportaban el repiqueteo machacón del clave pinchándome en los oídos. Cuerda grave, necesito cuerda grave.

Cuando Elisa ha subido a verme, me ha encontrado sentada escuchando un concierto para chelo de Carl Philipp Emanuel Bach.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. ¿Y tú?

—También. Y ella igualmente lo estará. Es una excelente residencia, donde no le faltará de nada.

Por la tarde, después de ventilar durante horas la habitación, Elisa ha empezado a empaquetar las cosas que la abuela aprecia y quiere, para que las tenga en la residencia. A este respecto, tampoco le faltará nada.

Tras varias idas y venidas de la residencia, una vez que queda claro que la abuela tiene todo lo que desea, ha vaciado su habitación. No entiendo ni la necesidad ni la urgencia, la casa tiene suficientes habitaciones.

—No volverá —me dice—. De estos sitios no se vuelve. Y con dos cuartos museo en la casa basta.

—Pero ¿está bien?

—Cada día más conforme.

Estar conforme no es estar contenta.

Elisa ha donado la ropa y los zapatos que han sobrado. Se ha quedado los pañuelos y chales; como mamá, tiene un cuello largo y blanco, y la abuela siempre fue una adicta a la seda y al cachemir.

Ha hecho trapos de limpieza con las sábanas, incluso con las buenas; ha sacado las toallas bordadas de las baldas en las que vegetaban desde hacía años y las ha puesto a trabajar.

El alcohol lo ha ido vertiendo al inodoro en días alternos.

Las ratas del barrio se emborracharon el lunes con Crown Jewel Beefeater, el miércoles se pimplaron dos botellas de London Dry Elephant, el viernes les cayó una ginebra japonesa...

Y así día a día hasta dejar limpio el mueble bar.

Porfiada, Elisa ha dejado en la habitación solo el esqueleto de los muebles. Pero no ha encontrado ni una página de la historia familiar que se suponía que iba a escribir la abuela.

—¡Qué pena! —le digo—. Me habría gustado descubrir alguna buena leyenda familiar, averiguar que somos parte de una saga con hazañas coloniales, aventuras, intrigas políticas y económicas, matrimonios de conveniencia y fábricas textiles...

, me gustaría que la abuela hubiera escrito su libro sobre «tres generaciones de mujeres», pero nada.

—Pues nos hemos quedado sin la historia de esa parte de la familia.

Tampoco es que conozcamos demasiado de la otra.

De mamá sabemos que era hija de una emigrante española que se marchó a trabajar a Hamburgo y conoció allí a nuestro abuelo materno, alemán, que murió muy joven de cáncer. La crio su madre viuda; ella apoyó su talento musical y murió poco después de que se casara.

—¿Lo ves? —le comenté con rencor a Elisa una tarde en la que mirábamos viejas fotos de la familia materna.

—¿Qué?

—Que su madre esperó a morirse. No lo hizo hasta que vio a su hija ya asentada, concertista profesional y casada con papá. Esperó a pesar de que siempre decía que no veía el momento de volver a reunirse con su marido. No la dejó sola.

—Eso sí que son leyendas familiares —replicó Elisa.

—Mamá nos lo contó. También a ti.

—Y, recuerda, no estás sola. Me tienes a mí.