Todos duermen 19
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Despierto. Inspiro. Es aire. Me siento en la cama, en la habitación a oscuras, lleno y vacío los pulmones varias veces mientras hago círculos lentos con la cabeza para desentumecer la nuca.

Vuelvo a sentir el pinchazo de las uñas de la abuela.

Palpo la zona, pero no hay ningún arañazo.

Estarán en el reverso de la piel. Sus garras me han entrado por los oídos y me raspan por dentro.

«Solo quiero hablar contigo. Tengo que hacerlo, tienes que saber que ellos... » Ellos, ellos, ellos.

—¿Eli?

No está.

Miro la hora. Estará en el cementerio y se ha llevado a la abuela.

Hoy es San Valentín. Les llevará rosas rojas.

Me levanto con torpeza. Me duelen los brazos, me pesan las piernas, se parece al cansancio de mar de la infancia, pero entonces era agradable, el preludio de una siesta perezosa de verano. Hoy cada músculo, cada fibra me recuerda que es el mal día.

Me preparo un café y me dirijo con la taza al salón.

Descorro las cortinas. A la luz lechosa de febrero, las fotos de mis padres repartidas por todo el salón destacan sobre el fondo oscuro de los muebles y las paredes.

Mamá y papá ya no están en mi pesadilla, pero han dejado sus miradas en las imágenes.

Sus ojos siguen cada uno de mis movimientos.

Aquí estamos.

Aquí están ellos.

Sobre la repisa de la chimenea, mamá y papá sonrientes el día de su boda.

Los ojos dirigidos a la cámara con una fijeza artificial, como los ojos pintados sobre los párpados cerrados de las fotografías mortuorias.

Las sonrisas son socarronas. ¿Se ríen de mí?

Has fallado. Te has dormido. Aparto la mirada.

Pero, desde la mesita circular a la derecha del sofá, me observan los ojos de mamá y papá, aunque finjan estar haciendo el tonto delante de un puesto de salchichas en el Englischer Garten de Múnich.

Antes de que naciera Elisa, papá la acompañaba en sus viajes.

Más atrás, sobre una estantería, mamá y papá, tomados de la mano en una gala, no me quitan ojo.

Él viste esmoquin; ella, uno de los vestidos largos que ahora duermen metidos en una bolsa de plástico en el desván.

Aguantan la risa, están mofándose de mí. Evito las otras fotos.

Recorro las habitaciones apartando cortinas y abriendo ventanas.

Estoy enfadada conmigo. ¿Cómo he podido haberme dormido?

Todos mis preparativos y fingimientos han sido en vano, ridículos.

Siento la piel pegajosa. Huelo a yodo y sal.

Me meto en la ducha y froto todo mi cuerpo para desprenderme de ese olor que me abochorna.

Los rituales tienen que ejecutarse al completo, de lo contrario, son meras rutinas vacías y no funcionan.

Me siento cansada y derrotada.

A media mañana, Elisa me envía una foto desde la frutería.

Un cartelito de color amarillo fluorescente anuncia el precio del pomelón .

Agradezco el acento y el gesto. Mi hermana siempre trata de aliviarme la melancolía del mal día.

¡Me cuida tan bien! Tengo que esforzarme para no inquietarla. Hoy es un día difícil para las dos.

Cuando me sube la compra, todavía tiene los ojos algo enrojecidos por la visita al cementerio, pero sonríe mientras deja un enorme pomelo sobre la mesa de la cocina.

—El más grande que había, para hacer honor a su nombre. No hace falta que te lo comas, era por el chiste.

Le devuelvo el esfuerzo por bromear a pesar del día, con otra broma.

—Me lo comeré como Homer Simpson, espolvoreado de azúcar.

Su sonrisa me hace sentir mejor. Yo también la cuido.

Ahora está recorriendo la casa, supuestamente para apreciar mi limpieza del día catorce, pero también para ver qué tal estoy.

—El estudio te ha quedado perfecto —dice.

El suelo brilla con rabia. Lo he terminado por la mañana.

—Me he empleado a fondo.

Una y otra vez la pieza de Elgar.

Controla el pastillero, un gesto que se ha convertido en mecánico por su parte. Sí, me he tomado las de la mañana.

Cuando Elisa se marcha, me como el pomelo sin azúcar, me merezco la aspereza ácida de cada uno de esos gajos enormes.

¿Cómo puedo haberme dormido? Mientras mastico con los ojos llorosos, me repito con la acritud de la fruta en la boca que los rituales tienen que ejecutarse al completo, de lo contrario, son meras rutinas vacías y no funcionan.